lunes. 04.07.2022
el eco de Ponferrada en sus monumentos

La ciudad que se hizo a sí misma

nació de un puente, creció con un castillo, y el carbón la hizo grande. tito fernández ha rebuscado entre las piedras para encontrar el alma de Ponferrada
La central térmica de Compostilla I, en plena construcción el 8 de marzo de 1948. Más de dos mil obreros ayudaron a levantar un edificio que hoy vuelve a estar en obras para albergar el Museo de la Energía.

Vicente Fernández ha querido encerrar el latido de Ponferrada en un libro. Ese latido —que ocupa más de setecientas páginas e incluye cientos de planos, dibujos y fotografías, muchas de ellas inéditas— es el de los propios ponferradinos, quienes construyeron y financiaron la mayor parte de su arquitectura civil, industrial y religiosa sin depender de nadie e hicieron posible que cuando otros núcleos de población con más historia se quedaban atrás, la ciudad siguiera creciendo hasta convertirse en la cuna de Endesa.

Así lo entiende el historiador nacido en Cacabelos, autor de más de un centenar de publicaciones sobre el arte, la historia y el patrimonio del Bierzo y profesor en el instituto Gil y Carrasco, que acaba de publicar Ponferrada artística y monumental, un libro con vocación enciclopédica editado por la Fundación Pedro Álvarez Osorio y con el que pretende ahondar con rigor científico no sólo en la historia de las edificaciones de la ciudad, sino también explicar la mentalidad que hizo posible la construcción de edificios como la Basílica de La Encina, que llevó casi cien años, o la Casa Consistorial, que se prolongó durante otro medio siglo.

«El libro es el latir de una ciudad que está viva y en crecimiento pese a las crisis porque es una ciudad que se ha hecho a sí misma», afirma Fernández, que ha recogido en ocho capítulos la historia y la «microhistoria» de los puentes, las iglesias, las grandes casonas blasonadas, el castillo y la muralla medieval, en su mayor parte desaparecida, las centrales térmicas del siglo XX y las grandes obras hidráulicas de Endesa en los años de la autarquía.

Y siguiendo ese latido, el historiador accede a recorrer la ciudad y explicarla partiendo desde la plaza del Ayuntamiento, donde se levanta la Casa Consistorial, que existe por los toros y sobre todo, por los malos olores que se respiraba en la antigua Cárcel Real.

«A finales del siglo XVII, La cárcel de la calle del Reloj también era la vivienda del corregidor, la máxima autoridad del rey en una ciudad que no tenía más de dos mil habitantes, y del alguacil. En aquella ciudad no se contemplaba la evacuación de las aguas sucias y los presos hacía sus necesidades en el espacio reducido del patio», cuenta Fernández. Así fue como en 1692 y siendo corregidor Santiago de la Isequilla, comenzó la construcción de un inmueble de estilo barroco que no estuvo terminado hasta cincuenta años después, siguiendo el ritmo de las aportaciones de los vecinos a la obra. Y las grandes balconadas de su fachada con dos torres no son gratuitas. «Las hicieron para poder observar los toros, que hacen furor en la época. Entonces las corridas se celebraban en lo que se conocía como la plaza de Las Eras y los toros más feroces eran los que traían de La Cabrera, los toros de Silván».

En la Cárcel Real, «el edificio más antiguo de Ponferrada mejor conservado», edificado en el siglo XVI y desde su última reforma en 1997, sede del Museo del Bierzo, llegaron a hacinarse hasta 48 presos, según tiene documentado Fernández. Presos que dormían en el suelo y comían lo que les traían sus familiares o lo que les daban de caridad los transeúntes a través de las ventanas y que durante el siglo XVIII eran vigilados por turnos por los vecinos del partido de Ponferrada, desde Ozuela y San Lorenzo, hasta Carracedelo, porque el inmueble, en piedra los calabozos y de tapial la parte noble, estaban tan deteriorado que el riesgo de fuga era muy elevado. Mejorado en el siglo XIX siguiendo las ideas del arquitecto Diego Ochoa, un hombre de origen humilde, hijo de un labrador de Valtuille de Arriba que llegó a ser miembro de la Real Academia de San Fernando, el edificio continuó siendo cárcel en la calle del Reloj hasta 1968. Fernández aporta en su libro planos inéditos de la reforma decimonónica.

