domingo 20.10.2019
TRIBUNA

Tu mejor versión

Tu mejor versión

Todos-los-días se está decidiendo la competición del progreso, del nivel de vida y de las oportunidades de la vida de cada individuo y de las naciones. Por eso hay que vivir atentos, en alerta. Es conocida la afición japonesa por el pescado crudo, por el famoso ‘sushi’. Pues bien, para que los peces se mantengan frescos desde que son capturados hasta llegar a puerto, me contaron que los grandes buques pesqueros japoneses introducen en los depósitos pequeños tiburones que, lógicamente, se comen unos cuantos peces, pero a los demás los mantienen alerta durante todo el trayecto. Llegan al destino como recién pescados en alta mar, fresquitos. Otra versión de nuestro «camarón que se duerme…». La forja del carácter y el desarrollo de la personalidad consisten, en parte principal, en el dominio de uno mismo, al servicio los demás. Nos encanta hablar de valores y, menos, muchísimo menos, de virtudes. Porque nos exigen compromiso. Los valores son generales, las virtudes personales.

En el concepto que se tenga de la naturaleza humana está la raíz de la visión de los problemas sociales y políticos. Rousseau inventó aquello de la-bondad-innata-del-hombre, estaba convencido de que el ser humano tenía una predisposición a la bondad echada a perder por la organización del mundo. Era la sociedad la que le hacía malo. Así pues, no se trataba de cambiar —de mejorar— al hombre: el hombre estaba sano y no era necesario cambiar nada en él. Eran las instituciones lo que había que cambiar. Me cuesta esfuerzo aceptar opiniones que, por lo extendidas, aceptadas e indiscutidas, acaban siendo lugares comunes, y a fuerza de verlos repetidos una y otra vez, pasan por ser la expresión de verdades no sólo indiscutidas, sino indiscutibles. ¿No tenemos derecho a dudarlo? Lo cierto es que de esta encrucijada no se sale, si se penetra en ella con la moral del vencido. Es necesaria una nueva aventura del pensamiento.

Se ignoran los propios deberes, se transfieren las responsabilidades a otras instancias. La suma de abdicaciones personales en el terreno del deber, del estímulo, del esfuerzo, de la responsabilidad, tiene una víctima inevitable: los «otros», la sociedad. El individualismo es un falso humanismo. El humanismo no es una ideología, es una actitud y un ideal. Hombres y mujeres de distintas ideologías pueden coincidir en él. Sus fundamentos y posibilidades nos obligan a cultivarlo y a proyectar su luz, participando en el esfuerzo común de cuantos sienten la solicitud por el hombre. Primacía del hombre, pero el hombre con deberes y, entre ellos, los que se refieren a la vida social. El bien común consiste en la plenitud de los derechos humanos.

La ocurrencia roussoniana del hombre naturalmente bueno ha llevado, por ejemplo, a sobrevalorar la espontaneidad en la educación de los jóvenes y a olvidar que sin esfuerzo ninguna obra fue hecha. No es desdeñable el desolador efecto de aquellas corrientes pedagógicas que parecen recrearse en el olvido y aún la negación expresa de toda educación del esfuerzo, descuidando así uno de los principales fines a conseguir: la formación adecuada de la voluntad humana. Es más fácil y más cómodo creer en el hombre bueno por naturaleza, que asumir la propia responsabilidad (todos la tenemos) por los hechos propios y ajenos. Por encima del estatus de ciudadano, más allá de las leyes y de las realidades sociológicas, el hombre que tiene afán de plenitud se compromete, de forma más o menos explícita, a realizarse personalmente, a entregarse a los demás y a servir a la sociedad. Este tipo de compromiso me parece vitalmente más importante que toda explicación contractual o pactista sobre el origen de la sociedad. Los derechos y deberes me son dados: debidos o exigidos. El compromiso se asume desde una voluntad de perfección y superación. Se trata de una ciudadanía activa, no ya sólo en lo que toca al ejercicio de los derechos políticos, sino en el sentido más pleno de la expresión. La sociedad necesita, en el sentido más ético de la idea, de la condición heroica. Voluntad de llevar el deber más allá de lo exigible, es decir, allí donde deja de ser deber para ser heroísmo.

Lo más decisivo es el fondo de las cosas, los contenidos y prácticas efectivas, y, sobre todo, los pensamientos y propósitos esenciales. Una revolución más ardua, pero también más asequible que cualquier otra: porque es una revolución que le dice al hombre que su enemigo no es su vecino, sino que su enemigo es él mismo. Que los causantes de nuestros mayores tormentos somos nosotros mismos, el desorden de nuestro corazón, la oscuridad de nuestra intimidad. Una invitación al cambio más rotundo, una invitación al cambio interior. Después, por supuesto, cuando el hombre cambia, pueden cambiar muchas cosas: cambian —de hecho— muchísimas cosas que urge mejorar. Revolución personal en cada uno: el cambio —la mejora— de la propia vida, para dar a los «otros» nuestra mejor versión.

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