martes. 29.11.2022
                      Manuel Campo Vidal, con su último libro en las manos en su despacho de Madrid. BENITO ORDOÑEZ
Manuel Campo Vidal, con su último libro en las manos en su despacho de Madrid. BENITO ORDOÑEZ

Es una de las personas que mejor conoce los entresijos de las campañas electorales. Manuel Campo Vidal fue pionero en la organización del primer debate televisado, aquel que en 1993 mantuvo a más de 9,6 millones de espectadores ‘pegados’ frente al televisor para asistir al duelo entre Felipe González y José María Aznar. En la actualidad lidera la lucha contra la despoblación desde Next Educación, donde lleva años estudiando este fenómeno hasta el punto de crear la primera cátedra sobre este tema. También ha plasmado todas sus conclusiones y vivencias personales en su libro La España despoblada: Crónicas de emigración, abandono y esperanza. Para este periodista, ingeniero y sociólogo no todo está perdido, pero hay que ponerse manos a la obra.

—Cuando usted organizaba debates electorales a penas se hablaba de despoblación, mientras que hoy es un tema más que recurrente. ¿Es tarde?

—La despoblación lleva décadas ausente del debate político. En 2019, en las primeras elecciones generales de abril en Next Educación, escuela de negocios con rango universitario que yo presido, hicimos un debate sobre despoblación para forzar a los partidos a hablar de este tema, pero a penas se trató en los posteriores debates electorales. Fue después, cuando se repitieron los comicios en noviembre cuando Pedro Sánchez, en el debate anterior a las elecciones, anunció que si llegaba a la presidencia crearía un ministerio de reto demográfico, cosa que sucedió. ¿Qué había pasado que después de ese esfuerzo que hicimos no conseguimos que se hablara de despoblación y después sí se hablo? En mi modesta opinión ocurrió que se presentó Teruel Existe y aquello tomó cuerpo. El debate de la despoblación ha aflorado con las candidaturas que ahora conocemos.

—Ahora estamos viviendo en esta campaña electoral un intento por acercarse de una manera muy descarada al mundo rural. ¿Le parece exagerara esta utilización, cree que es positiva?

—Que se hable del mundo rural siempre es positivo, que algunos asistan a manifestaciones, como la del otro día en Madrid, disfrazados de campesinos como si fuera la Escopeta Nacional, o escapados de una cacería, pues eso es el ridículo que quiera hacer cada uno. Lo que está claro es que hoy la despoblación está presente y que se ha producido una bifurcación. Por un lado está la España despoblada, conjunto de personas, ayuntamientos, instituciones, plataformas e iniciativas como en mi caso, que estamos trabajando en este problema, y por otro, los que se hacen llamar la España Vaciada, y presentan candidaturas con distintos nombres. No todo el mundo que trabaja por la España despoblada esta de acuerdo con la España Vaciada. Están es su legítimo derecho, pero cada uno puede defender la despoblación desde cualquier movimiento o desde cualquier iniciativa, como hacemos nosotros.

—En su libro aborda las respuestas a la despoblación desde un capítulo titulado ¿Soluciones?, entre interrogantes. ¿Es que no hay respuesta a corto plazo?

_ Yo creo que sí, hay esperanza y hay soluciones concretas para convertir una parte de España en un territorio rural inteligente. Hay experiencias importantes y yo creo que la gente quiere soluciones, no solo reivindicaciones. Los estudios no tienen que centrarse ya en cuántas zonas se han despoblado, eso ya lo sabemos, es dramático, pero ya lo sabemos. Ahora lo que hay que hacer es aplicar soluciones. Hace poco el presidente de la Diputación de Zamora me habló de una planta de biorrefinería, un proyecto que sería una solución para muchos pueblos. Necesitamos proyectos como este, los pueblos no solo viven de la agricultura y la ganadería, que también, se pueden hacer muchas cosas relacionadas con el turismo rural sostenible, balnearios, cooperativas, etc, pero para eso hace falta liderazgo, hace falta formación. Por eso estoy impulsado ahora un diplomado de Territorio Rural Inteligente, para que la gente tenga nociones sobre sostenibilidad, digitalización y sobre planes transversales, porque lo que no puede ser es ir dando tiros al aire a ver si algún perdigón alcanza, hay que ir con planes, con ayuda, porque hay dinero suficiente, pero dinero para proyectos, no para que se vaya consumiendo la subvención y todo se acabe cuando ya no quede dinero.

