lunes 21/6/21
40 aniversario

Los dos 23-F de León

Aquella tarde del 23 de febrero de 1981 ambos estuvieron en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, en Madrid. Manuel Ángel Fernández Arias era diputado por UCD y Gonzalo Díaz González uno de los guardias civiles que acompañaron a Tejero. 40 años después comparten lo que vivieron aquella tarde.
Momento en el que Manuel Ángel Fernández Arias abandona el Congreso de los Diputados por la Carrera de San Jerónimo a primera hora del día 24 de febrero de 1981, cuando el golpe se da ya por fracasado. MANUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ ARIAS

La cita tuvo lugar el pasado 13 de febrero en Ponferrada, a primera hora de la tarde. Ni Manuel Ángel Fernández Arias, diputado en el Congreso el 23 de febrero de 1981, ni Gonzalo Díaz González, el guardia civil situado junto a Tejero, Cetme en mano, que disparó al techo del hemiciclo, ponen condición alguna. Ambos vivieron aquellas intensas horas en la Carrera de San Jerónimo, y los dos son bercianos.

El saludo se produce en la avenida Pérez Colino de la capital berciana, antes de compartir un café en un bar próximo. Sorprende por lo afable que es, con todas las medidas de distancia que impone la pandemia. En eso se nota el don de gentes de Manuel Ángel Fernández Arias. «Tú eres más joven», le pregunta a Gonzalo. Casi 15 años. «Yo nací en una fecha memorable —comenta el antiguo político de UCD—, el día que acabó la Guerra Civil, el 1 de abril de 1939».

«El Rey estaba acojonado; no estaba bien visto y tuvo varios intentos de atentado. Todo esto le vino de puta madre», asegura Gonzalo Díaz González, el guardia que disparó al techo del hemiciclo

Aunque no se conocen personalmente, los dos compartieron aquellas intensas horas en el hemiciclo. Recuerda Fernández Arias las palabras de un hombre del servicio de la Cámara instantes antes de que Tejero se subiera a la tribuna. «Hombres con armas, hombres con armas...». «Yo pensé que era un grupo de ETA», le comenta a Gonzalo, justo uno de los hombres que en ese momento estaba entrando dentro del Congreso.

«Yo cuando vi a la Guardia Civil —añade Manuel Ángel— tuve cierta tranquilidad. Recuerdo que a los que estaban cerca les dije: la Guardia Civil no son asesinos».

Gonzalo Díaz González es el guardia civil que, en la histórica foto de Tejero en la tribuna del Congreso, está situado a la derecha, Cetme en mano, apuntando a los diputados y que después terminó disparando al techo una ráfaga de 17 balas. BARRIOPEDRO / EFE

Destinado en el Departamento Especial de Tráfico de Madrid, aquella tarde Gonzalo Díaz fue al trabajo como un día más. Conocía a Tejero de vista, «pero no era jefe mío», explica. Sobre las cinco, recibieron la orden de salir. «Saber, no; lo que sí es verdad es que cuando salimos del cuartel ya tuvimos claro que íbamos a algo muy gordo».

Llegaron a la Carrera de San Jerónimo poco antes de las seis. «Empezamos a entrar, unos se fueron a los garajes... La mayoría entramos al edificio y unos pocos al hemiciclo, entre ellos yo, que fui uno de los diez que dio la cara. Cuando bajábamos por Neptuno ya sabíamos dónde íbamos, porque ya sabíamos que a las seis y media se votaba la investidura de Calvo Sotelo», sigue contando.

Manuel Ángel Fernández Arias sobre el momento inicial del golpe: «Yo cuando vi a la Guardia Civil tuve cierta tranquilidad. Recuerdo que a los que estaban cerca les dije: la Guardia Civil no son asesinos»

De aquellos guardias civiles, Manuel Ángel Fernández Arias le pregunta por uno, el teniente Álvarez. «Lo llevó con mucha seriedad», explica a Gonzalo. Y es que tantas horas dieron para mucho. «Bueno, al final se derrumbó un poco», admite Gonzalo.

Gonzalo Díaz Gonzalez ha escrito un libro con su visión del 23-F y ha seguido teniendo relación con muchos de aquellos guardias civiles que entraron con él en el Congreso. A muchos les conoce con nombres y apellidos, como la historia de la Guardia Civil, de la que es un fervoroso lector. Manuel Ángel Fernández Arias le da un dato. «La Guardia Civil siempre ha sido adicta al Gobierno, al que fuera. La historia lo dice. Es un Cuerpo de orden».

«Practicamente fui el que disparó los tiros, casi todos. Disparé 17, y fueron 20, 24», comenta Gonzalo Díaz en una conversación informal que tampoco tiene un guión preestablecido, aunque queda claro que, 40 años después, hay muchas preguntas sin respuesta. «Nunca se ha querido hablar de lo que realmente pasó», explica Gonzalo Díaz. O con otras palabras. «No se ha contado nada; lo cojonudo es que no les interesa», insiste.

En León no hay constancia de ningún papel de lo que realmente se vivió aquella tarde y aquella intensa noche. O si lo hay, nadie sabe dónde están. Como en todos los gobiernos civiles se recibieron órdenes. Al entonces gobernador, Ángel García del Vello, se le dio una muy clara: Alerta. Hay quien lo sabe, pero no ha querido hablar ni 40 años después.

