sábado 15/8/20
LA PLAZA DE LOS MIÉRCOLES Y SÁBADOS

El mercado de los mil años

El Fuero de León, cuyo milenario se celebra en 2017, ya avaló la creación de un mercado semanal anejo a San Martín. Diez siglos más tarde, este pedazo de historia sigue llenando despensas
El mercado de los mil años

Esto era, señores, la gran superficie comercial de León. De la misma manera que hoy nos dirigimos a unos y a otros grandes almacenes, hasta hace pocas décadas ‘la plaza’ —así la llaman los leoneses, no dicen el mercado de la Plaza Mayor, o el de los miércoles y sábados, dicen ‘ir a la plaza’— surtía de frutas, legumbres y hortalizas a una muy buena parte de la vecindad. Y no sólo lo era este cuadrilátero surcado de arcos airosos y presidido por el palacete torreado del palco municipal sino prácticamente todo el barrio: aquí era donde estaban las zapaterías, las camiserías y las cordelerías, y el bullir y el encontrarse de labradores y habitantes, el asistir al desembarco periódico de lo rural en lo urbano, era una constante en la vida de una ciudad en la que las aceras siempre limitaron con las sebes. Pero ‘la plaza’ («¿no vas hoy a la plaza?», «vengo de la plaza», se escucha por las calles) resiste el cambio de tendencias y costumbres y aún son muchos los leoneses que acuden a la compra y venta de frutas y productos de temporada, especialmente los sábados: la aleación de mercadería fresca y paisanaje instalados en un sugerente recinto histórico, al lado mismo de los principales atractivos monumentales capitalinos y del tabernario Barrio Húmedo convierte también a la Plaza Mayor, el día de mercado sabadiego, en lugar pintoresco, ampliamente curioseado y fotografiado por el turismo. Así que la afluencia continúa, pero los retos no son pocos. A pesar del tipismo y de los fieles por hábito y convencimiento —los hay que llevan medio siglo viniendo a comprar aquí—, a pesar de los mejores precios y de la superior calidad, a pesar del trato humano, de la charla, del paseo, del poder elegir aquí o allá, a pesar de todo eso, a la plaza le falta un empujón, una apuesta, un impulso que encauce las posibilidades, sin duda mayores, que palpitan en este colorista foro al aire libre.

Quizá muchos de los que acuden a mercar a la plaza no sepan que este mercado tiene, como poco, mil años de historia. Según Claudio Sánchez Albornoz en su libro Una ciudad de la España cristiana hace mil años, en las ‘cuartas ferias’, o sea los miércoles, el día de Mercurio, dios del comercio de los romanos, se celebraba mercado en León de acuerdo con el artículo 46 del Fuero de 1017, promulgado por el rey Alfonso V. Y el cronista oficial Máximo Cayón Diéguez indica que a la sombra de la primitiva iglesia de San Martín, inmediata a la plaza y documentada en 1029, se consolidó el mercado Rege o del Rey, denominado así en un legajo del año 1032.

Javier Alaiz, gerente de los mercados de abastos, recuerda que la Plaza Mayor, «tal y como la vemos hoy, data de la segunda mitad del siglo XVII» y que su construcción «fue consecuencia del grave incendio acontecido en el lugar el 14 de febrero de 1654. El palco municipal o ‘mirador’, palacete de funciones protocolarias, se culminó en 1677». Siguiendo al cronista, Alaiz informa de que la plaza, en su configuración actual, «es, desde octubre de 1666, el escenario del mercado de los miércoles, reglamentado por el Fuero de León de 1017, y del mercado de los sábados concedido por Enrique IV, monarca que en 1466 aprobó la existencia de dos ferias francas en nuestra ciudad».

Una rutina milenaria en cuyos puestos hoy se alinean, sobre todo, y según la estación, tomates, lechugas, pimientos, repollos, puerros, coliflores y zanahorias de las inmediatas riberas del Esla y del Órbigo; manzanas y peras bercianas, y cerezas, nueces y castañas, y cítricos y otras frutas de Levante, y miel montañesa, y también se permite, en un espacio concreto, la venta de quesos y embutidos leoneses. En el pasado la variedad de productos ofertados podía ser algo mayor, pero tampoco tanto. En el verano de 1899, la norteamericana Katharine Lee Bates, escritora y profesora de Literatura, y gran viajera que publicaba sus crónicas en el periódico The New York Times, pasó por la ciudad. «Fuimos a parar al mercado situado en la Plaza Mayor porticada, a la sombra del Ayuntamiento y sus torres, con la afilada aguja de la catedral dominándolo todo —escribió—. Nos encontramos primero con el mercado del pan; bajo grandes sombrillas de tela sujetas con palos, unas mujeres estaban subidas en bancos de madera apoyando en taburetes sus pies vistosamente calzados. Junto a cada mujer en su tosco asiento había un cesto lleno de hogazas españolas con cuernos. Cerca estaba el mercado de la fruta con montones de ciruelas rojas y moradas, peras, uvas, pimientos verdes, limones, y un poco más allá estaban los melones, pepinos, repollos, patatas, habas blancas, y ese elemento fundamental de la vida española, los garbanzos». No en vano, ‘plaza del pan’ fue uno de los primeros nombres con que la población bautizó este espacio, por el asiento en sus inmediaciones de panaderos que amasaban hogazas de a ocho libras.

