martes 19.11.2019
Tribuna

TRIBUNA | Morir en América

Dar sepultura en una semana a tres mil seres humanos es un amargo y doloroso trago familiar, nacional e internacional. Pilotos suicidas estrellaron toda su carga mortífera y humana contra símbolos —The Twin Towers, el Pentágono— muy apreciados por los americanos del norte. Eran y son símbolos de un país orgulloso, que rinde culto al triunfo y al éxito, al progreso, a la suntuosidad y al dinero, esquivando y ocultando siempre que puede la cara fea de la muerte, como el gran fracaso humano, haciendo excepción de los cientos de héroes anónimos que —en otros países— mueren por defender valores como la libertad y la seguridad, muy importantes para esta nación, aunque muy cuestionados por medio mundo.

Bien claro ha sido desde siempre que el poder encuentra su expresión máxima en el dinero y en las armas. La defensa personal es el argumento, la justificación para poseer armas y a la vez es la trampa en la que cae esta sociedad opulenta que tiene que enmudecer cada vez que alguien —no quiero darle ni nombre ni adjetivo a quien tal hace—, desata una matanza sin sentido, injustificada, a todas luces humillante y vergonzosa para este país. A nivel privado, muy poca gente quiere hablar, ni oír hablar del tema. Bien cierto es que en los medios siempre se cuestiona por un tiempo la venta y la posesión de armas, aunque luego siga el silencio, hasta que vuelva a ocurrir la próxima e inesperada masacre.

 

Agonías y muertes son contempladas con un verdadero espíritu estoico, resignado, rondando a veces lo impasible o lo heroico. Para los enfermos terminales existen los hospices (ni que decir tiene que nadie debe confundirlos con hospicios). Son centros confortables —para quienes puedan pagarlos—, donde se ayuda, humana, sicológica y espiritualmente a la persona médicamente desahuciada, sin sobresaltos ni traumas, a bien morir. Son lugares silenciosos, donde la gente camina de puntillas, en visitas cortas y de emociones contenidas, donde el visitante encuentra magras comidas y bebidas —nunca alcohólicas—, y donde los niños apenas tienen acceso. Nadie allí menciona la muerte, pero la muerte deambula por pasillos y jardines, hasta que decide, silenciosa, su próximo zarpazo y enseñoreada de ese cuerpo exangüe y exánime, lo rodea, lo abarca, lo paraliza, camino de la cremación.

 

El velatorio se asienta en un cómodo tanatorio, el funeral home, sin aglomeraciones, ni gritos ni lamentos, en torno a una cajita de cedro, caoba, acero, rodeada de flores, mientras en diferentes pantallas, estratégicamente situadas, se pasa y repasa la historia de los mejores momentos del finado, como una celebración de la vida. Los presentes, familiares y amigos, sentados, en corro, hablan, comentan, quitando hierro al aguijón de la muerte. Los familiares más cercanos se preocupan porque los visitantes firmen en el libro de condolencias, aporten dinero para fundación de alguna beca o hermosos proyectos de beneficencia, o apoyo en favor de la lucha contra la enfermedad que el finado sufrió. A la mayoría de las familias les gusta tener un servicio religioso breve. Dependiendo de la religión que practiquen, presidirá la ceremonia un sacerdote, un pastor o pastora, un rabino, un imán, sin que tenga todo el protagonismo de la misma, porque algunos familiares rememoran momentos de la vida del difunto, o bien el coro o la orquesta cantan. Acabada la ceremonia, los deudos toman la urna con las cenizas y se la llevan o bien al cementerio o bien a la propia casa, porque no existe ningún evento anual para recordar a los muertos.

Ayer, otoñal tarde de sol y viento, visitamos un cementerio de Kansas. Se parece a una necrópolis griega. Una inmensa pradera verde —praderas del Edén— antes un bosque de copudos árboles, convertido ahora en millares de pequeñas piedras de granito, mármol, ornadas de camafeos, en perfectas hileras, grabadas con miles de nombres y apellidos propios del tradicional cosmopolitismo norteamericano (inglés, español, alemán, francés, griego, ruso, árabe), otras con símbolos judíos (la estrella de David), cristianos (la Guadalupana o una austera cruz protestante), árabes (palabras del Corán, la medida luna), masónicos (misteriosos emblemas de la masonería), por citar algunos, que inspiran a los visitantes sentimientos de respeto y acogida, reposo y paz. Muerto hace un año, nuestro ser querido recibió hoy sepultura. Sobre una mesita estaban las cenizas en una urna de acero, en forma de tarro de botica, adornada con grabados lineales. Bajo una tienda de campaña, con algunos sillones, se reunió la familia para hacer el servicio religioso. Lo inició una hermana leyendo un breve poema, invitando a celebrar la alegría de vivir. Luego, una muchacha joven leyó un texto breve de la biblia, en el que se encuentra tiempo para todo; otra, invitó a los presentes a rememorar vivencias con la finada. Sonó una canción y brevemente se hizo el silencio para terminar con unos versos sobre una deseable vida más allá de la muerte.

