jueves 19.09.2019
TRIBUNA

Vivir hacia dentro

Vivir hacia dentro

Hay un tipo de personas que dan la impresión de estar anestesiados, u ocupados en cosas inútiles o buscando cualquiera de los modos de evasión más a su alcance (alcohol, sexo, drogas o teorías). Habitualmente se trata de gente joven que pretende encontrarse a sí misma en la búsqueda de experiencias nuevas, o intenta afirmarse en actitudes de rebeldía o exasperación, y que, a veces, producen inmensa tristeza, sobre todo cuando a los veinte años —y aun antes— han agotado todas las experiencias y han perdido todas las ilusiones, convertidos en viejos prematuros, con una vida estéril que no sirve para nada porque no sirve a nadie.

Esta civilización que estamos viviendo, en medio de muchas cosas excelentes, resultado de aportaciones pacientemente acumuladas, cribadas y perfeccionadas por muchas generaciones, no tiene como característica el sosiego que incita a la reflexión.

No es una civilización que facilite la interioridad; peor aún, me atrevería a decir que, en conjunto, es una civilización que combate la interioridad con medios de una potencia inigualable: con la prisa, con la productividad, con las redes sociales, con la velocidad, con la superficialidad. Y ha dado lugar a este tipo de personas obsesionadas, crispadas, apresuradas, sin tiempo; a este tipo de persona que ya no reflexiona porque se nutre de tópicos o de consignas, o porque se ha convertido ya en un robot especializado en cualquier clase de trabajo, o porque simplemente carece de tiempo, de sosiego y hasta de gusto. Atrapados en ese cepo que la sociedad super-desarrollada-de-hoy ha dispuesto tan sagazmente: vivir hacia fuera, no hacia dentro; sustituir el pensamiento por la publicidad, la lectura por las redes sociales, el silencio por el ruido, la intimidad por la exhibición, las ideas por los tópicos y los argumentarios. Es una espantosa miseria la del hombre moderno, un siniestro legado el que recibe la juventud de hoy.

Hoy el hombre en general, y una parte de la juventud en particular, han destruido las murallas que le defendían y aseguraban su integridad frente a las fuerzas destructoras. Han destruido los «mitos», han terminado con los «tabús». Y, en realidad, lo que han destruido, lo que han aniquilado, es la verdad en nombre de la libertad, y para ser «libre» la han sustituido por ilusiones, sueños, optimistas visiones del porvenir, teorías tan brillantes como carentes de fundamento. Hace mucho tiempo que se está edificando sobre arcilla sistema tras sistema, teoría tras teoría. Sólo impresiones, sentimientos, opiniones, teorías, emociones, hipótesis e inestabilidad, todo fluyendo. No hay justicia sin unos principios verdaderos válidos para todos.

Hoy se están empleando palabras grandes y sonoras, pero muchas veces lo que encubren es hediondo. Faltan grandes ideales, metas de gran altura y ambición. Uno acaba vacío y cansado de tanto cambio efímero y de tanto esfuerzo inútil. De estar constantemente elaborando teorías que sustituyan a las que acaban de caducar, y al final todo es un gigantesco artificio, una especie de juego convencional en el que todo son hipótesis provisionales en sucesiva bancarrota. El hombre es libre, pero no es independiente. La limitación y la dependencia son connaturales al hombre por el mero hecho de serlo. Si todo hombre está vinculado a algo, o a alguien, la calidad de la libertad depende de la calidad del vínculo que, al atarle, da la referencia de la elección que el hombre hace. No se dice que un animal, o una planta o una piedra, sean seres libres, aunque, por ejemplo, un perro pueda ir a una parte u otra, o una planta crezca libremente. Y una persona sí puede pensar, reflexionar, conocer, querer; y las personas sí son responsables.

Las estructuras no hacen más que reflejar lo que los hombres llevamos dentro: nuestro concepto del mundo, de las cosas, de nuestras relaciones, de la existencia misma. No nos engañemos. Si un problema se plantea bien, hay muchas probabilidades de que se resuelva bien; pero si se plantea mal, sería un milagro encontrar como resultado una solución adecuada. Si queremos mejorar el mundo, éste que tan injusto encontramos, lo primero que hace falta es que nosotros mismos mejoremos; y luchemos por arrancar de nuestro propio interior la injusticia y el egoísmo, la ley del mínimo esfuerzo y la soberbia, la ira; en fin, todos estos criterios tan de hoy y que tan profundamente se nos han metido dentro.

En vez de j?uzgar a los demás, pero jamás entrar en juicio consigo mismo; acusar a los demás, pero evitar, por todos los medios, contemplar el propio mundo interior, no sea que uno tenga que ocuparse, con urgencia, de sí mismo porque se encuentre tan mal como la sociedad que quiere cambiar.

Vivir hacia dentro
Comentarios