sábado. 25.06.2022

En España se enseña que la Historia es maestra de vida, pero los españoles no nos lo creemos o no lo queremos aprender. Estos días estamos agobiados con la amenaza secesionista de Cataluña, y no es para menos

Muchos no entendemos la fobia con que algunos catalanes quieren independizarse, bien mirado casi únicamente para dejar de ser españoles. Ahora toca a los políticos encontrar una solución al conflicto, que no puede esperar, pero enseguida habrá que plantearse porqué ocurre eso; qué hemos hecho mal para que una parte de nosotros, a los que no creemos haber agraviado, nos rechacen. Aunque no lo veamos, quizás algo de culpa también tengamos los que deseamos convivir juntos.

Además, no es la primera vez que la unión de los pueblos ibéricos se rompe. La anterior fue la independencia de Portugal, cuyas causas nunca fueron bien reconocidas desde este lado de la frontera. Fueron varias, desde luego, y la más importante, la incapacidad de Castilla —nombre que todavía despierta allí escasas simpatía—- para renunciar a su poder, y a respetar las peculiaridades de los portugueses. Parece que la única posibilidad de mantener la unión habría sido que los Reinos compartidos por Felipe II y sus sucesores hubiesen instalado la capital en Lisboa, algo de lo que aquí no se podía hablar. No sé si hubiese sido suficiente, pero si parece que habría sido pragmáticamente lógico.

No se hizo y la historia es la que es, con una unidad peninsular, geográfica y cultural aunque con diferencias, dividida y eso sí, por fortuna ahora con sus dirigentes esforzándose por cooperar, enmendar errores y olvidar agravios. España aquella lección no la aprendió ni parece que se haya preocupado en estudiarla. Al otro extremo del mapa peninsular tenía a Cataluña, una región con claras diferencias a la que durante siglos no se le concedió la atención debida. La concesión de una autonomía política, fue el único intento que en esta etapa democrática se puso en marcha, pero la decisión, con ser importante, se está revelando insuficiente. El autogobierno regional no ha sido avalado con otras compensaciones y responsabilidades en el Estado. Cataluña se autogobierna y tiene habitualmente representación en el Consejo de Ministros, pero su presencia no se vislumbra como una corresponsabilidad plena. Para empezar, sorprende que Barcelona, la segunda ciudad de España y una de las más importantes del Mediterráneo, no sea sede de centros de poder del Estado, y que en todos estos años la descentralización administrativa que se alardea no haya tenido allí mayor visibilidad. Apenas algunas empresas públicas, la tienen como sede y eso a menudo a costa de pataletas del centralismo madrileño, que se queja de la concentración que sufre la capital pero no admite que algo que represente poder se le escape.

España no aprende
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