martes 18/5/21
Plan de acogimiento familiar

Algunas familias buenas

León está a la cabeza de la Comunidad en el número de personas adheridas al plan de acogimiento familiar. Sin embargo, aún hay niños invisibles atados a la supervivencia en centros gestionados por la administración, orfanatos, una palabra que se oculta para hurtar la existencia de menores desamparados por la Constitución para los que la igualdad de oportunidades simplemente no existe a no ser por estos padres que se exponen al dolor de la pérdida y cuya recompensa sólo cifran en el beneficio de los hijos que despiden...
Mapi con su hijo Ángel en un parque de la ciudad. Los padres fueron alumbrados por este niño cuando ya cumplía los tres meses de edad. Había estado en la incubadora y de allí pasó al centro Alba. «Nada más verle se convirtió en mi bebé», explica esta madre, que ha pasado a ser acogedora de urgencia a permanente.

Susana Flórez es madre de urgencia, una frase extraña —que refiere a un significado que debería ser inefable— cuando las palabras que la conforman se repiten de manera consciente. Y es que la prisa, la premura y la necesidad jamás tendrían que pronunciarse cuando de lo que hablamos es de niños. Y, sin embargo, hay tantos que necesitan de una respuesta inmediata para no convertirse en internos invisibles de la burocracia que la excepcionalidad pierde todos sus atributos y se convierte en rutina. Aquí, en León —como en cualquier lugar del mundo— hay espacios en los que habitan infancias hambrientas, abusadas, abandonadas, solas... niños que perpetuarán la historia de una sociedad que cree que la lacra no existe si no la miras y que precisamente por eso se cronifica. De hecho, las profesionales de Cruz Roja explican que algunos niños son los hijos de otros que también pasaron por ‘el sistema’, una herencia que ninguna comunidad decente debería permitir.

«Debieron tenerle tumbado y sin moverse desde que nació, sin prestarle atención, sólo y sin que nadie reparara en él durante diez meses». Y es que cuando Susana Flórez y Enrique Conty recibieron a Guzmán, este apenas podía moverse; tenía hipotonía en todo su cuerpo. Ahora, menos de un año después, incluso sabe esquiar.

Este matrimonio ha acogido en los últimos años a once bebés, once historias de éxito no sólo para estos padres, no sólo para todos esos niños a los que la biología había condenado de antemano, sino para la sociedad. «Sé que lo que han vivido conmigo ya les ha hecho mejores personas, más capaces, más felices. Sentirse querido y a salvo es la primera necesidad de cualquier niño», defiende Susana.

Hay pocas interrupciones porque las familias son conscientes de qué es a lo que se enfrentan

La Junta es la tutora legal de los niños acogidos pero, como las propias familias destacan, el alma del proyecto de protección infantil son Olga y Camino. Olga Rodríguez, psicóloga, y Camino Sanz Iglesias, trabajadora social, llevan seis y 15 años respectivamente gestionando el plan de acogimiento familiar, de Cruz Roja, que en León tiene 50 familias activas. Ellas son la humanidad tras el arcano funcionarial, las dos personas a las que acuden los padres, las que los escuchan, ayudan y orientan en un proceso que, aunque no es fácil, casi siempre se conjuga en historias de éxito. «La Junta retira la custodia en casos de familias con problemas como el maltrato, abandono, encarcelamiento, drogadicción, fallecimiento o pobreza extrema. «Son personas que no saben o no pueden cuidar a sus hijos, que no tienen ni la habilidad ni los conocimientos para ofrecerles un desarrollo satisfactorio», aseguran.

Los padres, madres o familias que se unen al programa de acogimiento deben seguir una formación obligatoria de doce horas a lo largo de seis sesiones. En este plan de adecuación no sólo conocerán las exigencias legales, las necesidades de los niños, el procedimiento, la temporalidad o las visitas que los menores deben tener con su familia biológica. «Lo más importante es ser conscientes de que estas personitas llegan con una historia de vida y lo que los padres de acogida deben darles es acompañamiento porque el objetivo es que retornen a sus familias o sean adoptados», recuerdan Olga y Camino.

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Susana Flórez y Enrique Conty con uno de los bebés que actualmente tienen en acogida. Hasta el momento, ya han sido padres de once niños.

