martes 15.10.2019

Un Salvador, ¿insalvable?

Nos recibieron los mismos perros flacos de siempre yt sus amos pobres que siguen desbrozando tierra y buscando salud, educación y futuro para sus hijos

Sobre El Salvador, que sigue siendo el entrañable Pulgarcito de América, aunque ya un poco menos república bananera que cuando estuve en 1972, hoy quiero escribirles lo que vi, y lo que un pueblo, ajetreado y sudoroso, que faena a diario en plazas, calles y campos, me contó. Y es que El Salvador es tan chiquito en tierras para los pobres que se anda en contados días, aunque es tan extenso en problemas que se necesitan lustros para remendar este país descosido y roto, esta tierra que se reparten los de siempre, por lo que a los pobres solo les quedan tres alternativas: quedarse como siervos al capricho de dos docenas de señores, apuntarse a la cola de los sesenta mil mareros, o echarse a la espalda miles de millas de viaje para llegar a una tierra que de prometida tiene poco, de tolerancia cero, y mucho de peligrosa, tanto en el camino como a la hora de atisbar la inalcanzable y espinosa meta soñada.

El iluminado y quimérico Mr. Trump ha decidido poner en marcha una cuarta alternativa, social, cómoda y gozosa. El pillín del presidente, de acuerdo con el presidente guatemalteco, acaban de descubrir que Guatemala es un país seguro para acoger a los que van de camino hacia la tierra, equivocada tierra de promisión, porque ahora pronostican un destino mejor, una patria nueva, más cercana y jugosa, que habla la misma lengua, que ofrece garantías de trabajo, justicia y libertad superiores al «sueño americano». ¡Vivir para creer! Y las caravanas son cuasi invitadas a emprender la andadura, con la ventaja que en estos momentos la gloria está más cercana, sin tantas penurias, riesgos y peligros, como quien dice a ‘pedir de boca’, porque los descendientes del pueblo maya acaban de recibir la noticia de que la bonanza ha retornado a su tierra, y que hay tierra y trabajo, no solo para ellos, sino también para los salvadoreños, porque El Salvador se ha vuelto insalvable, y solo Guatemala puede acogerlo y redimirlo con la ayuda todopoderosa del nuevo salvador de la humanidad: míster Trump.


¡Qué cosas Señor! ¿Cómo van a creer ustedes que los gatos hagan planes para salvar a los ratones? El mundo anda patas arriba, y los poderosos no saben ya cómo hacerle para que los pobres sin tierra, sin cualificación alguna, analfabetos sin estudios ni carrera, tengan donde caerse muertos, y cuando se caigan que sea lejos de sus mansiones para que no las apesten.


Tras dejar atrás avión y asfalto, una tarde cualquiera, a lomos de un camioncito ‘trepacuestas’, milagroso jinete en trochas infernales: pendientes llenas de carcavones pedregosos, maletas y personas hechas un ovillo, emprendimos la última etapa para llegar a El Higueral. La aldea que tuvo en febrero de 1981 la cruenta visita de los pájaros de plomo, los batallones militares, los escuadrones de la muerte salvadoreños que, con apoyo hondureño, dejaron sin enterrar a cerca de 200 campesinos. En la mente del pueblo salvadoreño y de las redes sociales, la salvaje represión militar que asesinó impune e indiscriminadamente a ancianos, mujeres y niños, ha quedado para la historia como «la masacre de El Higueral». Cuando, tras doce años más de guerra fratricida, llegaron los acuerdos de paz, también El Higueral quiso olvidar y hubo manos amigas —primero de Escocia y luego de Kansas City—, que le auparon para retomar el camino de la paz, la reconstrucción y el progreso que ochenta mil salvadoreños generosos, en su mayoría civiles, ya habían costeado sobradamente con su sangre.

Nos recibieron los mismos perros flacos de siempre y sus amos pobres que siguen desbrozando tierras, y buscando salud, educación y futuro para sus hijos. Son niños delgados y niñas saltarinas que, ya uniformados para la escuela, parecen otros, tan diferentes, tan limpitos y aseados, bajan de la montaña y se paran en los barrancos entre los palos de mango y casitas de adobe, luciendo sus camisas y blusas tan azules como un cielo, atiborrado de esperanza. Bajan modositos por atajos que las lluvias han hecho, y parecen salir de un mundo de fantasía, no de casitas de barro y caña, sino de cuartos y aseos reales, no de la única habitación familiar numerosa, con suelo de barro y camastros, apenas sin armarios ni ventilación. Suben por atajos y barrancos sus padres y hermanos mayores a sembrar maíz, arroz, frijoles, y ahora caña de azúcar, café y frutales (naranja, papaya, guayaba y anona), y una naturaleza generosa se encargará de prodigar los frutos. El problema es comercializar las cosechas mientras no haya vías transitables de salida para los productos.


