lunes 20.01.2020

Tribuna | Tradición y progresismo

DL16P4F1-17-59-31-0Pasadas las Navidades, podemos hacer memoria de las felicitaciones que se han recibido. Unas rememoran la tradición cristiana y otras la más antigua tradición idólatra. Unas nos dicen «Feliz Navidad «, y otras «felices fiestas» o «feliz solsticio de invierno». Es sabido que la sociedad española está compuesta por un 70 por ciento de católicos, un 20 por ciento de agnósticos o ateos y un 10 por ciento de otras religiones. De tal suerte que la realidad —y la tradición— es que se celebren las fiestas de la Natividad de Jesús. La felicitación de «fiestas», es un término comercial y ajeno a todo vestigio religioso. Y la felicitación de solsticio de invierno, nos lleva a dos conclusiones: no coincide con la Natividad —por lo menos documentalmente— ya que en el año 2019 concuerda con el día 22 de diciembre a las 04,19, hora universal (UTC); y en segundo lugar conmemorar el solsticio rememora a la adoración del sol, es decir una idolatría como, seguramente, para ello construyeron en la edad de piedra los círculos de Stonehenge, para observar al dios sol.

Es, además, una contradicción jurídica, pues quienes felicitan el solsticio —muchos de ellos dirigentes políticos o de la Administración- están en contra de lo normado. El RD 3/10/2019 regula las fiestas laborales y las nombra por la tradición cristiana, es decir, Epifanía, Natividad del Señor o Semana Santa. Sobre esta última, nos ha sorprendido ver en el tablón de anuncios de una Universidad, el término «vacaciones de primavera». Término que no coincide ni con la tradición ni con la norma jurídica, Además, por cierto, este año el equinoccio de primavera es el 20 de marzo a las 03,50 UTC y el solsticio el 20 de junio a las 21,43 UTC.

Es necesario partir de la persona en su doble sentido de cuerpo  y alma, o si se quiere  de materia  y esencia

Se argumenta por los no creyentes que no hay pruebas sobre el Nacimiento de Jesús. En derecho, una prueba —aunque no sea regina probatorum— es la documental y existen, por lo menos dos evangelios, Lucas y Mateo que dicen claramente que «… hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor…». Es más, para una prueba se puede referir a indicios y estos son evidentes en la tradición cristiana. De forma que, o atendemos a la tradición o a la idolatría. Nosotros preferimos lo primero, pues como diría Ganivet (Idearium, 278): «…lo que nosotros hemos de tomar de la tradición es lo que ella nos da o nos impone: el espíritu». La tradición de la Navidad debe de imponerse por encima de toma materialidad idolátrica. Porque una felicitación es una comunicación del espíritu; algo que permanece y es tradicional y eterno. Nada más tenemos que elevar la vista hacía un cielo estrellado para saber lo que es la eternidad, lo permanente, lo que no es pasajero..

Y a esto llegamos si solo aplicamos lo que se ha llamado progresismo. Ya en otras ocasiones hemos desechado a los ‘ismos’ como forma de relaciones estables o tradicionales. Por su propia esencia los ‘ismos’ son inestables y variables. Se ha dicho que todo lo que no es tradición es plagio. Lo estamos viendo en la actualidad. A la nueva coalición de forma de gobierno, se ha dicho por el nuevo socio comunista que con ellos llega la «frescura» de lo nuevo. Una manera engañosa de rememorar las ideas marxistas del siglo XIX. Según el diccionario de la RAE, la palabra «frescura» se refiere a «un paraje agradable y lleno de verdor»; lejos de la aplicación de las ideas comunistas. No siendo que se refiera a la otra acepción del diccionario: «descuido, negligencia o poco celo».

Más que progresismo, lo que se necesita es «progresividad». Acciones que se comporten como sucesoras de otras —Tradición—. Pues es imposible que se parta de cero, como diría Maeztu: «el espíritu tradicional es garantía de todo progreso». Para ello es necesario partir de la persona en su doble sentido de cuerpo y alma, o si se quiere de materia y esencia. No se ha oído mencionar, en estos días, la palabra persona, como sujeto de valores esenciales —y jurídicos— para un progreso en que unan funcionalidad y tradición. Una referencia importante sobre la persona está en nuestra ley fundamental.

El artículo 10 de la Constitución: «La dignidad de la persona (como) fundamento del orden político…»; de tal manera que desde ella nace toda aplicación política. Si se ha dicho que la política es el arte de lo posible, sin tener en cuenta a la persona diríamos que la política sería la perfección de lo imposible. A ello nos llevaría la acción de una política de extrema izquierda, pues seguiría aquella máxima de Marx (citada por Stalin en Sobre el materialismo dialéctico….», 19): «No es la conciencia del hombre lo que determina el ser, por el contrario, el ser social es el que determina su conciencia». Visión materialista de la historia. Se olvida de la persona en beneficio del progresismo. Nosotros decimos que, sin la persona —desde su dignidad y su preeminencia— no existe progreso alguno. Es la persona, a través de la tradición, la que nos dice lo que es progreso por medio de la técnica que está al servicio de la dignidad personal.

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