Un cabrero en el Valle Gordo

Las cabras tiran al monte... en Omaña

MARCIANO PÉREZ
Cuarenta años después de que las cabras desaparecieran de los montes del Valle Gordo, el pequeño rebaño de Ángel Santamarta, en Vegapujín, vuelve a pastar entre sus riscos y matorrales. «Me gustaban las vacas y las ovejas, pero en cuanto las conocí, me enamoré de las cabras», dice el cabrero.

Antiguamente había muchas cabras en Omaña. Lo corroboran los paseantes que hacen la ruta desde Fasgar a Vegapujín para estirar las piernas. Elba, Marcos, José, Pilar y Amelia recuerdan las veceras de cabras y vacas. «Cada cuatro o seis cabras ibas un día y por cada dos vacas, un día», comentan.

Las veceras eran los turnos rotatorios que organizaban en cada pueblo para hacerse cargo del ganado de todo en el monte. De esta manera, se repartían entre las tareas colectivas y particulares de aquella economía de subistencia en la que las sabrosas patatas del Valle Gordo y la harina eran la base de la supervivencia.


MARCIANO PÉREZ

Ángel Santamarta nació muy lejos de Omaña, en Madrid. Su madre, de Vegapujín, y su padre de Villamoratiel de las Matas. «De niño venía de vacaciones con mi madre», comenta. Pero nunca se había planteado dedicarse a la ganadería. Después de estudiar el COU hizo Turismo en León. Trabajó en la oficina de Turismo de Riaño, otro año en la cueva de Valporquero, ha sido militar...

«Hace cinco años me planteé venir al pueblo», explica. Había pasado por una etapa difícil y la idea de vivir entre la naturaleza era lo que más le apetecía. Las personas que le ayudaron en aquel trance le animaron. Y hace dos años se decidió a poner un pequeño rebaño de cabras. «De siempre me gustaron las vacas y las ovejas. Viví unos años en Garrafe de Torío y tenía amigos con ovejas, alguno también tenía cabras y cuando las empecé a conocer me enamoré de las cabras», explica.

Un viejo conocido

«Aquí el responso de San Antonio era salir a matarlo. Se hacía una batida y se espantaba»

Cuando se trasladó al pueblo empezó trabajando unos meses para el Ayuntamiento de Murias de Paredes como peón de obras y labores de desbroce. Este año, el contrato era de seis meses y la campaña empezó tarde por la pandemia, así que ya casi con el invierno en los pies compatibiliza las dos labores.

Empezar de cero con vacas no lo veía posible. «Dinero paravacas no tengo. Necesitas una inversión de miles de euros para una explotación», comenta. Ángel Santamarta está haciendo un curso de incorporación a la actividad ganadera por internet y en 2018 empezó con la pequeña explotación de 66 cabras.

«Como me dice un amigo, tengo la oficina con mejores vistas del mundo», comenta. Compró las cabras a un ganadero de Villanueva del Árbol y empezó a pastorearlas. «Aprendí por observación, con los amigos. Pero es difícil, sobre todo cuando paren», explica.


MARCIANO PÉREZ

A las cabras también les costó adaptarse al terreno. «Al principio no entraban al monte», comenta. Pero aunque dicen que las cabras son de donde nacen ya tiran bien al monte, se suben por los riscos y escalan los árboles en busca de la comida. «Hace cuarenta años que no había cabras por aquí, las quitaron porque estropeaban el monte», comenta el cabrero.

El abandono de la actividad ganadera y la agricultura en Omaña —apenas quedan algunas vacas que vienen de otras comarcas— se observa en el paisaje del Valle Gordo. Antiguamente, cuentan los andarines de Fasgar, toda la Veiga Larga se sembraba de patatas. Tenían fama los tubérculos del Valle Gordo. Tanta que venían a por patatas para simiente desde el Bierzo y la Maragatería.

