jueves 29/7/21
El suelo, contra los gases del efecto invernadero

«El desarrollo rural no puede depender de los recursos hídricos»

Desde que el Neolítico abrió la puerta a la agricultura, la acción del hombre sobre la naturaleza ha pervertido los suelos y, por lo tanto, aumentando los efectos negativos en el cambio climático. La ingeniera Cristina Arias Navarro dirige en Francia un proyecto para cambiar el paradigma y convertir el suelo en un factor decisivo contra los gases de efecto invernadero
MARCIANO PÉREZ

A pesar de su juventud, la lacianiega Cristina Arias Navarro dirige el programa internacional Suelos y cambio climático en el Instituto Nacional de Investigación de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente de Francia. Ingeniera de Montes, Cristina coordina una investigación que trata de demostrar que la agricultura, especialmente los suelos agrícolas, pueden desempeñar un papel determinante para la seguridad alimentaria y el cambio climático. Además, es la responsable de un proyecto financiado por la Unión Europea que tiene como objetivo fortalecer la coordinación internacional y las sinergias en la investigación sobre el secuestro de carbono en suelos agrícolas y está a cargo de coordinar actividades con la Alianza Mundial por el Suelo y el proyecto Recsoil (Recarbonización de suelos) de la FAO. En su conversación con La Revista, Arias Navarro explica hacia dónde vamos si no cambiamos los hábitos de relación con la naturaleza y advierte de que el futuro del sector primario en la provincia debe ser modificado.

—Conoce la provincia, sobre todo los valles mineros. Me gustaría preguntarle hasta qué punto están degradados los suelos de León

—La actividad humana que causa mayor degradación del suelo es la agricultura, aunque en determinadas zonas como la montaña de León también influyen actividades industriales como la minería. Los suelos de montaña son particularmente susceptibles al cambio climático, la deforestación, las prácticas agrícolas no sostenibles y los métodos de extracción de recursos que afectan a su fertilidad, provocan la degradación de la tierra, desertificación y desastres como inundaciones y deslizamientos del terreno. Los ríos constituyen uno de los patrimonios naturales de mayor relevancia en la provincia. Numerosas riberas acogen todavía bosques de galería bien estructurados con alamedas, temblonar, fresnedas y alisedas o humerales. Sin embargo, a menudo en los cursos medios y bajos los aprovechamientos agrícolas han llevado la roturación hasta el borde mismo de los cauces, dejándolos desprovistos de arboledas protectoras y facilitando procesos de erosión intensa en las márgenes poco consolidadas. En León, la zona que está perdiendo más suelo es la cuenca terciaria del Duero (la parte sureste de la provincia, que coincide con las comarcas del Páramo, los Oteros, Payuelos), donde se ha practicado la agricultura desde hace siglos y se ha eliminado casi toda la vegetación natural y donde sólo quedan cultivos.

—¿Y en el resto de León?

—Según apunta el Inventario Nacional de Erosión de Suelos, en una zona media de pendiente superior al 50%, algo muy frecuente en las áreas montañosas, las pérdidas medias de suelo en terrenos forestales no superan las 15 toneladas por hectárea y año (t·ha-1·año-1), mientras que en cultivos esa cifra se acerca a las 200 t·ha-1·año-1. El problema es máximo en las montañas más occidentales (sierras del Seo y algunas partes de la Cabrera y Ancares), donde la recurrencia del fuego impide la recuperación de los bosques y elimina sistemáticamente las reforestaciones, y donde las acusadísimas pendientes y el carácter torrencial de las precipitaciones, con frecuentes tormentas a fines de verano, arrastra todos los años toneladas de materiales de unos suelos cada vez más esqueléticos. El mapa de niveles erosivos muestra la magnitud del problema en los bordes occidentales de la provincia (comarcas de Villafranca del Bierzo y Fabero), donde la mayor parte del área supera las 25 t·ha-1·año-1 y muchos enclaves alcanzan el intervalo 100-200 t·ha-1·año-1.

En León, la zona que está perdiendo más suelo es la cuenca terciaria del Duero, que coincide con las comarcas del Páramo, los Oteros Y Payuelos, donde se ha practicado la agricultura desde hace siglos, se ha eliminado casi toda la vegetación natural y sólo quedan cultivos

—Uno de los problemas de León, aunque pueda resultar paradójico, es el agua. ¿En qué medida las zonas de regadío en la meseta de la provincia y del páramo castellano, con el consiguiente robo de agua a las montañas y cuencas, ha contribuido a degradar el suelo?

—Para implantar los sistemas de regadío es necesario construir una infraestructura apropiada para su buen funcionamiento. Esta actividad humana supone una alteración del medio, que puede afectar a los acuíferos, la modificación de los cursos naturales del agua y cambios en las especies de plantas y animales autóctonas de la zona. La erosión que provoca el agua en el suelo es el principal problema con el que se encuentra actualmente la agricultura de regadío. El arranque que hace el agua al pasar lleva a la pérdida de las capas más superficiales y fértiles del suelo, lo que supone una degradación tanto del suelo agrícola como del entorno.


JESÚS F. SALVADORES

 

—¿Qué se debería hacer?

—En mi opinión, se debería promover un modelo de desarrollo rural menos dependiente de los recursos hídricos. Evitar nuevas superficies de regadío, dado el estado actual de las masas de agua, y aprovechar la nueva programación del Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural (Feader) para la reconversión a cultivos con menores necesidades hídricas o incluso secano en zonas clave.

