viernes 16/4/21
ricardo velilla, ‘richi’

estas chopper son de chopo

este joven ebanista de san andrés fabrica insólitas bicis y motocicletas eléctricas con maderas locales y foráneas, y con mil piezas rescatadas del desguace
El ebanista Ricardo Velilla, montado en su elegante ‘Graceland’, una de las ‘bicicletas de autor’ que crea en su taller de San Andrés del Rabanedo aunando madera y metal.

Todo comenzó con un sillín. Ricardo Velilla, un jovencísimo artista de la madera nacido y residente en San Andrés del Rabanedo, es también un apasionado de las bicicletas. De esas bicis desahuciadas, aparcadas en trasteros o en cuadras, mancas, tuertas o amputadas, retiradas de toda circulación. Recias bicis de pueblo con las que ir a buscar las vacas o madrugar rumbo a la bocamina, grandes, confortables, con el paisano bien tieso y dominando el panorama desde el alcolchado y los muelles. Una vez le regalaron una de esas a la que sólo le faltaba el sillín. Y Ricardo, Richi para todos, se le ocurrió hacerlo del material que domina desde que era un crío. Y tan satisfecho quedó con esa primera obra, ese asiento pulido y aerodinámico, que también se le ocurrió colocarlo en e-bay a ver qué pasaba. Lo que pasó fue que en apenas unas horas triunfó la novedad de aplicar madera a las dos ruedas y lo vendió por 40 euros. Hizo otro y lo subió a la puja digital por el doble de precio, y pasó lo mismo, y luego con otro, y otro. Se detuvo entonces Richi y reflexionó sobre la idea que acababa de tener, dispuesto a desarrollarla con todas las de la ley.

Técnica no le faltaba. Hijo de Ricardo y hermano de Arturo, ambos ebanistas, el primero de ellos con una cuarentena de años en el oficio, al principio en fábrica y luego —harto del trabajo en serie— por su cuenta, montando el taller Rivo Decoración, donde los tres Velilla se afanan dando forma a muebles a medida.

Una noche del 2010, a las dos de la mañana, recibió Richi la llamada de una amiga que se había mudado de casa y que encontró en su nuevo hogar, en un rincón entre telares, una bici que no merecía ese nombre, tan forroñosa y descacharrada estaba. Y el mañoso carpintero acudió a recogerla y de inmediato se puso manos a la obra: sillín, manillar, guardabarros y partes de un cuerpo que modificó y alargó, todo lo hizo en madera. El cuadro estaba tan mal que lo forró de serrín... y el resultado fue una dorada y airosa criatura. También empezó a experimentar con elementos rescatados de talleres y desguaces, focos metálicos, viejas dinamos, pedales... todo un mundo de posibilidades creativas y recicladoras se abrió ante él.

Conocida su afición, los amigos y vecinos empezaron a regalarle bicicletas, o mejor dicho, esqueletos de bicicletas, y él las reparaba y recomponía a base de injertos de maderas, en ocasiones de dos tipos haciendo vetas y dibujos (la de chopo, blanca y fácil de trabajar, y la exótica sapelly, por ejemplo). De esta manera fue dando forma a la Lucille-x, que es la ya citada, y a la Vida loca, azulina y playera, para la que incluso creó un soporte con el que llevar la tabla de surf... porque a todas bautiza este ingenioso artesano de la madera y el metal, joven pero también paisano con todas las letras, por afable, dispuesto e inasequible ante las adversidades. También hizo nacer a la brillante The Gold y a la Guevara, elegante guerrillera.

En ocasiones se pasa horas delante de sus inventos, pensando la manera de resolver dilemas, por ejemplo el de cómo instalar el freno en vehículos tan largos (¡dos cadenas, con un tensor!), y en plena noche se lanzaba a su ejecución. «Nunca hago planos ni croquis, sólo mido desde el eje hasta el asiento, esa es la única cifra que tengo en cuenta», dice Richi, talento natural a los formones. Las dos creaciones que le siguieron son piezas singulares (casi enteramente obra propia a partir de barras dispersas), largas y bajas, cercanas al suelo, de rodar largo y majestuoso, con aspecto de Harley-Davidson o de Chopper, marcas míticas de las que también es Richi aficionado y seguidor. Una es Delilah, mucha madera suave y estilizada, con engranajes y ruedas dentadas, invento de profesor decimonónico o intrigante máquina del tiempo. Y la otra es Graceland, una pulida belleza color azabache, puro custom urbano, rodante diseño de vanguardia made in San Andrés.

Y muy alabadas han sido en las ferias y encuentros por las que Richi las ha paseado, en León, en Gijón y, más recientemente, en el Mulafest madrileño, donde encantaron a todos, colocadas a la misma entrada del recinto. Y fue ahí, en ese Festival de Tendencias Urbanas, donde propietarios de Harley-Davidson, enormemente interesados por los segmentos orgánicos que Richi sustituye por los metálicos, domésticos cíborgs, como locos de la personalización motera que son, empezaron a encargarle sillines, acoples y muchos otros componentes.

Por ahora, el ebanista no ha puesto a la venta sus bicis (aunque no le faltan pretendientes) y se limita a viajar en ellas por el pueblo, o las luce camino de Villabalter, sorprendiendo a todos con estos asombrosos biciclos donde un foco puede estar hecho a partir de un viejo extintor y donde las luces se accionan presionando un interruptor de los de casa de pueblo. Cien detalles curiosos que pueden apreciarse en Woodesignbike, su página de Facebook.

En estos momentos trabaja en un vehículo a caballo entre la bici y la moto, con refinados apliques de chopo, eléctrico (impulsado por cuatro baterías) y que muestra ufano y en primicia, rodando por la calle, tan suave como veloz... El fenómeno de las ‘bicis de autor’ no ha hecho más que arrancar.

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