martes 17.09.2019
LA LIEBRE

Vencejos

Al guaje mayor le ha regalado un amigo, de los que nunca se dejarán cortar las alas, un libro de aves para que identifique sobre el papel lo que le sobrevuela cuando estira el cuello hacia atrás y se le llenan los ojos de cielo. A la puerta de los 12 años, al rapaz le bulle la cabeza llena de pájaros sin que pueda ponerles nombre, ni comprenda que los cambios del viento alertan de que se avecina el peligro, ni acierte a descifrar aún que el vuelo en círculos de los rabilargos sirve para atraer a los carroñeros sobre la presa, ni sospeche que la rebeldía tan individual que describen sus vuelos está trazada por las estelas que dejamos todos los que a su edad quisimos probar la fuerza de impulso del timón de cola. Tiempo le va a sobrar para aprenderlo todo con esas ansias de equivocarse que le rebosan a los audaces, entregados a poner a prueba la inteligencia en un ecosistema urbano que se olvidó de leer los mensajes que quedan escritos en el aire, pero que no se pueden borrar porque guardan siglos de evolución humana.

El verano despierta la inquietud para salir a buscar al ejército popular del aire. El fresco del alba anima para desencamar a los mirlos que anidan bajo las bóvedas de los puentes, para descubrir la procesión de capirotes negros de los carboneros o para disfrutar del ramoneo de las cigüeñas que escoltan a los tractores en la hierba. Cualquier disculpa pinta buena para sentarse a media tarde a disfrutar del planeo que las avutardas dibujan sobre las olas de cereal de Los Oteros, para entretenerse en la conversación atribulada de los herrerillos, para desafiar a las peñas en las que se cuelgan los treparriscos que le gustaban a Nardo, para descubrir a los verderones que tejen sus nidos en la orfebrería de las sebes, para aprender el oficio que hizo que a las lavanderas blancas las apodaran guardaveceras o para, ya vencido el sereno, aguardar sin prisa a que los martinetes remonten el curso del río en el que disfrutan de coto de pesca. Son buenos días para dejarse engañar por el bullicio de los pardales, tan domesticados ya que son incapaces de quedarse cuando abandonamos los pueblos, y escoger un pájaro con el que identificarse. Inés sueña con águilas. Martín quiere verse en un halcón peregrino. Mateo prefiere pensar en un búho real. Yo me los imagino como esos vencejos que desde mayo marcan la llegada del buen tiempo, que duermen en el aire, que nunca se posan y, si lo hacen, deben buscar un sitio alto desde el que volver a coger vuelo, como va a hacer mi amiga Asun, más fuerte que nunca. Vencejos con las alas bien abiertas.

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