domingo 5/12/21
Concepcionistas en dificultades

Concepcionistas de León: clausura y dulces a la luz de las velas

Las Concepcionistas de León no tienen dinero para pagar las facturas del convento de clausura. No encienden la calefacción ni la luz. La electricidad se usa sólo para el horno en el que fabrican las pastas y tartas que venden desde hace poco más de un mes a la puerta del monasterio. Son su única forma de vida. Es una clausura en penuria
                      La superiora con Mayte Verdejo, postulante, en el coro de clausura. S.V.P.
Concepcionistas de León en el obrador del convento de clausura, fabricando pastas y tartas a la luz de las velas el 8 de noviembre. Las venden miércoles, viernes, sábados y domingos a la puerta del monasterio de 10.30 a 14.30 y de 16.30 a 19.00 horas. Y todos los días a través del torno. MARCIANO PÉREZ

Noviembre, León. 8 grados, y gracias, en la calle. Al otro lado del torno, una voz sin rostro. «Pasad». Y ahí están, en bata, con botas y sudaderas de felpa. «Quizá tengáis frío». Por cortesía, la respuesta es no, no se preocupen. Qué vas a decir, si vienes de tu casa con calefacción y de tomarte un café bien caliente en el bar de enfrente. Pero bastan unos segundos para comprobar el rigor de la vida intramuros. Sin luz. Sin calefacción.

—Todavía no la hemos encendido.

—¿Ni una calentada?

—No, no nos lo podemos permitir.

En el convento de las Concepcionistas de León no se enciende la luz. Se calientan al sol, racionan la electricidad, fabrican pastas y dulces a la luz de las velas, la electricidad sólo se usa para el horno, se trabaja de noche. No hay dinero para pagar facturas. Hasta que se sale a la huerta, hace frío. Y ya es decir, porque es invierno en la ciudad. Así viven las doce monjas concepcionistas y una novicia. Una clausura con penurias.

                      En el comedor, con las banderas de los países originarios de las monjas.
Sor Mari Nury Vélez, la superiora de las Concepcionistas, con los pavos.

Cuando cae la noche, las velas viajan de una estancia a otra. Del comedor al obrador y de ahí, cuando acaba la tarea, de madrugada, a las habitaciones. Una pequeña llama para leer y no tropezar por los largos pasillos llenos de historia que conducen a las celdas en las que ya no hay rejas porque nadie está ya dentro a la fuerza.

Son franciscanas. Están obligadas a un estilo de vida pobre. Es el primero de los capítulos de la regla de Francisco de Asís. Han profesado los votos de clausura, pobreza, obediencia y castidad. Por ese orden. Pero no cabe ya en el siglo XXI vivir así.

—Hicimos voto de pobreza.

—Ya, sor, pero no de frío, ¿no?

—No, de frío no.

Están más acostumbradas a soportar que a pedir.

—Confiamos en Dios

—¿No sería mejor fiarlo de momento a los hombres?

En el convento de las Concepcionistas de León no se enciende la luz. La electricidad sólo se usa para el horno. Se trabaja por la noche, cuando la energía es más barata. Los tramos de las facturas compañías eléctricas marcan ahora el ritmo en la clausura

 

Clausura en el siglo XXI

«¿Pero han pedido ayuda?». El vicario general de la diócesis de León, Luis García, responde con otra pregunta a la cuestión de si en el Obispado van a hacer algo por las Concepcionistas. «Son autónomas», alega tenso. «Si lo piden, pues el obispo estudiará qué se puede hacer si es que se puede hacer algo», añade al final. Y remite a la Conferencia Episcopal que «tiene una línea de ayudas para estos casos», se desentiende. «Es el procedimiento», zanja. Y no hay más que hablar. Con la iglesia hemos topado.

Es el turno de los hombres:

—¿Va a hacer algo el Ayuntamiento para paliar las condiciones en las que viven las Concepcionistas?

—¿Qué les pasa?

—Pero, ¿no sabéis cómo viven?

—¿Qué condiciones de vida?, preguntan a la pregunta en el Ayuntamiento.

—Déjalo, ya veo que no sabéis lo que sucede.

                      El tendedero y la torre de la que se desprenden las tejas.
La superiora con Mayte Verdejo, postulante, en el coro de clausura. S.V.P.

«Es una propiedad privada», argumentan a vuelta de llamada. «Ya se les da una ayuda», añaden.

Y eso que las Concepcionistas dicen haber encontrado en el alcalde socialista de León, José Antonio Diez, un aliado.

