martes 10.12.2019

Una herencia cultural que no sobrevivió a la Historia

Una herencia cultural que no sobrevivió a la Historia

armando medina | zotes


Es el Páramo una tierra resignada a vivir casi como que tuviera pasado, pero cuando se rasca en la historia, los documentos vienen a decir lo contrario. Es el caso de Zotes del Páramo, que en el año 1718 contaba con una iglesia y dos ermita. Y en los últimos tres siglos con hasta cinco pendones de distintos colores, de los que ya no queda ni rastro de ellos. Así lo ha certificado Javier Benéitez, que en su afán por ir documentando la existencia de pendón concejil en todas las localidades de la comarca, se ha ido encontrando con otros datos de gran interés sobre la rica historia de Zotes del Páramo.


Escudriñando los libros de fábrica y cuentas de la localidad en el Archivo Histórico Diocesano de León y otros documentos, asegura que en el año 1718 Zotes contaba con la iglesia de San Pedro, única que hoy queda en pie y es la parroquia del pueblo, la ermita de Nuestra Señora de La Aldea, de la que apenas hay un paredón, y la ermita de la Vera Cruz, totalmente desaparecida. A la ermita de nuestra Señora de la Aldea también se la denominó Antigua Iglesia de Zotes y Santuario de Nuestra Señora de La Aldea. Pascual Madoz, en su obra Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1829) recoge el despoblado de La Aldea.


De la iglesia de San Pedro y de la ermita de La Aldea se conservan los libros de fábrica con datos precisos sobre los pendones. De la ermita de la Vera Cruz «no se han encontrado los libros o no se conservan», afirma Benéitez.


El primer dato sobre el pendón de Zotes del Páramo aparece en 1716 en el libro de cuentas de la iglesia de San Pedro con una anotación que dice «un pendón de damasco encarnado con su hasta y su cruz de remate, ya remendado dos veces con seis reales, y otro tanto la cruz de plata por ir a la procesión del Castro, y este es el provecho que trae a las iglesias. –Deshízose para remendar capas y casullas–. Y éste dicen ser de la Cofradía del Rosario. Y también otro pendón azul con su asta ya viejo y roto».


Y así, en los libros de cuentas o fábrica de la iglesia de San Pedro y la ermita de La Aldea, consultados por Benéitez, siguen apareciendo referencias a los distintos pendones con los que ha contado la localidad en los últimos tres siglos. En 1727 se habla de un pendón de damasco blanco de cinco lienzos con su banda y bandilla;  1748 se nombra un pendón de damasco blanco con su asta bueno, un estandarte con tarjeta de Nuestra Señora del Rosario con el asta y cordón de se seda, un cordón de seda azul, un pendón nuevo encarnado y un pendón nuevo negro; en 1751 se hace referencia a un pendón blanco, otro encarnado y otro negro. La última referencia al pendón se encuentra en 1893 con uno encarnado y verde de siete paños. A partir de ahí se pierde cualquier pista del pendón, de los que no queda nada.


Por ello, Javier Benéitez concluye que en su investigación han sido localizados cinco pendones (encarnado, azul, blanco, negro y encarnado y verde) «siendo el pueblo paramés con una mayor gama cromática ‘pendonil’», documentado hasta el momento.

Una herencia cultural que no sobrevivió a la Historia