miércoles 12/5/21
francisco gonzález ferreras

carpintero universal

inventó un ala delta antes de que nadie supiese lo que eran y se lanzó del puerto de san isidro abajo cosechando costalazos. inventor desde su juventud, lleva décadas asombrando al mundo con sus réplicas exactas de grandes monumentos
rubén delgado

Cuando uno conoce a fondo a Francisco González Ferreras se le imagina de inmediato en la Edad Media ejerciendo de arquitecto de catedrales, de maestre de obras al mando de muchos gremios, de geómetra o matemático, de sabio conocedor del lenguaje secreto de las ojivas y bóvedas de cañón. Con su sonrisa socarrona y su natural dispuesto, plano en mano, disfrutaría viendo alzarse ante él maravillas románicas o góticas ornadas de esculturas, volutas y arquerías.

No es el Medievo y él no viste pieles ni estameñas pero sí ha construido, con una paciencia asombrosa, gran cantidad de edificios monumentales a escala —número redondo, 53—, enseñado sus entrañas a mucho público asombrado y a muchos escolares que conocieron con él una forma amena y apasionante de acercarse al arte, y protagonizado un centenar de exposiciones a lo largo de toda España, Biblioteca Nacional incluida.

Pero Francisco González Ferreras, Paco, fue también un niño nacido en Cistierna que atistaba por la ventana imágenes de guerra —camiones con bidones grapados a modo de rústico blindaje— y que huía con su familia a dormir a los pueblos cercanos por miedo a los tiros. Su padre era interventor del Hullero y por eso a los 6 años marcharon todos a Mataporquera donde ya construía él barquitos de cortezas, con telas para el velamen, y los ponía a navegar por los regueros. «Me llamaban El Gordo porque tenía mucha hambre y cogía cualquier cosa para comerla sin mirar cómo estuviese. Esta apampirolao, pero oye, en un determinado momento reflexioné, me di cuenta de que aquello no era vivir, era estropear el tiempo, y cambié, me hice el hombre más inquieto del mundo». De ahí volvieron a Cistierna y después viajó a Valmaseda para aprender en una de las muchas fábricas de muebles de la localidad vizcaína visto su tremendo talento a la gubia y el formón, pues con 16 años fabricaba muebles como un auténtico maestro. En mes y medio ya hacía los encargos más difíciles y por eso regresó a León pese a las súplicas del jefe de fábrica en el mismo andén. Aliado con otros dos paisanos, montó en San Andrés la fábrica AFA, que llegó a contar con 22 obreros y algunas de las primeras máquinas semiautomáticas de la provincia. Pero aquello del trabajo en serie no satisfacía a Ferreras, que ya había dado muestras de su talante visionario cuando inventó un ala delta antes de saber que existían y en la estación de San Isidro se lanzó al vacío, los esquíes puestos, con los consiguientes trompazos («la mía era de 9 metros cuadrados y las que luego salieron tenía 23»). Otros descubrimientos y fórmulas suyas asombrarían más tarde a expertos ingenieros, incapaces de creer que contase tan sólo con el graduado escolar.

Las huelgas previas a la llegada de la Democracia acabaron con aquella fábrica pero también dejaron a Paco con mucho más tiempo para desarrollar una afición que de joven iniciara intentando recrear la Catedral de León a la vista de una postal, miniatura iniciática que, aunque se desencolara, mucha pena le causó a Paco cuando acabó en la lumbre.

Inquietísimo artífice, amante de retos, «basta que algo me cueste para que ya esté dándole a la cabeza», comenzó con la Catedral, pieza a pieza, fabricando con sus propias manos, en madera de nogal, cada moldura y cada teja —¡hasta reflejó un nido de pajarines que encontró cuando hacía mediciones en el tejado!—, 2.000 horas en total. Es la que menos le gusta pero, eso sí, le enseñó mucho. Después llegarían las reproducciones de San Isidoro (2.600 horas), San Marcos (2.300), y la que más tiempo le llevó, la asombrosa maqueta de la Catedral de Santiago de Compostela (5.200 horas, todo lo apunta y registra Paco). Y en su nave-museo, arcón sorprendente de arquitecturas a nivel del ojo humano, tampoco faltan Santa María del Naranco («este es el edificio que más ciencia tiene, mira qué contrafuertes tan finos sostienen la bóveda de cañón»), Botines (1.100), el Palacio de los Guzmanes (1.600) y muchas otras, casi siempre ligadas al Camino de Santiago; y aun foráneas, como el partenón, la torre de Pisa, una torre del Kremlin, arquitecturas fantásticas de tipo islámico por él imaginadas y una parte del colosal templo egipcio de Luxor, con recreación incluida de las grúas y poleas con que se colocaban las piedras inmensas. Hace poco culminó un San Clemente de Taull con su colorido pantocrátor dentro y todo.

El edificio, en la cabeza

Y todo a base de visitas sin fin a cada monumento, de escudriñar cada rincón y de medirlos con sus varas especiales que llegan a los ocho metros de largo. «Lo que hago es meterme el edificio en la cabeza», dice. Y también: «Yo es que tengo una intuición terrible». A fuerza de mirar y de remirar, y de componer y montar piezas (el total asciende a... ¡53.000 horas!) en jornadas de hasta 16 horas de trabajo, el resultado es sencillamente impresionante. Y aunque hoy haya llegado a los 82 años, sigue sonriente y muy activo («¡hay que encontrarle un estímulo a todo!», recomienda), quizá por haber sido siempre un enorme deportista (se construyó su propia piragua y su arco y flechas), en especial de tenis, una de sus actividades predilectas —la pista que hizo en casa la llamaban Fátima porque parecía milagroso que todas las demás de la ciudad se inundaran menos la suya, y en ella jugaron varios campeones nacionales como aquel García que tenía una pierna más larga que otra—. Ganó varios trofeos y jugó hasta con el ex alcalde. «Él es ‘Paco Raquetas’ y yo... ‘Paco Maquetas’».

carpintero universal
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