domingo 9/5/21

El impresor trashumante que trajo a Gutenberg a León

Hace quinientos años, un impresor itinerante llegó a la ciudad para imprimir con su prensa portátil y su cajón de tipos el primer libro que se conserva en León. Empezaba la Edad de la Imprenta, la Revolución Cultural. El profesor y exrector Julio César Santoyo recopila la historia de los herederos de Gutenberg en la provincia
RAMIRO

Todo empezó el 8 de febrero de 1521. El Cabildo catedralicio de León encarga a una comisión que estudie la viabilidad de tener libros propios en los que queden recogidos por escrito, pero no por amanuenses sino en letra de imprenta, la liturgia de la Iglesia católica leonesa. En una reunión restringida, a la que asistieron tres personas, el cabildo se lanza a buscar impresor. Así es como entra en León el invento diabólico creado por Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg, que jubiló a los copistas y acabó con la venerable tradición de reproducir textos a mano, si eran hábiles a tres páginas por día, con ‘penna’ (pluma), ‘cultellum’ (raspador) y ‘atramentum’ (tinta), en aquellos tiempos en los que el tiempo no era nada porque era lo que sobraba. Empezaba el ocaso de los ‘scriptorium’. Un ejército invisible de 26 soldados de plomo, como definió Gutenberg, se dispuso a conquistar el mundo. Comenzaba la Edad de la Imprenta, la Revolución Cultural. En León, también.

No consta que en el Cabildo hubieran leído la Biblia de Gutenberg, la Biblia de 42 líneas, el número que entraba por página, el primer libro impreso a gran escala con el sistema de tipos móviles, pero sí que se plantearon una visión de futuro, aunque tardaran 67 años en darse cuenta, el tiempo que transcurre entre los primeros ejemplares impresos en el mundo con imprenta y esa reunión en León.

Reunidos en el Cabildo el arcediano de Triacastela y doctor Andrés Pérez de Capillas, Juan de Lorenzana como contador y Juan de Villafañe como administrador de la fábrica de la Catedral, reciben el encargo de que «‘viesen de qué libros la Iglesia tenía más necesidad e diesen manera e orden como se hiciesen e entendieran en ello como les pareciese que entender se debía de manera que a la necesidad de los dichos libros se proveyese’». En resumen, que hicieran lo que tuvieran que hacer, pero que encontraran impresor.

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La maquinaria se pone en marcha. Hace 500 años, a caballo entre 1521 y 1522, se imprime en León el primer libro. Una joya en vitela, una piel de vacuno muy pulida que se consigue con una trabajosa técnica. 171 maravillosos folios. Es el ‘Manuale siue pratica ministrandi sacramenta’ siguiendo el uso de la Santa Iglesia leonesa. Se custodia en el Archivo Diocesano de la Catedral de León. Se han perdido para siempre la portada y el colofón, así que imposible datarlo a ciencia cierta y atribuirle autor pero...

Por aquel entonces, un ciudadano francés buscaba negocio en León. Nicolás Tierry había llegado a la ciudad con su prensa portátil y su cajón de tipos dispuesto a practicar el oficio de impresor. Y en León se instaló, con la intención de dejar atrás la vida itinerante de los impresores, una especie de estampadores trashumantes que iban de lugar en lugar en busca de encargos.

La historia de la imprenta en León es también la de un gran saqueo, de pérdidas irreparables, destrucción de obras de inmenso valor, una gran dejación histórica

Cuando Tierry llega a León con su familia, el gran proveedor de pergaminos en la provincia vivía en Astorga. Era Juan de León. Suministraba material para la impresión pero jamás había impreso un libro. Él no lo sabía, pero su vida estaba a punto de cambiar. No hay nada escrito y hay que leer entre líneas, como si un detective echara la vista atrás medio milenio, pero tal vez Tierry aceptó el encargo de imprimir el manual litúrgico y, para ello, se hizo vecino de León. Entre 1521 y 1522 imprimió el ‘Manuale’ sobre hojas de vitela suministradas por el pergaminero Juan de León y ahí, durante esa colaboración, él aprendió el oficio de impresor. Su futuro.

Que Tierry se avecindó en León se sabe porque sus hijas dejan constancia en 1524, en un papel oficial, de que su padre, que se declara ‘maestre ynpresor de libros y vezino de la ciudad de León’, se trasladaba a Valladolid, donde se establece como impresor y comerciante de libros. Hay, además, un dato fundamental, lo hace con tipos nuevos. Los otros, los que tenía en León, se los debió de vender junto con la prensa portátil a Juan de León. Después, emprendió camino a Valladolid, donde se afincó con éxito. Allí y en Santiago de Compostela. Nunca regresó a León. Aquí quedaba su pupilo.

