miércoles 24/2/21

Decapitaciones

Opinión antonio colinas

escritor

Descendía, estos días, de uno de esos lugares de nuestros orígenes en donde —Miguel Torga siempre—todavía vemos temblar «en lo más local lo más universal», en donde más allá de los fríos heladores los humanos mantienen la fuerza de las costumbres, no abandonan la naturaleza sino que aún la labran o, como en esta semana, la controlan y miman con la práctica de la facendera o hacendera; también llamada yera en algunos de nuestros valles. Durante un día, el pueblo se dedica en equipo a cuidar, rehacer o reparar los bienes comunales: caminos, regueros, montes, jardines. Es una práctica que viene de muy atrás, quizás de la época de los «hombres buenos» y de los «concejos de hombres libres», cuando la solidaridad no era una palabra fácil en la boca de ideólogos y de demagogos sino una práctica natural y fraterna de convivencia del que trabajaba de sol a sol.

Regresaba, como digo, de esa cita a la que acudo cada año, cuando, descendiendo de la sierra, y ya en las vegas del Eria y del Jamuz, pude asistir de nuevo a ese espectáculo natural que sólo los inviernos de nevadas copiosas nos proporcionan en León: ver el circo o cerco de nuestras más altas montañas completamente nevadas, ese elevado arco montañoso que parte a poniente de la cima nevada de Peña Trevinca, se extiende por el Teleno y los Montes de León y se propaga por la cordillera cantábrica hasta los altos de San Glorio. También en estos montes nevados se purificaba y se refundaba el mundo y se aseguraba el caudal del agua en ríos y lagunas. Pensé en los Montes de León del Romancero, en aquellos en donde montes y nieve se fundían con la nostalgia de una joven amante ausente.

Lo que no sabía es que, al llegar a la ciudad, hoy tampoco –como afirmo en uno de mis poemas– los ruiseñores eran noticia en los periódicos del mundo. Una vez más, las noticias eran bárbaras y nos probaban que el ser ¿humano? ha avanzado muy poco en determinados aspectos. (Lo comprendía también cuando releía a Platón en estas mismas fechas y comparaba el fluir de su pensar en los límites con ciertas jergas invasoras.) El tema doblemente bárbaro ese día era el de las «decapitaciones».

Por un lado, 25 cristianos coptos habían sido decapitados en una playa de Libia; como afirmaron sus autores muy cerca de Europa, «al sur de Roma». La otra noticia afectaba a aquellos montes completamente nevados bajo el azul más puro: la decapitación de varias docenas –se dice que hasta medio centenar– de ciervos. Entre el manto espeso de la nieve, los animales buscaban el humo y el calor, los alimentos de los pueblos. Siempre que pienso en los ciervos recuerdo lo que me cuentan los cazadores civilizados, cuando se encuentran con un ciervo en los límites del pinar o del encinar, y el animal se queda quieto, quizás para distraer y salvar a sus crías, mirando con sus ojos mansos, a la persona que posee el arma, pero que la baja, respeta al animal, y se queda en su interior con esa profunda quietud y mansedumbre de la mirada de los ciervos.

Ante estas dos noticias, quiero subrayar sencillamente que el ser humano vuelve a decapitar inocentes, sean éstos personas o animales. Subrayo la inhumanidad y no entro en las segundas razones de estos hechos. ¿Por qué, por ejemplo, tras la masacre de la playa de Libia no ha habido manifestantes en las calles de París, ni tras el rapto masivo de las mujeres cristianas en Nigeria, ni tras la huida, persecución o muerte de tantos cristianos en tierras de Siria e Irak? Parece ser un hecho constatado que hoy el cristianismo es la primera religión perseguida del mundo, aunque en algunos países de Extremo Oriente –como en Corea (del sur, claro)– esta religión esté superando ya al budismo. Tampoco entro en si la nieve manchada de sangre de los montes de León, la de Los Espejos de la Reina y Barniedo, es el resultado de una mente alocada, de furtivos aislados al uso o de profesionales del mercado de las astas de ciervo; esos que a veces también llegan de lejos para esquilmar nuestros yacimientos arqueológicos y el patrimonio de nuestras ermitas.

Yo traía en los ojos la pureza de los montes nevados bajo un cielo radiante, el don de la nieve y de los ríos rebosantes. Y en mi memoria dormían también, serenas, las playas del Mediterráneo, de esas orillas en donde nació nuestra civilización. Las playas donde sintieron y reflexionaron tantas mentes preclaras, desde el autor del Cantar de los Cantares a Ibn Arabí, desde Esquilo a Albert Camus, las que de costa a costa miran desde Sicilia a Libia y desde Argelia a las Baleares.

Pero hoy lo que vienen de Libia, huyendo de las decapitaciones y de las «guerras-primaveras» programadas, son las pateras cargadas de seres desesperados. Las personas que vienen en ellas sufren otra «decapitación»: la del desarraigo de su tierra de origen. No hay «paraísos» en la tierra para el que se ve forzado a abandonar su tierra materna y sus seres queridos. Pero tampoco aquí entraremos en las profundas razones que explican estas mareas humanas consentidas por países, alentada por mafias que mercan, silenciadas por los organismos poderosos. Estas mareas que no cesan, pero que nunca acaban de llegar a las puertas de Bruselas o a Estrasburgo.

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