—¿Considera que hay cultivos más perjudiciales y que, sin embargo, podemos enfocar la agricultura a otros que mejoren la calidad del suelo?

—Uno de los retos en la gestión de cualquier territorio es conciliar la protección del medio ambiente con la necesidad humana de explotar la naturaleza para obtener alimentos. Los objetivos ambientales y agrícolas no siempre coinciden, aunque gran parte de las divergencias puede llegar a complementarse. La elección del cultivo más adecuado según la climatología y el agua disponible, mediante un exhaustivo análisis de la demanda del mercado, disminuir los riesgos asociados a la producción agrícola y garantizar la sostenibilidad, es clave para asegurar la rentabilidad de los ingresos.

El regadío supone una alteración del medio, que puede afectar a los acuíferos, la modificación de los cursos naturales del agua y cambios en las especies de plantas y animales autóctonos

—¿Qué pasa cuando un suelo se ha agotado?

—Un manejo muy intensivo de los suelos agrícolas puede provocar su mineralización y pérdida de contenido de materia orgánica. Esto afecta a su capacidad productiva, resistencia a la erosión y contenido en biodiversidad. Se debe procurar un manejo adecuado con aportes de materia orgánica suficientes, que mejoren sus cualidades físicas y químicas, aumenten la biodiversidad, lo hagan más resistente a la erosión y lo conviertan en un sumidero de carbono. Además estas adiciones de materia orgánica permiten aprovechar residuos de otras actividades y reducir el empleo de fertilizantes químicos.

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—¿Qué prácticas agrarias garantizan la calidad del suelo y la rentabilidad de la agricultura?

—La PAC situará a la agricultura entre los elementos nucleares del Pacto Verde Europeo, así como de las ambiciosas estrategias sobre «biodiversidad» y «de la granja a la mesa» adoptadas por la UE. La PAC que conocíamos hasta ahora sufre una fuerte reforma. Como complemento al pago se establecen eco-esquemas que incluyen nuevas orientaciones productivas. De los eco-esquemas publicados, ninguno es específico para el regadío lo que desde mi punto de vista, va a suponer un problema para el regadío tecnificado de León.

—¿Puede ponerme algún ejemplo?

—La Unión Europea ha publicado la lista de posibles prácticas agrarias que pueden recibir apoyo a través de los eco-esquemas contemplados en la reforma de la PAC, que entrará en vigor en 2023. Entre ellas figuran la agricultura ecológica, la rotación de cultivos con leguminosas, la agricultura de conservación o los planes de gestión de los nutrientes.

—¿Cree que el hecho de proceder de una zona tan devastada por la explotación carbonífera te impulsó a desarrollar tu carrera profesional en este ámbito?

—Sin duda. Durante mi infancia y adolescencia he visto como la mina a cielo abierto El Feixolín en Villablino destrozaba el entorno extrayendo miles de toneladas de carbón de modo ilegal (sin contar con licencia municipal de apertura, licencia urbanística, ni declaración de impacto ambiental) durante años con absoluta impunidad. Se trata de un paraje del Alto Sil considerado Lugar de Interés Cultural, enclavado en Zona de Especial Protección de Aves, parte de la red Natura y Reserva de la Biosfera de la Unesco. Hablamos de un entorno enclavado en los Picos de Europa, hábitat del urogallo y del oso pardo. Un ecosistema frágil, como todos los ecosistemas, en el que las máquinas de Victorino Alonso produjeron degradación, escombros, pobreza y muerte de la biodiversidad.

El mapa de niveles erosivos muestra la magnitud del problema en los bordes occidentales de la provincia (comarcas de Villafranca del Bierzo y Fabero)

—¿Cómo se recupera para el medio ambiente una zona como la gran Corta de Fabero, por ejemplo?

—La consideración de los criterios del desarrollo sostenible, en las explotaciones mineras a cielo abierto, supone que éstas han de concebirse, desde el proceso de diseño, como una serie de fases integradas, donde se conjuguen las labores extractivas con el respeto por el medio ambiente. El desarrollo de las labores de extracción de los recursos, conforme al proyecto de explotación, ha de tener en consideración la futura restauración de los terrenos afectados por la actividad extractiva. El entorno existente en las proximidades de la explotación, tanto desde el punto de vista paisajístico como humano, junto con los aspectos de ordenación territorial, son elementos decisivos a la hora de plantear los usos futuros del terreno. El tipo de restauración específica a realizar en cada caso dependerá de las circunstancias concretas de cada explotación, ya que es difícil hablar de actuaciones universalmente aplicables.

—¿Pero puede volver a ser lo que fue?

—El uso del término restauración lleva implícito el significado de volver a poner una cosa en el estado que antes tenía y esto puede dar lugar a una cierta confusión sobre el propósito real de estos trabajos. En efecto, la propia esencia de la actividad minera, supone la creación de huecos y, por lo tanto, una modificación de la morfología y de las características del terreno que los trabajos d recuperación nunca pueden compensar. En este sentido, el término restauración puede crear falsas expectativas por su connotación de devolver esos terrenos a su condición inicial, cuando la realidad muestra que, inevitablemente, se alcanza un estado del terreno distinto del original.

 

«El desarrollo rural no puede depender de los recursos hídricos»
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