domingo 20.10.2019
TRIBUNA

Tribuna / Trastos viejos

¿Por qué esta parte de la población femenina no tiene derechos? ¿Por qué no hay nadie que se ocupe de ellas?
Ara Antón
Ara Antón

Hay asociaciones, oenegés, e incluso organismos estatales, que defienden, intentan defender o simulan hacerlo, los derechos de las mujeres. Y eso es bueno; y eso está bien porque la lacra del machismo y la incomprensión hacia ellas se extiende como el petróleo en el mar. Ahora bien, las «protegidas» han de ser féminas en edad productiva, bien como brazo de trabajo o como saco reproductor. Todos lo entendemos. Andamos escasos de esclavos y mucho más de niños. Como opinaba Schopenhauer (siglo XIX): «Solo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales».

Estas asociaciones, o como queramos llamarlas, a veces, aunque sean dependientes del Estado, hacen algo positivo; en otras ocasiones no tanto. Pero dejemos las críticas para otro momento. Hoy vamos a pensar que su labor es necesaria y hasta efectiva.
El hecho que desorienta un poco es precisamente el de la edad. Hace días, o tal vez semanas, eso no importa, saltó la noticia de la violación y muerte de una mujer de ochenta y ocho años que vivía en la calle. 

Esa mujer también fue joven, crio a sus hijos, con ayuda o sin ella, y les dio de comer. Desde luego así sería si en algún momento estuvo casada o se apareó con el macho de turno. También, por otra parte, pudo preferir la soltería, vivir sola, preocuparse por sus padres, o simplemente cuidó y mantuvo su existencia como pudo mientras fue joven, Luego llegó la peor época; el tiempo de ancianidad, en que ya no hay fuerza ni ganas para seguir luchando. Si fue madre, está claro que sus hijos encontraron una disculpa para no ocuparse de ella, ni siquiera permitiéndole colocar una cama en un trastero. Si no lo fue, aquellos a los que amó y probablemente sirvió, cansados, ya habrían partido. Estaba sola, sin casa, sin ayuda, sin dinero, sin resistencia... Tal vez un día, a la puerta de un supermercado, vio una caja grande y, como ella siempre luchó por sobrevivir, pensó que bien colocada en un rincón, protegida del viento, podría parecer un amago de casa. Y se la llevó. Y en las largas noches de invierno era su protección, para dormir o comer lo poco que encontraba en las basuras y el bocadillo o el café que algunas personas, pertenecientes a las mencionadas asociaciones, regalaban.

Y pensó que ahora podría esperar la muerte en paz. Pero apareció la bestia y en algún momento le pinchó el cuerpo y en otro posterior, decidió violarla y ahora apuñalarla lo suficiente para enviarla fuera de las calles. Y así apareció, con cuchilladas infectadas, lo cual quiere decir que eran viejas, y otras nuevas que marcaron su último día.

¿Que asociación, oenegé u organismo estatal o religioso estuvieron protegiéndola, apoyándola, tendiéndole la mano para que pudiera descansar del peso de su vida? Pero claro. No es productiva, ni desde el punto de vista del trabajo ni de la cría. Es mujer, vieja y pobre. No interesa a la sociedad porque solo genera gastos. Así que estas organizaciones, al igual que el resto, ni las ven. Me recuerdan a una tribu de indios americanos, mucho más caritativos que nosotros, que, cuando una anciana se convertía en un estorbo, a la llegada del invierno, la dejaban bajo las estrellas, en la nieve, sin alimentos ni ayudas, hasta que, más pronto que tarde, moría, dormida a causa del frío.

¿Por qué esta parte de la población femenina no tiene derechos? ¿Por qué no hay nadie que se ocupe de ellas, cuando también son náufragos de la vida y también son cientos? Tal vez ahora sean inservibles, pero en su momento aportaron lo que pudieron a la sociedad. Entonces ya han cumplido y pagado, aunque en el presente no sean más que una mosca molesta, pegajosa y sucia.
Forman parte de una capa importante de nuestro primer mundo, no solo las que viven en la calle, también las viudas que cobran una mísera pensión y las que habitan en un tugurio, hasta que un día los vecinos se dan cuenta de que huele mal...
Una sociedad incapaz de ocuparse de sus niños, enfermos y ancianos, se inventará los cuentos que quiera, pero vive, aún, en el Paleolítico.

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