Construir La Basílica de La Encina llevó casi cien años (1573-1660). El templo más emblemático de la ciudad también fue financiado por el concejo vecinal, excepto el campanario, edificado a mediados del siglo XVIII con el dinero del que fue obispo de Cuenca y Orihuela, el ilustrado ponferradino Flórez Osorio, después de que un rayo derribara en 1736 la torre original. Los hermanos Osorio, los dos sacerdotes, fueron, a su muerte, los mayores benefactores de la basílica. «Le dejaron cientos de propiedades y 30.000 reales de renta cada año», cuenta Fernández, seleccionando una de las iglesias de la ciudad.

Otro edificio que nace en el siglo XVI es el Convento de la Concepción, fundado en 1524 por Pedro Pérez Osorio y donde hoy todavía viven 16 monjas de clausura. Fernández ofrece fotografías de su interior en el libro, como la antigua cocina y calefactorio donde las monjas más viejas se calentaban los huesos antes de irse a la cama, o el desaparecido Convento de San Agustín, que con el tiempo se convertiría en el embrión del instituto Gil y Carrasco. Fue el licenciado De la Cuesta, abogado ponferradino del siglo XVII quien financió la apertura de aulas de gramática y artes. En aquel convento estudió después el escritor Enrique Gil y Carrasco, que a comienzos del siglo XIX también habitó una de las casonas edificadas por las cuatro grandes familias de la ciudad, un siglo antes. Se trata de la Casa de los Blanco, que hoy forma parte de un hotel en la plaza del Ayuntamiento y también allí durmió, unos años antes, el ilustrado Jovellanos, y vivió el mariscal de campo Ramón Blanco, el militar de mayor graduación en el Bierzo durante la guerra de la Independencia.

Las huellas de las cuatro grandes familias de la Ponferrada del siglo XVIII —los Blanco, los Baeza, que ocupaban lo que hoy es la sede de la Cámara de Comercio en la calle del Reloj, los García de las Llanas, propietarios de la Casa de los Escudos, hoy Museo de la Radio, y los Macía— todavía sobreviven en las cuatro grandes casonas del casco antiguo. Fernández aporta más novedades en su libro como las fotografías del interior de la Casa de los Macía, popularmente conocida como Casa de los Alija, construida en 1770, vendida por sus dueños originales a finales del siglo XIX y hoy propiedad de María de los Ángeles López Balboa, viuda de José Alija, que todavía vive ocasionalmente en la casa, donde conserva un mobiliario de hace más de un siglo. Todavía hoy, la casona es un prodigio de salones, dormitorios y un patio interior que trasladan a quienes la pisan a un mundo ya desaparecido fuera de sus muros.

La burguesía de Ponferrada y también su población más humilde, se renovó después de la Guerra Civil con la construcción de las grandes obras hidráulicas de Endesa y la central térmica de Compostilla —hoy en fase de reforma para completar, junto a la térmica de la MSP ya restaurada, el Museo Nacional de la Energía— que trajeron a la ciudad a ingenieros como Emilio Nuevo y a cuatro mil obreros en los años de la autarquía franquista. Endesa construyó el poblado de Compostilla para alojar a un millar de ellos y en Compostilla trabajaron, cuenta Vicente Fernández, hombres ilustres como un joven Luis del Olmo, ejerciendo de telefonista antes de enamorarse de la radio, o el que después sería presentador de televisión Jesús Hermida.

Aquella era la Ciudad del Dólar y la ciudad de los ingenieros de Endesa. «Un ingeniero era un Dios en Ponferrada», dice Fernández. Y sin embargo, el mayor de todos ellos, Emilio Nuevo —«nadie tenía tanto poder como él y era una gran persona»— era quizá el que menos presumía de ello.

Nuevo dirigió, entre otras obras, la construcción de la primera central de Compostilla, un edificio cuyo diseño inicial incluía un frontal neoclásico y que juntó el racionalismo con la arquitectura del imperio copiando las líneas de El Escorial. Aunque «el alma del proyecto», según Fernández, fue el ingeniero Antonio Martínez Cattaneo, que buscó la ayuda del arquitecto Francisco Bellosillo para aunar funcionalidad y belleza en la térmica porque aspiraba a lograr, escribía en 1949, «una satisfacción espiritual» y «un fin más alto» construyendo la central. De nuevo, el eco de un latido detrás de las piedras.

La ciudad que se hizo a sí misma
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