martes. 05.07.2022
maría teresa del campo vela

el corte inglés de busdongo

tino casal, manolo escobar, el padre de víctor manuel con la familia... pasaron por casa maragato junto a muchos miles de viajeros desde el siglo XIX. teresa y juan son la quinta generación de ‘venteros’
norberto

Entra una vecina y pide fairy, tres parroquianos se afanan al vinillo y al embutido, hay un trasiego incesante de repartidores y transportistas y todos se dedican a cultivar el palique hasta que aquello adquiere un aire tan familiar que a uno le da la impresión de conocer de toda la vida a estas gentes francas y montañesas y hasta se resiste a abandonar el lugar, Casa Maragato, El Corte Inglés de Busdongo, donde hay chupetes de caramelo, navajas, mecheros, tirachinas, orujo, una colección de botes con arenas de todo el mundo y mil cosas más.

Quinta generación al frente del Maragato, por las venas de María Teresa del Campo Vela corre la misma sangre sociable, emprendora y hospitalaria que llevó a su tatarabuelo a asentarse en aquella venta expuesta a todas las celliscas y ventoleras que soplan desde el Puertu Payares y dedicarse a servir al sinnúmero de viajeros, arrieros y tratantes que pasaban del Viejo Reino al Principado y viceversa. Comenta Teresa que la antigüedad precisa del local es desconocida al no conservarse ningún documento escrito de su fundación, pero calcula que la saga quedaría instalada aquí a principios del siglo XIX.

El primer maragato —auténtico del todo, porque procedía de Murias de Rechivaldo—, Luis González Prieto, emparentado con los famosos Salvadores, era un arriero de aquellos que llevaban de una a otra región «cereal, salazón y encargos», y que decidió asentar venta en Busdongo con cuadras y refresco de mulas para el correo. Su hijo, otro Luis, aprovechó la revolucionaria llegada del ferrocarril —trabajó en el desescombre del túnel de La Perruca— para reforzar y bautizar el negocio, y aunque no tuvo hijos, Casa Maragato pasó a manos del sobrino Francisco, extendiéndose la dinastía hasta José María, Pepe, el gran patriarca argollano, célebre al corte del queso y el chorizo, fallecido hace ya tres años, y ahora desembocando en su hija Teresa y el yerno, Juan, que es de Felechas y que a todos, sea un peón o un ministro, saluda con el mismo «¡qué pasa, chiquitín!».

De los primeros recuerdos que guarda Teresa es de aquellas nevadonas enormes que caían en estas alturas, cuando se atascaban los trenes y el pasaje hacía noche en la Casa («¡había un ambiente!»), unos acostados en los bancos, otros jugando a la baraja... «pasando el tiempo como podían», dice. Otro de sus primeros trabajos era el de apuntar el dinero que valían las conferencias (tenían también el teléfono público) y otro más, el de coger los periódicos, cortarlos en cuatro y ponerles un cordel («era mejor papel higiénico que aquel del elefante»). También rememora cuando el tren se quedaba algo más allá y venían los de Renfe a Casa Maragato en la exploradora con unas cestas a por comida para los pasajeros.

Gente ha pasado a esgaya por el Maragato, algunos famosos. Tino Casal era muy asiduo, «venía con aquella indumentaria tan singular, y era majísimo, cogía la mistela y una rosca e iba a comerla a la pradera». También paraba mucho «el padre de Víctor Manuel con sus hijos cuando eran pequeños, Finito de Córdoba, Manolo Escobar se quedó una vez por la nieve, Vicente Álvarez Areces, Amparo Rivelles, Cayetana Guillén-Cuervo, Mejuto González... «aquí se les trata a todos igual, sean quienes sean, y todos responden bien, como no sean los ‘piojos resucitados’, los que se creen algo, esos son los peores», reflexiona.

Aparte de ofrecer gloriosas meriendas a base de cecina, chorizo, jamón y otras contundencias, y ser tienda-almacén con insospechadas mercaderías, Teresa y Juan tienen pasión por las colecciones y así atesoran en el comedor casi 700 botellas con arenas de playa (hasta de China y Japón, y una con chapapote gallego), 600 latas de cerveza, 230 pipas y un número creciente de figuritas de patos. «Decía mi padre que soy como el ungüento blanco, que para todo se usa y para nada sirve», recuerda Teresa riendo, aunque sabe bien que aquel mismo empuje maragato es también el de ella.

el corte inglés de busdongo
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