Por 28 años de trabajo, sus instituciones, asociaciones y comités populares funcionan a la perfección, llevando a cabo proyectos comunales con todo el esfuerzo familiar, y dando cuenta hasta del último centavo de sus gastos del dinero recibido. Agradecen cada semestre nuestra visita, porque saben que no todos los pueblos y aldeas salvadoreños tuvieron la suerte de recibir la ayuda generosa y testimonial de comunidades extranjeras, pero hermanas, que beben por sus vientos el duro reto de una vida pobre, pero luchadora y solidaria. Año tras año, los avances se notan, pero siempre aparecen nuevos desafíos para terminar con la pobreza y el subdesarrollo que les atenaza. Por ello, los más jóvenes, anochecen y amanecen apegados al ilusorio sueño americano, y nada ni nadie les hace ver la cruda realidad que comporta hoy la emigración ilegal. 


¿Es insalvable el Salvador?, se preguntan hoy millones de salvadoreños. El actual presidente, Nayid Bukele, de 38 años, alejado del FMLN por propia voluntad y por la mala conducta de dos de sus compañeros, los corruptos expresidentes Funes (2009) y Cerén (2014), ha querido actuar directamente, como un gran emprendedor. El ganó en 2019 las elecciones presidenciales a los partidos tradicionales de la derecha, Arena, así como al propio partido del FMLN. Él se presentó como independiente y con el 53 por ciento de los votos comenzó a gobernar hace menos de 100 días, contando ahora, según las encuestas, con el 85 por ciento de la aprobación popular. Puerta clausurada a la corrupción, al amiguismo político, a la vagancia en los cargos públicos, a las maras —se dice que hay en torno a sesenta mil mareros dedicados al robo, la extorsión, el cobro de «impuestos», las ejecuciones arbitrarias y el tráfico de droga—, a las que con mano de hierro él castiga, especialmente a sus jefes. Hay puerta abierta a las obras de infraestructura: autovías, circunvalación, carreteras comarcales. Un presidente entregado las 24 horas del día a servir a una nación —poco más grande que la provincia de León—, rica y superpoblada, conflictiva y en manos de unos pocos. El Salvador es un paraíso, pero maltratado y explotado por 22 familias que se sirvieron del ejército y de la iglesia para turnarse en el poder. Hoy, después de muchos años, he visto El Salvador con los ojos de la esperanza, porque hoy es otro, y merece serlo, la sangre derramada está dando ya sus frutos de cambio, justicia y liberación.


La despedida la celebramos con una pequeña fiesta: el tercer Festival del maíz. Los «hombres de maíz» de Miguel Ángel Asturias se regocijan invitándonos a comer diferentes platillos del verdadero oro americano: el maíz, en tamalitos con arroz y frijoles negros, elotes (mazorcas tiernas) cocidas y adornadas con mayonesa o catch up, y atol de maíz fermentado, como bebida. Nos deleita la música popular y el turno de los políticos es escuchado por un pueblo cansado de «músicas celestiales», que ya prefiere disfrutar de obras y amores. Retornamos a casa, no satisfechos, pero sí dichosos de haber compartido «mantel y cubierto» con los pobres de la tierra, con los que un día, ‘San Romero de América’ quiso apostar de palabra y con la vida, y por ello, al pasar por la Catedral de San Salvador quisimos dejar memoria, flores y respetos al mejor de los obispos de la América entera, y también pensamos en Ellacuría y Martín-Baró y Montes —siempre recordados maestros—, y en todos los mártires de la UCA, para dejar constancia de que tampoco la sangre española derramada ha caído en vano en la fértil tierra centroamericana…


En verdad, he escrito lo que vi y el pueblo me contó, para rematar diciéndome, como en un ‘hasta luego’ confiado que, «lo mejor que pueden ustedes llevarse de este país, es la historia y el recuerdo vivo de todos nuestros mártires, cuyo sacrificio está siendo capaz de abrir caminos nuevos para salvar a El Salvador».

Un Salvador, ¿insalvable?