sábado 23/1/21
La huella de un histórico

El archivo que se negoció en un mes

Un coleccionista leonés conserva una de las copias de la tramitación del archivo de Rubén Darío que la entonces dictadura de Franco negoció en tiempo récord con su familia española, entre el 7 y el 26 de octubre de 1956. Así fue la intrahistoria de la historia
Monumento a Rubén
Darío en el parque del Cid de la
capital leonesa. DL
Monumento a Rubén Darío en el parque del Cid de la capital leonesa. DL

Hace un par de años, parte de los recuerdos de Santiago Ramón y Cajal acabaron en el rastro de Madrid después de unas obras en su antigua casa de Madrid.

Allí, tirados en la calle en medio de la vorágine de una mañana dominical, fueron recuperados del olvido por dos anticuarios. Eran libros, papeles, un maletín... parte de la Historia con mayúsculas que alguien vendía después de encontrarlos en un contenedor de obra.

Internet es un mundo para los aficionados al coleccionismo. Basta con revisar algunos de los principales portales de venta de antigüedades y recuerdos para no dejarse de sorprender. Aparece de todo.

Hasta un coleccionista leonés ha llegado el proceso administrativo que siguió la adquisición por el Estado español del archivo de Rubén Darío que conservaba su segunda mujer, Francisca Sánchez del Pozo, en un pueblo en Ávila, cerca de Gredos.

Las gestiones fueron dirigidas por el profesor Antonio Oliver, que fue quien se desplazó hasta Navalsauz, donde se encontraba en un pésimo estado de conservación

Es la intrahistoria de la historia, como él dice, aunque su única intención es que un día vuelva a donde debe estar, «a un archivo público, si es que no lo tienen», aclara.

Este periódico se ha puesto en contacto con la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid, donde se depositaron los 2.363 documentos catalogados, que hoy se pueden consultar en la colección digital de la institución académica madrileña.

Allí el proceso administrativo no lo tienen, ni tampoco en la Biblioteca de la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo, aunque puede que esté en otras estancias oficiales ya de carácter administrativo, dicen en esta última. Lo que parece claro es que no se ha estudiado.

¿Cómo fue el proceso? Porque lo cierto es que la dictadura franquista lo ‘vendió’ como un logro, nada menos que hacerse con el legado de uno de los grandes nombres de la Literatura Hispanoamericana

La documentación, una de cuyas copias tiene este coleccionista leonés, desvela todas las claves. No es la más relevante pero sí la que más salta a la vista, y es que las gestiones duraron apenas un mes. Algo que no es habitual en este tipo de negociaciones.

La documentación se inicia con una carta, con fecha de 7 de octubre de 1956, dirigida por Antonio Oliver, entonces profesor de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Madrid, a Julián Pemartín, director del Instituto Nacional del Libro. Con el trato de «mi querido Julián», Oliver le cuenta «la emoción del triunfo» después de visitar en Navalsauz, un pequeño pueblo de Ávila, a la familia de Rubén Darío. Después de una «breve vacilación», dice su viuda, Francisca Sánchez, está dispuesta a entregar el archivo.

«Creo firmemente —le cuenta— que hay allí, en un montón caótico, metido en maletas y cajones, el núcleo base para la creación del Museo-Seminario Rubén». «Para que te hagas una idea más aproximada de la realidad -le dice Oliver a Pemartín- y se la puedas exponer al Sr. ministro, debo decirte que en un ligero examen hemos anotado la existencia de sesenta documentos firmados por Rubén Darío y algunos de ellos —muchos— totalmente manuscritos», añade.

Antonio Oliver cita algunos: tres testamentos, su nombramiento como embajador de Nicaragua, el borrador del pésame del Gobierno de García Prieto cuando el asesinato de Canalejas, cartas dirigidas al poeta nicaraguense por Antonio Machado, el conde de Romanones, Jacinto Benavente, etc, etc, repite por dos veces, además de un óleo del pintor Juan Téllez o un Cristo regalado por el papa León XIII a Rubén Darío.

En esa misiva, Oliver ya le plantea algunas de las condiciones de la familia, como una compensación económica, casa en Madrid, educación para su nieta o la edición de un libro con motivo de la creación de un museo. «Estimo urgentísima la catalogación de todo», le reitera Antonio Oliver a Julián Pemartín en la carta.

Con fecha de 9 de octubre de 1956, sólo dos días después, también se conserva en la documentación un informe de urgencia dirigido por Oliver al entonces ministro de Educación Nacional, Jesús Rubio, de cómo se deberían hacer las cosas para la consecución del archivo.

«No necesitamos encarecer al Sr. ministro la repercusión internacional de un Museo Seminario Rubén, que estrecharía nuestras relaciones con el mundo hispánico», resalta Oliver.

Tan rápida fue la tramitación que, sólo dos días después, otra vez, Julián Pemartín informa a Oliver de que, por orden del ministro, queda autorizado a trasladarse a Navalsauz «al objeto de proceder a la catalogación». Tan estricto era Julián Pemartín que conservó también una nota a máquina dirigida al ministro, dándole cuenta del currículum de Oliver.

Oliver se traslada a Navalsauz, al día siguiente, 12 de octubre, y durante tres días examina el archivo. De esa visita se conserva un acta firmada también por Francisca Sánchez del Pozo y algunos familiares. Como testigo, lleva también la rúbrica de Carmen Conde, pareja de Oliver. En total, se rotulan 27 sobres con documetación: cartas, autógrafos, homenajes, carrera diplomática, recortes de prensa, fotografías, libros... Y otros cinco con material a la espera de hacer un estudio más pormenorizado de su relevancia. El acta está fechado el 15 de octubre de 1956.

Al entregar el acta al día siguiente en el Ministerio, Oliver pone el acento en el carácter «principalísimo» que tiene el archivo de Navalsauz para conocer con mayor exactitud la literatura hispanoamericana de finales del siglo XIX y principios del XX.

Rubén Darío, al venir a España en 1898 como enviado especial de «La Nación» de Buenos Aires, se convierte «en el rector espiritual de la poesía y de las letras de España y América, resalta Oliver. «Es difícil que falten en el Archivo los nombres de los escritores más importantes de cada país», añade.

También se conserva el borrador de la carta del ministro aceptando las condiciones y autorizando a Pemartín y a Oliver a recoger los documentos. La misiva tiene su anécdota. Y es que se cambió la despedida de «le saluda con la mayor consideración» por «atentamente le saluda».

Esa entrega de la documentación —los 27 sobres y los otros 5 sin clasificar— se hace en la Delegación Nacional de Educación, en Alcalá 93, el 26 de octubre y tiene la firma de Pemartín, del jefe del Departamento de Cultura, Gaspar Gómez de la Serna; del jefe del Servicio de la Vicesecretaría Nacional de Educación, José Sánchez Maroto, y de la subdirectora del Museo de Artes decorativas, María Dolores Enríquez. El trabajo fue presentado en el Congreso de Academias celebrado en Madrid en abril de 1956. Allí se dio cuenta de las acciones desarrolladas por Julián Pemartín, Antonio Oliver y Carmen Conde, pero no de la intrahistoria que, como siempre, es tan interesante cuando menos que la propia historia.

El archivo que se negoció en un mes
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