No siempre, porque hay casos, como ocurre con Ángel, cuyas circunstancias convirtieron su acogimiento en permanente. Mapi, su madre, decidió unirse al programa tras enterarse de que una mujer había renunciado a su bebé nada más dar a luz en el Hospital. «Me dijeron entonces que estos niños pasaban directamente a un centro y como yo estudiaba y tenía tiempo, pensé que estaba dispuesta a asumir ese reto, lo hablé con mi marido y mis hijos y aquí estoy».

Ahí sigue Mapi, con un niño cuya vida se fue complicando casi desde el principio. Al poco de nacer, los médicos descubrieron que sufría una discapacidad auditiva, pero poco después una crisis reveló que tenía retraso cognitivo y neurológico. Fue entonces cuando el que iba a ser un acogimiento temporal se convirtió en permanente. «No sé aún si lo tutelaremos o lo adoptaremos, pero se queda con nosotros», dice la madre, que recuerda que el instinto maternal que no había tenido con sus hijos biológicos lo desarrolló con Ángel nada más verle: «El primer día ya era nuestro bebé y su llegado me permitió vivir la maternidad de otra manera», añade. Mapi reflexiona acerca del proyecto de vida que ha emprendido y que le ha cambiado todos los esquemas. «Nadie puede imaginarse lo que tiene que ser que te quiten a un hijo o que tengas que abandonarlo», lamenta y asegura que su cambio ha sido grande, «ahora valoro las circunstancias de los demás».

Ángel tenía cinco meses cuando la enfermedad brotó. «Estaba sola con él y si no llega a ser por la pediatra de San Francisco, Arancha... Arancha me ayudó tanto», agradece mientras recuerda todo el tiempo que pasó con el niño en el Hospital, varios días en la UCI.

Su caso no es único, pero es uno de los que más complicados para lograr que el acogimiento fructifique. Y es que a la incertidumbre que siempre sobrevuela cuando una familia se adhiere al plan se une el carácter especial que algunos niños tienen a causa de sus discapacidades físicas, psíquicas o sensoriales, problemas de salud graves (o degenerativos) o de edad elevada. También hay menores calificados de riesgo debido a sus antecedentes familiares de trastorno mental en los padres, bebés con síndrome de abstinencia por el consumo de tóxicos durante el embarazo, prematuros, etc.

En el caso de Mapi, la discapacidad de Ángel nunca se vio como un problema. Al revés. «Es un niño feliz. Aún no habla y nunca llegará a madurar más allá de los seis años, por lo que no es consciente de muchas cosas».

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Camino y Olga son las profesionales de Cruz Roja —Camino es trabajadora social y Olga, psicóloga— que prestan ayuda a las familias de acogida en León.

Ángel tiene unos ojos enormes, el pelo rizado y una sonrisa de la que nunca se desprende excepto cuando se enfada. Ya los tenía cuando sus padres lo recogieron en el centro Alba: «Nos lo dieron con unos bombachos, un chupete y un biberón», recuerda con nostalgia Mapi, que cuenta una anécdota muy descriptiva de las primeras experiencias de estos niños: «Cuando lo cogí en brazos y fui a darle un beso, el bebé se apartó», dice con tristeza. Acababa de llegar al mundo y ya tenía experiencia... Mapi y su marido Santi recogieron a Ángel con tres meses, tiempo durante el cual la vida del niño se había repartido entre la incubadora y la cuna del centro. «La monjita le cogía de vez en cuando. Se lo ponía en las rodillas, pero no es como cuando tú coges a tu bebé y le besas, y le achuchas, y eso moldeó el carácter». 

Las profesionales de Cruz Roja explican que la mayoría de los niños tutelados por la administración tienen falta de estimulación a todos los niveles. Olga Rodríguez explica que los problemas van desde la alimentación, al sueño, higiene o problemas de aprendizaje. «Es difícil que se concentren por la situación que han vivido, desde Cruz Roja se ofrece un acompañamiento y apoyo psicosocial adaptado a las necesidades de cada caso.», añade Camino Sanz Iglesias. Sin embargo, dejan claro que las familias de acogida tienen que luchar por el niño como si fuera suyo, «pero siendo conscientes de que no lo es».

Estas profesionales, que las familias de acogida califican de «alma» del programa, aseguran que, la mayoría de las historias son de éxito. «Hay pocas interrupciones porque las familias son conscientes de a qué se enfrentan y saben además que cuando se meten en el programa, estás implicando en él a toda la familia». De hecho, Mapi cuenta que hubo un amago de adopción para Ángel, que califica como el peor mes de su vida. «Empezamos a recoger sus cosas, le hice un libro donde le conté todo y era llorar sin parar. Entonces me llamaron y me dijeron que no le adoptaban. Ahí ya dije, se acabó, ya no se va a ningún sitio. Y se quedó».