Tierry habría dejado grabada su huella a tinta en ese primer libro impreso en la ciudad hace 500 años. No sólo en la belleza de la composición y la de sus tipos, también en una curiosa variedad gráfica, una especie de mezcolanza de grafías, como si de un autor en lengua extranjera se tratara. Pero no hay forma de descifrar la auténtica historia de ese primer libro que está en el lugar de donde partió la idea hace cinco siglos, en dependencias del Cabildo de la Catedral.

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El ‘Manuale secundum consuetudinem Astoricensis ecclesiae’, impreso a dos tintas en rojo y negro, se conserva en la Universidad de Harvard. Esta joya de papel tiene una rocambolesca historia. Contiene numerosas páginas con anotaciones musicales y una xilografía única sobre la Crucifixión

Ese hilo conductor ha desaparecido. Porque la historia de la imprenta en León es también la de un gran saqueo, la de pérdidas irreparables, la de la destrucción de obras de inmenso valor, la de una gran dejación histórica.

Siguiendo la estela del Cabildo de la Catedral de León, el de Astorga encarga su propio libro litúrgico. El 16 de abril de 1523, Juan de León entrega su primer libro, el ‘Misale sancte eclesie Astoricensis’, en papel ya, un material mucho más barato que la vitela, quizá con la colaboración y ayuda de su maestro Tierry y con su caja de letras. Juan de León estampa su firma en la obra y, aunque es su primer trabajo y su experiencia era reducida, añade una coletilla en la que se autodenomina muy ufano, o quizá muy seguro de sí mismo, experto impresor: «‘huius artis expertum virum’». Es el colofón a su primer gran trabajo.

A Juan de León no le debió ir nada mal. Enseguida se traslada a León y se instala en el arrabal de Santa Ana. No estará allí mucho tiempo. Encuentra rápido mejor acomodo y abre ‘oficina’ cerca de su mayor proveedor de trabajo, en la plaza de la Regla, a la sombra de la Catedral. Lo que él no podía imaginar es que uno de sus libros acabaría en Harvard, a buen recaudo en la biblioteca de la universidad fundada en 1636, una de las instituciones de enseñanza superior más antiguas de los Estados Unidos que arrancó con 9 alumnos y hoy es uno de los centros de estudio más influyentes del mundo.

A reconstruir esta historia, la de 500 años de la imprenta en León, le ha dedicado el profesor y exrector de la Universidad de León Julio César Santoyo Mediavilla 20 años de su vida. Rastreando miles de documentos en las bibliotecas y archivos de todo el mundo. Una labor detectivesca en la que desentraña no sólo la historia de los libros, también la de las gentes que vivieron de ellos, una radiografía de los avatares sociales, costumbres, intereses y desintereses desde 1500 hasta comienzos del siglo XX.

Para cuando acaba el siglo XVI hay en León ocho imprentas. Y cientos de historias, una detrás de cada libro publicado. Ejemplares que han cambiado de mano y, también, de país. Como el ‘Manuale secundum consuetudinem Astoricensis ecclesiae’ impreso por Juan de León el 27 de septiembre de 1526, que inició en la ciudad un largo viaje que le llevó, guerras civiles incluidas, a terminar ‘exiliado’ en París en poder de un gran coleccionista, Philip Hofer, y, con él, en la Biblioteca de la Universidad de Harvard, donde se conserva y donde Hofer funda en 1938 el Departamento de Imprenta y Artes Gráficas. Con él fue su colección. Y con ella, la obra de arte impresa en León en 1526. A Hofer le costó 50 libras esterlinas, unos 57 euros, toda una fortuna de la época.

Del siglo XVI es también el ‘Libro de Albeyteria’, un tratado de veterinaria en el «‘qual se veran todas quantas enfermedades, y desastres suelen acaecer atodo genero de bestias y la cura dellas, assi mismo se veran los colores y faciones para conocer un buen cavallo, y una buena mula’...», hecho y ordenado por Francisco de la Reyna en la ciudad de Astorga en 1547.