La Policía vigiló esa noche sedes de partidos políticos y sindicatos. Muchos leoneses y bercianos de izquierdas tuvieron gran inquietud y algunos se escondieron o estuvieron a punto de huir. Los medios de comunicación escritos —Diario de León y Proa— también recibieron visitas de patrullas policiales. La centralita de Diario de León se bloqueó, en una noche de tranquilidad «plena y absoluta» en las calles de la capital, según se decía en la primera página del 24 de febrero de 1981.

Los puntos ‘calientes’ de aquella noche fueron también los cuarteles del Ferral y Astorga y el Gobierno Militar, pero sólo Miguel Cordero del Campillo, exrector de la Universidad de León, fallecido el año pasado, dejó escrito uno de los escasos testimonios públicos de lo que realmente sucedió entre bambalinas.

En su libro ‘Crónica de un compromiso’, donde cuenta su papel como político en la Transición, Cordero asegura que «algunos civiles», entre ellos dos conocidos médicos de la ciudad, se dirigieron esa noche a la sede del Gobierno Militar. «Algunos solicitaron armas y el testimonio lo he obtenido de un ilustre militar», señala en las páginas del libro. Y añade: «Fracasada la intentona, los camaleones cambiaron de color y se mimetizaron con la democracia».

La exconcejala María Dolores Otero, en una carta publicada en 2006 en este periódico, habló de uno de esos protagonistas. ««La pura verdad, y lo digo para que se sepa lo que ese día y a esa hora pasó en el Ayuntamiento, cosa de la que nadie se ha preocupado, y que desmiente otras falsedades, es que mi marido, saliendo del quirófano en la clínica de San Francisco, se entera de forma inconcreta de lo que ocurría en el Congreso. Sabiendo que yo estaba reunida en el Ayuntamiento, se preocupó y fue al Gobierno Militar a informarse de primera mano de sus compañeros y amigos. Comentando que yo estaba en el Ayuntamiento y que era el único teniente de alcalde que allí había y que podía tener problemas, me llamó para decirme lo que pasaba y que me llamarían, como así fue».

«Primero tiene que morir el rey emérito», dice Gonzalo Díaz, que cree que aún hay gente que tiene muchos datos. «Un ejemplo muy claro de que fue engañado —dice Fernández Arias— es que, cuando el rey habla con Milans del Bosh, automáticamente se le pone a sus órdenes».

«El Rey estaba acojonado; no estaba bien visto y tuvo varios intentos de atentado. Todo esto le vino de puta madre», señala Gonzalo.

Después de un rato hablando, Manuel Ángel Fernández Arias comenta a Gonzalo que ya parece que le es una cara conocida. El exdirectivo de Roldán y el antiguo guardia civil sonríen. «Me traiciona el pelo», contesta con humor Gonzalo Díaz.

Recuerda Manuel Ángel otro detalle de aquella tarde. Un guardia civil, ya mayor y corpulento, que llevaba un fusil. «Podía ser uno que se llamaba Iglesias», le pregunta Gonzalo.

«Te voy a contar una anécdota —sigue Arias—. Detrás de mí había un diputado que era de Canarias, y tenía un transistor. Yo se lo pedí». «¿Fue al que le cayeron los cristales?», le pregunta Gonzalo. «Me lo dejó y cogí la Ser y escuché lo que estaban diciendo. Bajé al servicio y al pasar delante de Rodolfo Martín Villa se lo comenté. Así bajé varias veces hasta que a la quinta me dijo un guardia, pero a usted qué le pasa», sonríe Arias. «Al principio se dejó ir al servicio, después no», recuerda Gonzalo.

Ningún guardia civil se portó mal con los diputados, ni nadie sufrió violencia física, recalca Arias, aunque no se podía hablar con ninguno, puntualiza Gonzalo.

Armada fue clave, coinciden los dos. «El terrorismo era bestial», argumenta Gonzalo, que recuerda el gran número de guardias civiles asesinados en aquellos años, la mayoría jóvenes.

En el Congreso estuvieron aquella tarde los ocho parlamentarios leoneses de la época, comenta Arias. Los diputados en los escaños y los senadores en la tribuna de invitados. Diputados eran entonces Rodolfo Martín Villa, Manuel Núñez Pérez y Baudilio Tomé por UCD y Baldomero Lozano y José Álvarez de Paz, del PSOE. Todos han muerto salvo tres.

Sobre la medianoche, todo empezó a flaquear, explica Gonzalo. «No había apoyo; entonces ya no había nada que hacer», dice Gonzalo, que participó en el golpe de Estado con 26 años. Muchos de los que entraron con él, que tenían entonces 40, ya han fallecido, uno de los últimos en Sevilla. «Estuve con él poco antes de morir. También alguno ha muerto de Covid». Con algunos sigue teniendo relación. Gonzalo no se arrepiente de haber entrado en el Congreso.

Manuel Ángel Fernández Arias fue homenajeado hace un par de meses en el Día de la Constitución, que defiende con vehemencia. «Ahora mismo estoy muy preocupado. Es una locura. Llevamos años. Yo recuerdo de mi época de dialogar con socialistas, comunistas...».

Ha pasado el tiempo suficiente para que el encuentro se haya producido. Cada uno desde su posición aquel 23-f. Casi una hora después de un largo café, los dos protagonistas se levantan. Manuel Ángel Fernández Arias acompaña hasta el coche a Gonzalo y al periodista antes de decirse adiós.

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