martes 17.09.2019
CUARTO CRECIENTE

Las últimas oreanas

Se llamaba Alejandrina Alejandra Alonso, tenía los ojos azules heridos por el reflejo de las pepitas de oro, y el periodista José Antonio Gurriarán, que con los años entrevistaría al primer hombre que puso el pie en la Luna, decía en Diario de León que era la última aureana del Sil.

Alejandrina Alejandra, qué nombre tan sonoro, todavía buscaba oro en las orillas del río en Valdeorras y aquel verano de 1967 se acercaba al agua con su batea de madera de castaño vestida de negro porque había enviudado, y caminaba despacio sobre el limo de las piedras del río con sus botas de goma para no resbalar. Y entre las piedras del río, con el mismo método que habían usado los romanos en Las Médulas, Alejandrina bateaba la arena de una lameira y extraía oro ante los ojos del periodista.

Veinte años después era el escritor Miguel Delibes el que viajaba al pueblo de Pumares para conocer a María Encarnación Marinas y a Delfina Fernández Blanco, dos oreanas —así querían que se las llamara— ya retiradas. A Delibes le contaron que ni los chiquillos se arrimaban al río en busca de pepitas. Un río, le decían en 1986 al autor de Cinco horas con Mario, que siempre había arrastrado oro, pero nunca en cantidades suficientes como para hacerlas millonarias. «Va para treinta años que lo dejamos», confesaban.

Era un oficio laborioso. «Allí donde topábamos con una lameira nos deteníamos, cavábamos, echábamos unos puños de tierra al cuenco, nos remangábamos las sagas y al río a lavarla. (...). Le dábamos vueltas y vueltas hasta que quedaba en el fondo una arenita, finita, que volcábamos en una lata grande de sardinas. (...). Y por la noche azogábamos, vueltita a vueltita, hasta que se formaba una bolita negra, la echábamos en un plato con unas brasas de torgo o encina y se quemaba: se le quitaba la costra oscura del mercurio y quedaba una bolita amarilla y brillante, oro puro», explicaban las dos oreanas.

Y si quieren saber algo más de aquellas alquimistas de Pumares, aquellas mujeres que azogaban la arena con mercurio, acérquense el sábado al Museo de la Energía de Ponferrada y asistan al taller de bateo organizado por el Instituto de Estudios Bercianos. Pero tengan cuidado con el reflejo dorado del sol sobre el agua. Así empieza la fiebre.

Las últimas oreanas
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