Ayer, como hoy

«Excepto el pan, eso es más o menos que lo que se ofrece en la actualidad —comenta Alaiz—. Hubo un tiempo en que también se vendían utensilios de labranza, alfarería y animales de corral, pero no olvidemos que hoy existen, además, puestos especiales de flores, semillas, quesos o bacalao, y otros dedicados al textil en calles anexas». De hecho, muchos leoneses recordarán cómo hace cosa de dos décadas, antes de su prohibición, se vendían bajo los soportales conejos, pollos, patos, pollitos coloreados, y pavos por Navidad. En nuestros días, son en total, según fuentes municipales, 63 los puestos fijos instalados sobre el pavimento (la zona interior está completa, por lo que los interesados han de cursar una solicitud y pasar a lista de espera), pero durante seis meses, de julio a diciembre, se da paso también a una media de 30 vendedores que cultivan en sus propias explotaciones productos hortofrutícolas. La gran mayoría proceden del alfoz y riberas, sobre todo de Fresno de la Vega, Mansilla de las Mulas y Villares de Órbigo —los tres hitos de la huerta leonesa— y norte de la provincia zamorana, con los tomates del valle de Vidriales como señera divisa.

Pero, ¿afecta la crisis a la ‘plaza’? ¿Corre peligro este hábito con rango ya de auténtico patrimonio? Puede pensarse que precisamente la crisis habría empujado a más gente a este cuadrilátero enlosado en razón de sus más bajos precios, pero tampoco esto sucede en cantidades apreciables. Desde la Concejalía de Comercio se indica que la afluencia de público a este mercado «es bastante estable, aunque se nota la crisis en cuanto a las mayores solicitudes de puestos, son vendedores que posiblemente no encuentran alternativa en otros trabajos». «La crisis afecta al comercio entero, al pequeño y al grande», opina José Antonio Barrio, celador municipal con más de veinte años de contacto semanal con este y con el resto de mercados —el cercano del Conde Luna, popularmente ‘la plaza cubierta’; el de Colón, ‘la plaza’l pescao’, y el rastro dominical—, quien achaca la falta de una mayor concurrencia al cambio total de costumbres experimentado en los últimos treinta o cuarenta años. «Antes casi todo el mundo compraba aquí, ahora ya se ha asumido el hábito de coger el coche, ir al supermercado o a la gran superficie y cargarlo todo», expone. El crecimiento de la ciudad, con el surgimiento de nuevos barrios más alejados del centro y la peatonalización del casco antiguo son otras razones de este relativo estancamiento. Y en la memoria queda, no se olvide, la ‘rebelión’ de 2002, cuando el mercado hubo de trasladarse, durante tres años, al barrio de San Pedro a causa de la construcción del párking subterráneo de la Plaza Mayor. «Primero hubo resistencia, pero después, al comprobar las facilidades que tenían para aparcar, muchos vendedores se negaron a volver, con varias y sonadas manifestaciones —recuerda Barrio—. Ese año, por cierto, se colocaron los toldos multicolores que ya se han hecho bandera de la plaza, pero, por desgracia, no han aumentado en número (fueron 24) ni se han reparado sus más que visibles desperfectos.

«Estoy a favor de la continuidad y la potenciación del mercado de la Plaza Mayor, pues es una tradición que viene de siglos atrás —defiende uno de los mayores expertos en historia de la alimentación de esta tierra, el investigador y veterinario Roberto Cubillo—. Es mantener nuestra memoria como sociedad. Es parte de nuestra identidad». Porque en la ilusión de algunos están esos ‘mercados gastronómicos’ que en otros sitios se han convertido en gran referente turístico y económico, pero en éste lo rural, lo auténtico, sigue siendo prioritario.

«Me gusta la calidad y el precio. ¡Y me queda de camino!», responde un joven comprador, José Fidalgo. «Yo llevo cuarenta años viniendo a comprar a la plaza porque, oye, es que coges tú mismo la fruta, lo miras todo bien, y si no te convence, pues te vas a otro puesto». Lo dice Gonzalo Fernández, policía retirado, octogenario… y hombre feliz cuando enfila la calle Santa Cruz y divisa los primeros puestos. «Aquí está lo mejor».

El mercado de los mil años
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