lunes 09.12.2019
Seguridad y derechos humanos

TRIBUNA. Mi yo virtual

Todo se vuelve cada vez más incierto. La célebre frase de Descartes: «Pienso, luego existo» ha quedado superada por la realidad, aunque bien pudiéramos decir que se trata de una realidad virtual. Si el bueno de Descartes consiguió, en uno de sus retiros cuarteleros, llegar a concluir que si pensaba era una muestra inequívoca de que existía, hoy hubiera tenido que al menos relativizar tan contundente aseveración.


Está claro que existimos en una dimensión física, somos componentes químicos, como el carbono y que nos desarrollamos en un entorno físico. Vivimos, en definitiva, una realidad física. Unos con más acierto y suerte que otros, por cierto.


Pero, nuestro yo, pronombre personal que se refiere a un ser único e individual ha mutado a consecuencia de los avances de la ciencia. La pregunta a resolver es: ¿existe un solo yo? Creo que no podemos responder con la contundencia de Descartes en sentido afirmativo o negativo. Me surgen dudas. Lo explicaré.
Existen al menos dos yo en este mundo de vértigo tecnológico. Uno, el ya referenciado, el conocido por todos, por mí y por las personas que conmigo interactúan. El otro, el virtual, sin definir, se encuentra en permanente evolución y es en cierta medida ajeno a nuestra voluntad.


La existencia de esta especie de «yo virtual» tiene su origen en que ya no vivimos en un solo mundo, sino que lo hacemos en dos, el físico, tradicional en el que cuando te cortas sangras, y el virtual en el que todo existe y deja de existir según se quiera o se necesite.
Cada vez que utilizamos los recursos tecnológicos que nos permiten, por ejemplo, hacer una simple compra en internet, estamos abriendo la puerta a la génesis de nuestro yo digital. A partir de esa simple acción por la que demostramos interés por un producto, el que sea, un simple perfume, se desencadena un proceso de creación de nuestro perfil virtual. 


A continuación, nuestro perfil alcanzará progresivamente un nivel de perfección en todos los campos que las redes digitales están de forma permanente desarrollando y perfeccionando, hasta tener una definición y conocimiento completo de nuestro yo virtual. Este yo está definido exactamente por los mismos parámetros que el yo físico. Así tendrá sus filias, fobias, tendencias y todo lo que configura una verdadera personalidad.


Dos cuestiones para tener en cuenta. La primera, no tiene por qué coincidir el yo físico con el virtual. Las personas queremos aparentar ser mejor de lo que somos y a nadie le gustaría que su replicante en la red fuera un desastre. Y la segunda, el «Gran Hermano» de Orwell es una realidad. Pero, es una realidad que nosotros alimentamos. No es necesaria ninguna policía de ningún ministerio tétrico de los que describió este autor para vigilar que no nos apartemos de las normas impuestas por una dictadura psicológica alienante de mentes y corazones. Somos nosotros los que gustosamente nos convertimos en colaboracionistas del «Gran Hermano Virtual» al facilitarle toda nuestra información gratuitamente a través de las denominadas redes sociales.


Y no nos equivoquemos, no hay nada gratis en la red. A decir de los propios «gurús» de la tecnificación, lo que no cuesta dinero, lo pagamos con nuestros datos. Nada nos es dado en este mundo virtual motivado por un ejercicio caritativo. Todo es negocio, y veremos hasta dónde llega este negocio con el tiempo.
De momento, todos tenemos un yo virtual creciendo en el ciberespacio, ya veremos si podrá gozar de libertad o estará bajo el control de los amos de las redes. Quizás lleguemos a ver si, llegado el momento, pudieran entrar en conflicto estos dos yo. Pero esa es otra historia que requiere otro artículo.

TRIBUNA. Mi yo virtual
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