miércoles 25/11/20
MÉXICO

Culto a los muertitos

en un país que rezuma tristeza, donde los saqueos, la muerte y el miedo son una constante, cualquier pretexto es bueno para montar una fiesta

Hago un alto en el camino, cual peregrino, para acercarme, aunque sea nomás un tantito, al cosmos mexicano, al ombligo de la luna, a su cara oculta y fluida en maguey o nopalito, a ritmo de quebradita o danzón, tal vez canalla, en la cantina de enfrente, en la tuya o en la mía, tras ese mundo colorido y estremecedor que rinde culto a sus muertitos en días tan señalados, como son los que encetan el mes de noviembre. 

«La vida sólo se justifica y trasciende cuando se realiza en la muerte», escribe Octavio Paz en ese libro-biblia de cabecera que es El laberinto de la soledad.1397645907

En México lindo y querido, también chingado, vida y muerte se rozan constantemente, acaso porque la vida no vale nada, según reza una canción popular. «Lo más que me puede ocurrir es que me peguen un tiro», me dijo un ‘pinche güey’ nada más aterrizar en la ciudad quizá más grande del mundo, construida sobre la cuenca lacustre que tanto impresionó en su día a los españoles-conquistadores, según relata el cronista de indias de la época, a saber, Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España, con una avenida, Insurgentes, que supera los 40 kilómetros, de punta a cabo.

Desde el avión, la ciudad se aparece cuasi interminable. Y el aeropuerto, Benito Juárez, está engullido por el monstruo urbano. Cada día se está poniendo más cabrona la capital azteca (incluida su área metropolitana), que supera ya los 20 millones de habitantes, aunque su extensión sea nomás el doble que la del Bierzo.

Como para quejarnos los bercianitos, que vivimos como maharajás en el paraíso olvidado y perdido de las decepciones, sin AVE y sin mayores perspectivas laborales, después de que las minas y todo lo que esto conlleva se esté yendo al garete. Pero en el Bierzo, al menos, contamos con aguas puras y cristalinas como las fuentes curativas del útero de Noceda.

El agua, ese bien preciado, que tan escaso y contaminado se muestra en esta megalópolis llamada México, D.F, donde no conviene tomar de la «llave», esto es, el grifo. 

Lo que más le puede impresionar a un europeo relamido y fresa o pijolondio, para quien la muerte está lejos, es ver cómo los mexicanos coquetean con la pelona, le hacen carantoñas, la miman, la soban, y hasta se ríen de ella a mandíbula batiente, aunque tras su visaje chingón se oculte un profundo dramatismo. En esencia, México es un país que rezuma tristeza por los poros de su intra-ánima. Y cualquier pretexto (invento de algún pendejo) es bueno para montar farra que, bajo el disfraz de viva la chingada, suele acabar como el rosario de la Aurora: riñas, ‘guamazos’ y hasta ‘balaceras’. Alguna me tocó de cerca. Y a algún que otro amigo/conocido le dieron matarile, como al doc Zarate, tal vez por ponerle cuernitos a su santa, que se reveló despechada. «Una mujer despechada, maestro —me dijo la directora del colegio Acozac— puede hacer cualquier cosa». Como para que a uno se le paren los pelos y se le enrosquen los huevines de corbatín. Ponerse la corbata, en México, equivale a suicidarse. Pero este es otro cantar.

«No me cotorrees, cabrón, que te rompo tu madre». El doctor Zarate, al que recuerdo con cariño y cuya muerte me sobrecogió, me llegó a contar que alguien que vive en el D.F durante unos sesenta años, sin salir del mismo durante ese tiempo, acaba teniendo los pulmones como un minero silicótico. Lo malo de la contaminación, sobre todo en determinados meses de sequía, es que queda como una gran sábana grisácea sobre el cielo de la capital. Desde la basílica de Guadalupe se puede ver, por ejemplo, el esmog cual numen amenazador.  Otro factor determinante es la altura de la ciudad, situada a más de 2000 metros sobre el nivel del mar, lo que requiere de algunos días para aclimatarse a ella.

Qué curioso que un país como éste, tan triste —se plantea Octavio Paz—, tenga tantas y tan alegres fiestas. Algo parecido ocurre con la llamada madre patria, España, país tragicómico, tamborreante y samanasantino, donde cualquier pretexto es bueno para darle al dance y al friegue. 

Aún conservo una calaverita de azúcar con mi nombre, y cada vez que la veo, me hace recordar mi estancia en este país a prueba de todo, incluso a prueba y reprueba de la bola de pendejos y rateros de guante blanco que han saqueado el país, desde tiempos inmemoriales. Tan lejos de dios y tan cerca de Gringolandia. «Qué pena, cabrón».

El visionado reciente de un documental sobre el culto a la muerte en Tepito, bien conocido por su espectacular mercado o tianguis y donde viviera por ejemplo Cantinflas, me ha hecho rememorar tantas cosas, que necesito darles vuelo y rueca. Sí, la muerte siempre está acechando y rondando, aquí y allá, mas en México se siente cerca, y tarda uno tiempo en habituarse a convivir con la misma. En realidad, se necesita haber nacido en ese país para integrarla como hacen ellos y ellas, que no parecen tenerle miedo, y montan unos cirios del copón bendito en llegando estas fechas de Día de difuntos. Resulta frecuente, por lo demás, ver los ataúdes expuestos en las aceras de las tiendas que los venden. Algo que sobrecoge al españolito poco o nada habituado a este show. Aunque cabe recordar —no nos hagamos los guajes ni los mensos— que hasta hace bien poco en la provincia de León se velaban a los muertos en casa, y aun en la cocina, caldeada a toda madre, si el tiempo helado lo permitía, acaso para que el muerto o la muerta que seremos no se resfriaran. No fuera a ser que nos acabaran soltando sus mocos. Y nos estropearan la velada, perdón, el velorio. Qué tiempos aquellos hechos de estrechez y miras medievales. 

Desde hace algunos años, no muchos, la Unesco decidió declarar esta festividad de Todos los Santos y los Difuntos en México como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, algo así como la plaza Jemaa-el-Fna de Marrakech, que no me abandona ni a sol ni a sombra.

Impresiona el sarao/velorio que se monta en la población de Mixquic, en Tláhuac, al sureste del Distrito Federal, que atrae tanto a propios como extraños en busca de exotismo. No os lo perdáis si viajáis a este país en estas fechas. Para finalizar, os recomiendo la lectura de Bajo el volcán, de Lowry, y ver la película de John Huston, basada en esta obra. 

Culto a los muertitos
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