domingo 15.09.2019
vicente muñoz renedo

el artista del mondadientes

nacido en la casa botines cuando era gran almacén de tejidos, fue viajante de comercio y tanto recorrió que una vez se le cayó al asfalto el motor del simca en plena cabrera. pintor tardío, ahora colecciona biografías y lleva reunidas cerca de 3.000
el artista del mondadientes

Luce en su americana Vicente Muñoz Renedo una insignia donde la mano agarra fuerte el maletín, y lleva el distintivo a todas partes a modo de condecoración civil, de cruz al mérito nómada: es el símbolo de los representantes, de los viajantes, ese mundo de hora incierta, pensión fría, bocadillo y carretera secundaria que surtió de género los comercios de toda España a fuerza de muchos kilómetros andados sin airbag ni aire acondicionado. Vicente Muñoz fue uno de esos héroes anónimos armados de catálogo y muestras en carpeta de piel-piel que cosieron el mapa viario español con sus cochecicos de cuarenta caballos, la corbata floja y el brazo moreno al oreo de la ventanilla.

Pero Vicente es también un artista con buen ojo y talento natural que comenzó a pintar una vez jubilado, y que desde entonces ha protagonizado cerca de una veintena de exposiciones en salas leonesas, alegrando sus paredes con mil motivos de pendones y vidrieras, de cantigas y escudos heráldicos, risueña fauna de niños lectores, zapatos solitarios, desnudos femeninos o campesinos deconstruidos. «Yo soy sólo... un humilde copión», declara, y antes de hablar de sí mismo repite palabras de aplauso para Mariano, su hermano fallecido en 2003, artista de fuste y trazo clásico. Él se quita importancia, pero lo cierto es que demostró con sus vitalistas muestras que nunca es tarde cuando la pasión sigue en pálpito.

Vicente nació en 1931 en la mismísima Casa Botines cuando el hoy admirado monumento no era sino almacén de tejidos y residencia de empleados de don Mariano Andrés, un palacetón victorhuguiano que el artista-viajante recuerda desarbolado y siempre lleno de corrientes de aire. Y allí jugaba a esconderse y corría y se peleaba con el resto de rapacería que amuraba en torno a San Marcelo. El padre era santanderino, y a una casa a las afueras de la ciudad costera llevó a los hijos cuando la guerra, y de entonces guarda borrosas escenas en sepia del avión ruso que fue derribado muy cerca de la vivienda y el turbador sonido de las sirenas que avisaban de los bombardeos, y el aire quieto y la tierra cayendo sobre la cabeza en el interior de los refugios.

Una vez terminado el conflicto, volvió la prole con sus padres y el patriarca instaló corsetería en Ordoño II, 2, de nombre Renedo, y la gente le decía: «Pero hombre, ¿cómo la pones tan lejos del centro?». «Porque de aquella la ciudad acababa en Santo Domingo, lo demás eran todo chalecines, y Ordoño, cuando abrimos la tienda, estaba sin asfaltar», aclara el paisano. Allí trabajó parte de su vida, y siguiendo la vena comisionista del progenitor —que antes de la guerra alcanzaba la provincia entera con un carro y un carrero— se hizo profesor mercantil después de cursar estudios en Carmelitas y en los Maristas de Dámaso Merino. Se casó a los 27 años y atraído por las posibilidades del mundo de las representaciones («no creas que era la panacea, ¿eh?, llamabas a cien casas, te respondían cuatro y te elegía una»), llegó a abarcar «Galicia, Asturias, León y Castilla» con «16 maletas de calzado». En sus Seat 1400, Simca 1000, Talbot 150 y el último, un Mercedes «más viejo que yo» le pasó de todo, desde quedarse atrampado entre la nieve lacianiega a caérsele al asfalto el motor del Simca en la Cabrera, a las cuatro de la tarde. «A las nueve de la noche llegó la grúa y hasta las doce no llegué a Astorga», recuerda. Otra vez, viniendo de Asturias, pasando para Ciñera, se le torció el coche a causa de la nieve en mitad del camino y quedó medio vehículo fuera, de cara a un precipicio. Total, sólo dos horas de gélido susto hasta que acertó a pasar el lechero. «Tengo millón y medio de kilómetros en el cuerpo», contabiliza.

Fiel a su vocación tardía, y generoso, regala cuadros al Imserso, a las Hermanitas de los Pobres, a la lucha contra el cáncer... su técnica es bien curiosa. Más que con pinceles, prefiere pintar «con alambres y palillos» (¿palillos chinos? «No, escarbadientes, y otros más grandes») en cromático y original punteado. De hábitos austeros y rutinarios, hechos hoy de madrugón, bicicleta, pintura, siesta y chinchón, ahora colecciona y extracta biografías, 3.000 lleva. ¿Conclusión, después de haber leído tantas y tan variadas existencias?

—Que la vida es un tango.

Y mientras dure, a bailar.

el artista del mondadientes
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