Nunca, nunca he pensado en parar. Me han dado tanto... me han ayudado a tirar hacia adelante

El acogimiento familiar es un recurso de la Gerencia de Servicios Sociales de Castilla y León, Cruz Roja participa del programa como entidad colaboradora proporcionando soporte técnico de carácter psicológico, social y educativo a las familias de acogida durante el tiempo que dura el acogimiento y en la finalización del mismo. Por su parte, las familias acogedoras deben pasar un proceso de valoración que determine su idoneidad.

Los criterios que utiliza la administración para determinar la capacidad de constituirse en familia de acogida están basados en la motivación y la estabilidad personal, económica y social de las personas que se ofrecen para esta tarea, y se tiene especialmente en cuenta su capacidad educativa y relacional.

Olga y Camino también subrayan que hay ocasiones en las que los propios niños se niegan a ser acogidos porque rechazan que nadie sustituya a su familia. Otros tienen conflicto de lealtades y no se dan permiso para querer. «Cuando hay más niños en la familia de acogida, todo es más fácil», explican.

Susana tuvo un accidente en el 2011 que casi la deja en silla de ruedas. Además, al salir del hospital, se dieron cuenta de que le había atacado una bacteria y en 2015 estuvieron a punto de cortarle una pierna. «Pasé por delante de Cruz Roja y vi un cartel que ponía que necesitaban familias de acogida. Entré, con mis muletas, porque acababa de dejar la silla de ruedas y hablé con Camino y Olga, nuestros tesoros», explica. Susana se enganchó en la primera charla. «Nos dimos cuenta de que era una necesidad», relata. Les dijeron entonces que su perfil era el de acogedores de urgencia porque necesitaban padres para niños de renuncia. «Siempre habíamos pensado en niños de dos o tres años porque nunca creímos que abandonaban niños recién nacidos»... Susana deja claro que si decides unirte al programa debes tener las ideas claras: «Para qué acogemos, para qué estamos y a lo que nos tenemos que enfrentar». Se refiere con ello al dolor de las despedidas, que califica de «inmenso» e «inexplicable». Ella ha sufrido ese desarraigo en once ocasiones, las once veces que ha tenido que preparar la maleta de los niños a quienes ha enseñado, alimentado y querido en los últimos cuatro años. Destaca que la mayor felicidad que tiene cuando se despide de uno de ellos es saber que se va con una familia adoptiva que lleva aguardando años por ese niño. «Yo no he tenido problemas. La experiencia siempre ha sido buena», asegura ahora que está a punto de despedirse de uno de ellos. «Quieras o no, el hecho de tener siempre dos —Guzmán y Alfonso tienen 20 y 21 meses respectivamente— hace que la despedida sea menos amarga», manifiesta. Además, Susana siempre dice que en la balanza hay que mesurar la felicidad que han recibido los niños.

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«Quítate el chupete, que ya eres muy mayor». Los niños acaban de llegar de la guardería y suben las escaleras mientras gritan ‘mamá’ con su lengua de trapo. Y es que ya llevan casi dos años juntos, como dos auténticos hermanos. En el parque juegan y se pelean, luchan por salir — «¿qué os metéis en la boca?»— «¿Sabes lo que duele? Duele que los niños son míos y de toda la familia, de mi madre, de mis hijos, de mi cuñada, pero sabes que no...»

—¿Alguna vez has pensado en parar?

—Nunca. Me han dado tanto... Por mi circunstancia personal me han ayudado a tirar hacia adelante... Si no tuviera a estos niños estaría en la cama...

Susana Flórez pasó de llevar una vida laboral muy activa a quedarse en una silla de ruedas. «Yo de mis hijos no disfruté, y ahora todo me lo tomo para que sea lo mejor para ellos», asegura, antes de añadir que ha tomado esa opción de vida, que no cambiaría. «Les dedico todo mi tiempo porque quiero y, como dice mi nieta, los niños de mis abuelos son niños que mis abuelos tienen hasta que sus padres pueden cuidarles».

—Y cuándo uno de ellos se va ¿cómo reacciona el otro?

—Nunca están solos porque cuando uno se va, otro llega, con lo que no se dan mucha cuenta.

«Esto engancha y cuando se marchan no puedes decir que no a otro porque verles te resarce de todo. Cuando se van, lloro, lloro muchísimo, pero no son míos y por eso no puedo decir que me los quitan»...

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