sábado 07.12.2019
A debate

¿Es justa la Ciencia con las mujeres?

Algunas afirmaciones, hipótesis y teorías respecto a las féminas han inducido a graves errores. una obra pretende mostrar algunas de estas falsedades
La científica Cristina Somolinos.
La científica Cristina Somolinos.

Es un hecho bien sabido que las mujeres no pueden leer. No es culpa suya, por supuesto. Al parecer, se les calienta demasiado el cerebro debido a la tensión, ¿sabes? Es una de esas cosas raras que pasan», explica uno de los personajes de El éxodo de los gnomos, una novela de fantasía escrita por Terry Pratchett.

Pero este tipo de planteamientos no sólo están en la imaginación de los escritores ni plasmados con ingenio e ironía en sus obras, sino que se ha llegado a creer firmemente en ellos.

De hecho, Pérez Sedeño y García Dauder hablan en su libro Las mentiras científicas sobre las mujeres, de la denominada teoría de la conservación de la energía, que propició la oposición a la educación de las mujeres, principalmente a la educación superior, ya que se consideraba que el esfuerzo que tendrían que dedicar a su instrucción les quitaría una energía necesaria para sus funciones menstruales y reproductivas.

«Se pensaba que con el estudio aumentaba el cerebro y, al aumentar este, disminuían los ovarios», aclaran las autoras.

«El acceso de las mujeres a la educación ha sido un camino difícil. Además, aquellas que han conseguido llegar a lo más alto y hacer, por ejemplo, importantes descubrimientos científicos, no siempre han visto sus logros reconocidos, incluso, en algunas ocasiones éstos han sido atribuidos a sus compañeros varones», comentan las escritoras.

De hecho, cuando pensamos en mujeres que hayan hecho importantes contribuciones a la ciencia, se nos ocurren pocos nombres, más allá de Marie Curie o Hipatia de Alejandría.

Sin embargo, hay muchísimas más, como las españolas Margarita Comas, María Moliner, Mercedes Rodrigo Bellido o María de los Ángeles Alvariño; las cubanas Laura M. de Carvajal o Ángela T. Leiva Sánchez; las uruguayas Lisette Gorfinkiel o Mercedes Freire de Garbarino; las mexicanas Helia Bravo Hollis o María Elena Caso; las argentinas Noemí Violeta Cattoi o Eva Verbitsky Hunt; o las brasileñas Graziela Maciel Barroso o Marilia Chaves de Peixoto.

Pérez Sedeño y García Dauder recalcan que, en el ámbito de la ciencia y la tecnología, las mujeres no siempre han obtenido el reconocimiento que merecerían por su trabajo. En este sentido, se refieren a un artículo titulado El efecto Mateo que Robert Merton publicó en 1968 y que describe un patrón de reconocimiento sesgado a favor del científico de más prestigio.

El artículo se llama El efecto Mateo en alusión a la primera parte del versículo 13:12 del Evangelio según Mateo, que dice: «Porque a cualquiera que tiene se le dará más y tendrá en abundancia».

Pérez Sedeño y García Dauder explican que el propio Merton puede servir de ejemplo del efecto Mateo «pues aunque su artículo se basaba en la documentación procedente de la tesis doctoral de la historiadora Harriet Zuckerman, ella solo aparece en una nota a pie de página y apenas se reconoce su trabajo de recopilación de casos y el «efecto Mateo» solo se atribuye a Merton».

Una segunda parte

Pero el versículo del Evangelio de Mateo tiene una segunda parte que reza: «Y a quien no tiene se le quitará incluso lo poco que tiene». Margaret Rossiter propuso llamarla el «efecto Matilda» por la sufragista, estudiosa de la Biblia y pionera en la sociología del conocimiento Matilda Joslyn, que ya percibió este patrón a finales del siglo XIX aplicado, sobre todo, a las mujeres.

Como ejemplo del efecto Matilda, Perez Sedeño y García Dauder exponen el caso de Frieda Robscheit-Robbins, quien a los 24 años comenzó a trabajar con el patólogo George Hoyt Whipple, con quien estuvo durante más de tres décadas y ambos firmaban los trabajos conjuntamente.

Descubrieron juntos la cura para la anemia perniciosa que entonces era una enfermedad mortal, pero el Premio Nobel de Medicina de 1934 por ese logro se lo dieron sólo a él. Si bien el científico repartió el dinero del premio con ella y con otras dos colaboradoras. Pérez Sedeño y García Dauder señalan que, a lo largo de la historia de la ciencia, «se ha tendido a tomar lo masculino como norma y se ha obviado o minusvalorado lo femenino». «Los temas que afectan a los varones dentro de las diferentes disciplinas son considerados de carácter ‘básico’, mientras que los relacionados con las mujeres u otros colectivos marginalizaos son ‘aplicados’, o ‘de especialización’, o temas ‘de mujeres’, o de ‘género’, como si los varones no fueran ‘género’», apuntan. Asimismo, las autoras de «Las mentiras científicas sobre las mujeres» afirman que la presencia de mujeres en la ciencia «no es condición suficiente para una mejor ciencia, pero sí necesaria».

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