Santoyo ha hecho un trabajo de notario. Y reconstruido la historia de un gran desastre. Porque los libros corrieron la misma suerte que el resto del patrimonio artístico de la provincia, vendido, saqueado y desamortizado. Y, en muchas ocasiones, conservados porque se pusieron a salvo en museos y bibliotecas fuera de León. Lo resume bien este filólogo, anglista y traductólogo de la Universidad de León. «El cuidado de otros ha preservado lo nuestro».

Por arrobas llegaron a vender los libros. Con el dinero obtenido, qué paradoja, querían levantar una biblioteca. Es público el anuncio de la Comisión Científica de la provincia publicado en 1837. «Habiéndose realizado en parte la clasificación de los libros procedentes de conventos suprimidos para formar con los escogidos una Biblioteca pública de provincia y debiéndose cubrir sus gastos según previene el artículo 4º de la real orden de 27 de mayo de 1837 con lo que produzca la venta de los libros de ‘desecho’ y demás objetos de Bellas Artes que no merezcan conservarse para el Museo: la Comisión tiene acordada la venta por arrobas de dichos libros a pública subasta». Y fija la fecha para la puja «el domingo próximo, desde las nueve de su mañana [sic]».

En esa radiografía social que se oculta entre las tapas de un libro, Santoyo ha descubierto que la imprenta no era sólo cosa de hombres. Al frente de esta actividad, un grupo de mujeres defendieron un lucrativo negocio. Algunas, por herencia. Como la viuda de Agustín Ruiz de Valdivielso. Él fundó una imprenta en León a la que el Ayuntamiento encarga en 1668 imprimir las ordenanzas de la ciudad. Lo primero que hizo es pedir las costas al Consistorio, prueba de que en aquella época los pagos institucionales no debían de diferir mucho de lo que ocurre en la actualidad. Para que no quedara duda de dónde se había hecho el trabajo, Valdivielso estampa en la portada ‘Impreso en León de España’, porque León será único pero Leones había más en el mundo. A su muerte, toma las riendas del negocio su viuda, que mantiene viva la imprenta.

En el siglo XVIII, Susana María de Estrada y Vigil y su hija se convierten en empresarias de imprenta, de las más potentes de la provincia. Nada de intermediarias ni testaferros. Ellas dos contrataban, entregaban y pagaban.

Era una época de explosión de publicaciones de carácter oficial, de imprimir pragmáticas reales, precios y disposiciones oficiales, algunos libros y folletos, órdenes y edictos reales hasta que el 3 de septiembre de 1833 se publica el primer número del BOP, el Boletín Oficial de la Provincia de León, y se obliga a todos los ayuntamientos a suscribirse por cinco reales y 10 maravedíes al mes, según circular firmada y enviada por el intendente de la provincia, Manuel Vela, a «todas las Justicias y Ayuntamientos» leoneses en agosto de ese año.

La imprenta de Pedro Miñón, que resistió a los afrancesados, fue la primera en quedarse con la contrata del BOP, siempre rodeada de controversias, acusaciones y señalamientos hasta que en 1881 la Diputación acuerda tirarlo en su propia imprenta.

La saga de los Miñón sobrevivió a todas las polémicas. Y se mantuvo en activo en la ciudad durante cien años. Él, su hijo, su viuda, sus hermanos y herederos sostuvieron un mítico imperio que la ciudad todavía recuerda.

Medio milenio de historia da para muchas historias. Incluso para llegar hasta la ‘Cuadratura del Círculo’, la obra del berciano Francisco Antonio Méndez Nova que no escapó a diatribas y controversias. Hasta Tomás Bretón de los Herreros, insigne poeta, dramaturgo y periodista español, se dignó a dedicarle un versos: «Désele al punto una placa/que bien la merece ¡oh cielos!/el ciudadano de Cacabelos».

Hay otras historias efímeras. Como el primer, y único, ejemplar de ‘El Manifiesto de León’, una publicación que iba a ser diaria y duró un día, el del jueves 22 de diciembre de 1808. Su impresor, Santos Rivero, no tuvo oportunidad de contar nada más que lo que publicó en las ocho únicas páginas que imprimió. Las noticias se dieron a la fuga con la entrada de las tropas de Napoleón.

Quinientos años después, Santoyo vuelve a pasar las páginas de aquellos herederos de Gutenberg, el herrero y orfebre alemán conocedor del arte de la fundición del oro que hizo alquimia con el plomo. Hace cinco siglos, su ejército invisible de letras con el que conquistar el mundo tomó León.

El impresor trashumante que trajo a Gutenberg a León
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