«¿Pero han pedido ayuda?». El vicario general de León responde con otra pregunta a la cuestión de si en el Obispado van a hacer algo por las Concepcionistas. «Son autónomas», alega tenso. «Si lo piden, se estudiará», zanja. Con la iglesia hemos topado

«Es un hombre muy próximo», dicen las monjas. «Nos llama por teléfono para ver qué tal estamos, especialmente en la pandemia», añaden. «Nos da 400 euros más que los de antes».

Coincidiendo o no con la pregunta de este periódico, el alcalde concertó una cita con las monjas esta misma semana, una visita previa antes del 8 de diciembre que nunca se había producido.

Saber cuál es el aguinaldo del Ayuntamiento de León es inicialmente más complicado que desentrañar el misterio de la Santísima Trinidad. Finalmente es el Consistorio el que confiesa: mil euros en un sobre que el alcalde entrega a través de la celosía el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Acude allí la Corporación en lo que podría parecer la tercera disputa sobre si es foro u oferta —además de las Cabezadas y Las Cantaderas—, pero en las ‘Políticas Ceremonias’ del cronista oficial de la ciudad Luis Pastrana queda muy claro: es obligación. Contraída el 8 de octubre de 1621 y fijada en 1668, aunque la primera vez se realiza en 1656.

En el obrador se trabaja sin fatiga. De unos dulces depende ahora que se dulcifique la vida dentro del convento. Los venden las hermanas miércoles, viernes y los fines de semana en la puerta principal del monasterio, en pleno centro de la ciudad —en la calle de la Rúa, en el Barrio del Mercado, en la plaza que lleva su nombre— y a diario a través del torno de la clausura. Pastas y tartas hechas a mano a media luz, la de los cirios. Sobre la repisa en la que se amasa, una linterna da algo más de claridad. La electricidad se deja sólo para el horno que, de paso, calienta la estancia. La única en la que se puede estar, y a duras penas. En el convento de las Concepcionistas de León se trabaja por la noche, para abaratar la factura.

Un monasterio de León sin luz

Los tramos de las compañías eléctricas marcan el ritmo en la clausura. La subida del precio de la luz ha cambiado la vida dentro del convento como seguramente ninguna otra circunstancia. Ahora es ‘labora et ora’. Hay que ajustarse a los tramos horarios del recibo.

                      Rezando en la clausura, en la celosía del coro que da a la iglesia. S.V.P.
El tendedero y la torre de la que se desprenden las tejas.

El frío se cuela por los rincones de este monasterio. Los ventanales del coro, donde rezan, reciben misa a diario y se reúnen, dejan pasar lo que hace afuera. Calor en verano y ahora, el invierno en su crudeza. Y lo que se avecina. Es clausura pura. El fotógrafo se queda a las puertas. La superiora no da permiso para que traspase esa intimidad de mujeres de reclusión en la que no entra nadie, pero autoriza unas fotos con el teléfono móvil. «Tú eres periodista», alega. Y en esa condición —y en la de mujer— se hace el recorrido.

Un laberinto de pasillos estrechos desembocan en escaleras que comunican todas las estancias de esta abadía en plena ciudad. Y también en arcos que se deshacen sin necesidad de tocarlos. Si no hay dinero para lo básico, menos para mantener a salvo el patrimonio artístico.

Sólo un puñado de ventanas dan a la calle, esas sí enrejadas en madera, el resto dan a la huerta. La vida aquí se hace de puertas adentro. Los gruesos muros que se empezaron a levantar en 1515 por orden de Leonor de Quiñones, hija de los primeros condes de Luna, con la herencia de su madre, marcan la frontera entre dos mundos.

Si las hermanas se enfundan en ropa de abrigo para estar por la casa, en las camas de sus habitaciones —austeras, pequeñas, sencillas, presididas por un crucifijo— se adivina una superposición de mantas.

Gran parte del convento está vacío. Hubo tiempos mejores. En dinero y vocaciones.

Nacionalidades en el convento

La mitad de las monjas de clausura de este monasterio son de Kenia y de Colombia, incluida sor Mari Nury Vélez, la superiora, nacida en Antioquía y convencida para venir a León por Manuel Fláker, administrador eclesiástico de la iglesia del Mercado y ordenado como sacerdote en Medellín. La otra mitad son españolas, entre ellas Mayte, postulante, la más joven, en la treintena aunque aparenta aún menos, llegada de Cuenca, feliz en León, donde ha encontrado, dice, la paz. Y, por la alegría que derrocha, se diría que también la felicidad.