Solidaridad

La Asociación Cultural y Deportiva Omañón abrió una campaña por el pastoreo en Omaña

«Era un paisaje antrópico, con tierras de centeno, patatas... y había urogallos, zorros, jabalíes y lobos», explica Ángel Santamarta. Ahora las escobas y el bosque se han apoderado de las laderas. «Ya no hay espacio para los cantaderos del urogallo y para limpiar un camino hay que pedir permiso a Medio Ambiente, si es al lado del río a la Confederación Hidrográfica...». Las cabras van comiendo y limpiando, son «desbrozadoras naturales». señala el pastor, orgulloso de una labor medioambiental que los organismos oficiales todavía no ven. Las cabras arramblan con todo. Ni los espinos se les resisten: «No tienen tacto en el morro y en la lengua», apunta Ángel mientras un grupo se da un banquete de escaramujos en un rosal silvestre.

Ángel ha tenido un otoño movidito. El rebaño se le ha ‘partido’ varias veces y en una de las primeras el lobo hizo su agosto. Diez ejemplares causaron baja en el rebaño. La desgracia llegó con un aluvión de solidaridad —la Asociación Cultural y Deportiva Omañón inició una campaña de donaciones para apoyar el pastoreo en la comarca— y ahora las cabras pastan con GPS, «aunque también tiene sus fallos, algo más seguras están», comenta.

La paridera tampoco le ha dado descanso. Más de un día volvió del monte cargado con los chivines y más de una noche se ha pasado en vela con un mal parto. Sueña con tener un rebaño más grande, pero sabe de los trabajos que le esperan si un día lo consigue.


MARCIANO PÉREZ

De momento, agradece las facilidades que ha tenido para poner en marcha la pequeña explotación por parte del Ayuntamiento de Murias de Paredes y de su alcaldesa, María del Carmen Mallo. «Me ha apoyado y está haciendo una apuesta importante por la ganadería en el municipio», subraya.

Sin embargo, las trabas también son muchas. «Como pastor no puedo hacer queso para el autoconsumo, tendría que tener una quesería; para matar un cabrito tengo que llevarlo al matadero de León...», explica. Las normas están hechas para grandes explotaciones.

Ángel Santamarta cree que la administración debe abrir los ojos y permitir actividades artesanales que en otros países son lo normal. Para muestra, el ejemplo de Francia donde tener un rebaño da derecho a elaborar productos para el consumo propio.

«Si me quiero quedar aquí es la salida», comenta. A pesar de las dificultades se considera ya «cabrero por vocación». Las redes sociales le permiten estar conectado con otros ganaderos y ganaderas. Además de aprender unos de otros siente el apoyo mutuo. La relación con los cabreros del sur de España, sobre todo en Extremadura y Andalucía le da otra dimensión de un viejo oficio olvidado en Omaña. De un cabrero de Zamora aprendió hace poco que «las cabras barruntan el tiempo y cuando saben que va a hacer mal tiempo llenan bien la barriga». El frío no, pero el agua inclina a volver a casa a estos animales graciosos e inteligentes. Ángel soñaba de pequeño con tener una cabra como la de Heidi. Ahora tiene ya unos cuantos aprendices de pastores que se acercan a Vegapujín, sobre todo en verano y algunos fines de semana. Los niños ya le bautizan a los chivines y chivinas con nombres como Avril y Valiente.

También tiene un buen equipo de mastines con su carea para guardar las cabras del temible lobo. «Mira qué labores le hicieron. No hay que matar a los lobos... pero a las cabras...», comentan los caminantes de regreso a Fasgar mientras recuerdan que un vecino, Salvador, «tuvo que vender las ovejas porque le daban nada y menos por las que le mataban».

Ahora que las cabras han vuelto al monte en Omaña, los de Fasgar lo tienen claro: «Habrá que preservar este ganadín de los lobos». Octubre, cuando sufrió el ataque sobre el ganado partido, «es el peor mes», aseguran estas gentes que, aunque emigraron, guardan buena memoria de los hábitos del cánido salvaje. «Este mes es terrible, sacan las crías y a enseñarles a matar. Hasta que no acaban de matar, no paran», relatan. No se detienen a comer.

«Sabemos bien lo que es el ganado y los lobos...», comentan mientras siguen su camino. En algunas zonas se cuenta que las pastoras de la vecera rezaban el responso de San Antonio cuando veían el lobo: «Aquí el responso de San Antonio era matarlos. Se preparaba una batida, escopetas y a espantarlos. Muchas veces no lo mataban, pero tardaba en volver».