—Siempre se nos vendió que para triunfar había que salir del pueblo. ¿Cómo convencemos ahora a los jóvenes de que esto no es así?

—En la subcultura del Franquismo, como decía Manuel Vázquez Montalbán, se identificó que quedarse en el pueblo era de catetos que no se adaptaban a las ciudades, y ahí se hicieron películas con las que nos reíamos mucho, sin darnos cuenta del daño que se estaba haciendo al mundo rural. La ciudad no es para mí o Vente a Alemania Pepe, son películas que venían a decir que el que se iba a la ciudad era el listo y el que se quedaba en el pueblo es porque no valía para otra cosa. Ahora con el covid esto ha cambiando y nos hemos dado cuenta de que a ver si van a ser los listos los que se quedaron, porque viven en un ambiente de salud, y porque tienen unas circunstancias sostenibles, no como nosotros, que tenemos, no la boina del cateto, sino la boina de la contaminación, que genera muchas enfermedades e incluso muertes. Ahora hay un oasis de proyectos admirables, que explico en el libro, como un pueblo de Teruel que se llama Castelserás, donde hay nueve tiendas de comercio electrónico, creadas por una misma persona, que funcionan como una especie de Amazon rural a pequeña escala donde se venden productos de todo tipo, o por ejemplo, Belorado, en Burgos, que ha creado la Concejalía de Repoblación, en la que ayudan a todas aquellas personas que quieren volver al pueblo haciendo de mediadores para buscarles casas, que no es nada fácil, trabajo y demás. A lo que me refiero es que el factor humano es fundamental.

—Entonces, ¿hay esperanza?

—Yo veo todo esto como un moderado optimismo. Creo que si somos capaces de transformar unos pocos territorios de cada provincia en territorios inteligentes, y ahí las diputaciones y los ayuntamientos son clave, esto puede amanecer en poco tiempo de otro modo.

—¿Usted se imagina su vida si sus padres no hubieran abandonado ese pueblo de Camporrells, en Huesca?

_Mi familia tuvo que marcharse porque mi abuelo tenía la fábrica de harinas y tuvo que cerrar, y el otro abuelo era el secretario del Ayuntamiento. Éramos lo que se viene a llamar de la pequeña burguesía industrial, no éramos ganaderos ni agricultores, por lo que no tuvimos más remedio que emigrar a Barcelona.

—¿Qué se debe hacer entonces para revertir la despoblación?

—Yo que voy mucho por los pueblos de España veo que hay gente muy interesante, y es que sin factor humano no somos nada. Necesitamos tres factores, primero la conectividad, segundo, unos servicios mínimos, y tercero, factor humano con formación, pero con formación adecuada, y no es un tema de licenciaturas ni doctorados. Hay que conocer la estructura de un territorio rural inteligente para hacer un proyecto de recuperación, porque sin proyecto, no hay ayudas, ni en España ni y en Europa, y en ese camino hay mucha gente en marcha para intentar afrontar este problema, y eso a mi me da mucha esperanza.

_Entonces ahora se puede decir que el inteligente es el que se queda en el pueblo, por lo menos el que vuelve, ¿no?

_ (Risas) Desde luego no tiene porqué estar por debajo del que se fue a la ciudad. Tampoco digo que los que los que quedamos en la ciudad seamos los tontos. Lo que digo es que frente al estigma que crearon las fake news del franquismo el covid ha ayudado a darle la vuelta y a neutralizarlo todo.

«El franquismo llegó a estigmatizar el mundo rural, le hizo mucho daño»
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