miércoles. 30.11.2022
Las labores de recolección se hacen coordinando el trabajo manual con la máquina. A.P.

Las peladoras de lúpulo se encuentran a pleno rendimiento. En plena campaña de recogida del que ya se conoce coloquialmente como «el oro verde leonés» el trabajo es intenso. Una persona mete trepas (la planta) para que los peladores de la máquina la vayan desgranando, otra quita las pocas hojas que se cuelan en la cinta que trasporta la flor hasta el secadero y otra manipula la prensa del producto ya seco para meterlo en sacos de unos cincuenta y cinco kilogramos.

Cuando el montón de trepas empieza a terminarse, llega un nuevo remolque, bascula la carga y vuelta a empezar. Esto es lo habitual, lo típico en cualquier peladora de la ribera del Órbigo y en San Román y Nistal, ambos de la Vega, donde se encuentra el 98 por cierto del lúpulo que se cultiva en España. Lo peculiar de este caso es que al frente de todo esto se encuentra Samuel Pérez Aparicio, un agricultor de San Román de la Vega, de 21 años de edad, que ya cuenta a sus espaldas con dos campañas como esta. «Cuando le comenté a mi padre y a mi madre la posibilidad de dedicarme al cultivo del lúpulo, hubo alguna duda, pero rápidamente me apoyaron, incluso vislumbré cierta ilusión por su parte», aclara este joven agricultor. No es habitual que una persona de su edad tenga tan claro quedarse a vivir en su pueblo natal y dedicarse a la agricultura, al contrario, por eso insiste en invitar a gente de su edad a conocer este cultivo. «Es distinto a todo. Al maíz, a la remolacha, a la patata, etc. Viene gente de fuera y al ver estas instalaciones nos preguntan a ver qué es, incluso una persona que venía de Castilla-La Mancha nos preguntó a ver si era chocolate», explica Samuel con una sonrisa.

Samuel comenzó con una plantación de cuatro hectáreas y, a día de hoy, cuenta con siete y su objetivo a corto plazo, llegar a las diez. La ayuda recibida por joven agricultor le cubre más o menos un 15% de la inversión total. Sobre este asunto, con voz pausada, gesticulando y con una mirada que denota convicción, apunta que sin la ayuda de sus padres empezar de cero hubiera sido muy difícil. «Llevo viendo esto toda mi vida, desde niño. Eso facilitó mucho las cosas», enfatiza. Durante la conversación destaca la innegable ayuda que aporta la nueva maquinaria, haciendo especial hincapié en la podadora como uno de los mayores progresos con los que cuenta. Gracias a ella, puede avanzar al ritmo de una hectárea cada dos horas y media, algo impensable hace apenas diez años. Otra máquina que destaca es el remolque cortador, que permite avanzar unos seis cuartales diarios, unos seis mil metros cuadrados.

Durante la entrevista, el ruido del secadero se escucha de fondo. «Este edificio contaba con dos cámaras para secar el lúpulo y decidimos construir un más. Mientras dos secan, la flor va para la tercera, esto nos permite recoger el fruto en menos días. Hacerlo con una como se hacía no hace tanto a día de hoy es impensable con una producción como la mía», aclara convencido.

En los pueblos lupuleros es conocido que la fecha perfecta para la recogida es del 1 al 15 de septiembre. Antes la flor no está hecha y después, pierde peso. «Esta campaña pensamos recoger entre catorce y quince mil kilos, por eso es tan importante aumentar la cantidad diaria recogida».

Como en cualquier trabajo, siempre hay un pero, en este caso, lo encontramos en los fitosanitarios. «Los principios activos con los que se trabajaba antes, ya no se pueden utilizar. Digamos que estamos en fase de pruebas, pero mientras probamos, la cosecha se puede perder, como ya le está ocurriendo a varios agricultores. Todo un año de trabajo se puede torcer porque el sulfato que usamos no es efectivo», se lamenta. Samuel Pérez indica que a partir del 5 de agosto no se puede sulfatar más y si lo haces, no te recogen la cosecha y te sancionan. Solicita que se investigue más en este campo para asegurar que el trabajo merece la pena. «Sin una política seria y efectiva con los fitosanitarios, esto es como jugar a la lotería», concluye. Otro de los asuntos a tratar es el agua. «A día de hoy regamos a manta, por inundación, y esto supone un gasto de agua enorme. Actualmente se está empezando a instalar el riego por goteo, algo que la PAC recoge como punto para percibir más ayudas».

Preguntado sobre qué le diría a una persona de su edad que está dudando si dedicarse al lúpulo o no, Samuel lo tiene muy claro. «Es un trabajo muy variado, dinámico. En mi pueblo me siento más a gusto que en una ciudad y en el lúpulo más libre que en una oficina sentado en una silla. En este aspecto, no tengo ninguna duda», afirma.

Para finalizar, este joven anima a fomentar el lúpulo tanto en el ámbito local como comarcal y provincial. «En Astorga o en León, por citar dos ciudades, debería haber algún guiño al lúpulo. Es algo muy nuestro y creo que no lo estamos explotando todo lo bien que deberíamos». Y no le falta razón, en una ciudad como Brasov, en Rumanía, el lúpulo es el elemento decorativo de su plaza principal. Visitas guiadas a una plantación, publicidad en los locales turísticos, información en los puntos clave. Esto ayudaría a sumar y a poner en valor este producto tan especial.

Al finalizar la entrevista, Samuel mira al remolque cargado con los sacos de lúpulo pensativo. En breve tendrá que llevar parte a la factoría de Villanueva de Carrizo controlada por la norteamericana Hopsteiner y parte enviarla a Alemania. Los cultivadores de lúpulo tienen contrato en vigor hasta 2024. El futuro es esperanzador. Jóvenes como Samuel así lo demuestran.

El oro verde que siembra de esperanza la provincia
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