                      Sor Mari Nury Vélez, la superiora de las Concepcionistas, con los pavos.
En el comedor, con las banderas de los países originarios de las monjas

Es la que tiende la ropa, que se lava a mano para no gastar luz en la lavadora. «Sólo metemos en la máquina las cosas grandes», explica una de las hermanas.

Junto al tendedero, bajo la torre interior del convento, restaurada hace años pero cerrada —«está llena de escaleras y no tenemos ya edad para eso»—hay un casco de obra. Se lo ponen para colgar la ropa. Las monjas tienen miedo de lo que cae del cielo. Las tejas de la torre se desprenden y se estrellan contra el suelo dejando un reguero de cascotes.

La huerta en cambio desprende riqueza natural. Manzanas, melocotones, caquis, peras, berzas, tomates, maíz, zanahorias, plantas aromáticas, flores para poner a la Amargura —conocida popularmente como ‘la Paloma’, la venerada talla en León que sacan en procesión un puñado de papones y hermanas (cofradas de derecho con carta de pago) en uno de los pasos de la cofradía de Minerva y Vera Cruz y que custodian las monjas en la iglesia— y hasta anís para las infusiones. Manjares regados con el agua de lluvia, sin químicos, alimentados por el sol que se atesoran en una despensa. No hace falta frigorífico, ya se dijo.

Parte de esa cosecha se utiliza en las ollas de diario, otra parte va al obrador, donde se cuece a fuego lento mermelada de albaricoque que es una tentación sólo verla, se derrite despacio el chocolate y se amasa con parsimonia la base de las pastas y tartas. No hay prisa. Hay que esperar además a que den las doce en el reloj. Medianoche, hora de encender el horno.

Lo hacen con precisión, siguiendo las lecciones de Alberto Pérez, el gran repostero leonés, hijo y nieto de los afamados pasteleros de La Coyantina, que dirige en León el Centro Sáper, una escuela internacional de cocina a la que han acudido algunos de los más grandes confiteros del mundo. Él les hizo de ‘coach’. Y tal vez influyó en que en el convento se hiciera la Tarta del Reino, en vez de almendra con avellanas —los ‘perdones’ llaman a estos frutos en el Viejo Reino por San Froilán—, y con el león rampante tamizado en azúcar glassé. Tienen lista ya la receta para los turrones de Navidad.

Jubilaciones en el monasterio

En el convento entran cuatro jubilaciones de 800 euros al mes y una pensión de 500 —gracias a que en su día el Obispado pagó las cotizaciones a la Seguridad Social—, lo que se sacaba por las formas para consagrar antes de que llegara la pandemia y la gran competencia de otros monasterios y de particulares, lo que se gana ahora con la venta de dulces, pastas y la tarta de avellanas y el donativo que el Ayuntamiento deja cada 8 de diciembre coincidiendo con la festividad de la Inmaculada Concepción. Nada más.

Comida no falta. La da la huerta. Y las gallinas y los pavos que comparten jardín con siete gatos que tienen nombre y que se ponen las botas con los topillos del huerto. Lo que falta es liquidez. Y ayuda.

Sólo salen para comprar, votar e ir al médico, pero la vida entra dentro de los muros. A través de internet. Les cede los megas que le sobran un fiel. La venta de sus delicias les ha obligado a hacer turnos a la puerta del convento, una oportunidad también para ver pasar la vida. Les ayudan en esa labor Ángeles, Jesús y su hija Jimena y Chema y Helena.

Sor Mari Nury Vélez Podada y las hermanas Mayte Verdejo López, Felicia Martínez Rodríguez, Gladys Salazar Torres, María Isabel Bautista Rivera, Piedad Renero Largo, Inmaculada Rapero Mancilla, Gimena Quintero, Beatriz García Álvarez, Margarita Koki Kitavi, Catalina Nododo y Nieves Prieto Franco quieren aislar las dos ventanas del coro y poner placas solares. Sitio no les falta. Tienen un inmenso solar. Pero no saben por dónde empezar. Sólo que dan subvenciones.

Han hecho a la intemperie un pequeño almacén de maderas y cartones, por si viene el temido apagón. No se deja nada al azar.

¿Hay quién luche? Así se citan ancestralmente en los aluches, en los corros de Lucha Leonesa. Un combate en donde cuenta más la maña que la fuerza, una versión de David contra Goliat en esta tierra. Una fórmula que se puede trasladar al convento de las Concepcionistas de León: ¿Hay quién ayude?

Concepcionistas de León: clausura y dulces a la luz de las velas
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