En los países latinos los fenómenos naturales —terremotos, huracanes, riadas—, riegan la muerte por doquier. Hay muchas muertes violentas: de inocentes, de héroes, de villanos. Cada año las estadísticas suben y suben sobre la violencia en México, Centroamérica, Sudamérica. Los crímenes de las mafias y el narcotráfico aumentan en México de día en día. En El Salvador —tras la terrible guerra civil del siglo pasado—, y en Honduras, son las maras las que siembran miedo y terror en el campo y en la ciudad.

La vida vale tan poco, que no vale nada. Abunda el descubrimiento de fosas comunes, llenas de cuerpos, antes posiblemente torturados y mutilados. Dicen que son ajustes de cuentas entre bandas criminales por el tráfico de la droga. ¡Vaya usted a saberlo! Lo cierto es que las familias no paran de buscar a sus deudos con la esperanza de hallarlos para darles sepultura y que su espíritu no siga vagando, sino que, de una vez por todas, alcance la quietud y la paz. Colombia, tras lustros de guerra interna, creyó encontrar el final en la firma de los Tratados de Paz, pero de nuevo, rebeldes y paramilitares se enzarzan en una clandestinidad que volverá a traer sufrimiento y muerte para el pueblo colombiano. Mencionar a Venezuela supone otro río más de lágrimas y sangre en el continente.

El hombre latino, en general, se aferra a la vida. La muerte forma parte de la vida. Por muy pobre que alguien sea, la vida es lo mejor, lo único que tiene. El bajo índice de suicidios, al revés que, en América del Norte, demuestra que los pobres aman la vida, como un regalo humano y divino, y tratan de disfrutarla en toda su plenitud.

Anualmente, los países latinos celebran, en torno al uno y dos de noviembre, el Día de los Muertos. Máscaras y esqueletos se jalean al son de la música en los ambientes más jóvenes. Visitas a cementerios, que antes han sido arreglados con esmero y cariño, y en las culturas indígenas se incluyen la música, la comida, la bebida que al finado más le gustaban. Tras la cita en el cementerio, en muchas casas del mundo mestizo, es obligada la visita de familiares, amigos y vecinos. En la sala principal hay altares con cruces, calaveras y esqueletos de papel; abundantes flores y otoñales frutos, comidas y antojitos especiales: el dulce pan de muerto, la carne en mole (cerdo, res, pollo, pavo), con salsa espesa elaborada con comino y pimientos, cilantro y chile picante, cebolla, ajo y anís, almendra, canela y porque nada falte, chocolate.

Morir es siempre una certeza, frecuentemente olvidada, pero ineludible, porque la vida de todos los seres es un camino inexorable que lleva a la muerte. «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar». Vegetales, animales y humanos vamos a dar a la mar, no sin antes dejar nuestra semilla. Desde las tierras frías de la Península de El Labrador hasta las tórridas del desierto de Atacama, la muerte —de diferentes modos y maneras—, lentamente se lo va tragando todo. Muertes por el fuego, el agua, la tierra, el aire, así como otras causas naturales, pero sobre todo por manos homicidas que destruyen la flora, la fauna, los recursos humanos, minando la vida de los hombres sobre el planeta tierra. El hecho de morir conllevaba —especialmente en el pasado— connotaciones especiales entre los diferentes pueblos, religiones y culturas del continente americano. La modernidad de los tiempos va unificando, más y más —por encima de cualquier diferencia— los ritos mortuorios, velorios y funerales, y anteponiendo el valor supremo de cada vida humana, aquí y ahora, por la que todos juntos a diario suspiramos, dejando un tanto aparcadas futuras y enigmáticas cuestiones sobre el más allá.

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