lunes. 04.07.2022
león se levantó en el siglo XVII

La gran asonada

El vizconde de Quintanilla de Flórez se batió en duelo y mató al caballero rubín de celis. El vizconde, malherido, se refugió en san isidoro, acogiéndose a sagrado, lo que provocó un enfrentamiento de los poderes civil y religioso de león. Era el 22 de julio de 1660

El acogimiento a sagrado del joven vizconde de Quintanilla de Flórez desencadena un pulso de fuerzas desiguales entre el regimiento municipal de la ciudad de León y la prerrogativa de inmunidad jurisdiccional de que disfruta el Real Convento de San Isidoro. Era el 22 de julio de 1660.

Por estas fechas, hace más de 350 años, la pendencia que enfrentó en un lance de capa y espada al joven vizconde de Quintanilla de Flórez con el caballero Rubín de Celis, presumiblemente entrado en años, por el amor de una dama, terminó con la muerte de éste último en la mañana del 17 de julio.

Malherido, el vizconde acudió a acogerse a sagrado al Real Convento de San Isidoro. Don Juan de Rebolledo, clérigo residente en el convento, que se encontraba aquella mañana en el cuarto prioral de don Pedro de Rebolledo y Rojas, relata así los hechos: «Dijo el vizconde que quería entrar en el aposento, y con efecto entró, y se sentó en la cama del dicho prior, se descalzó y desnudó y entró en ella; y vio este testigo cómo sangraba y traía sangre en la cabeza y en la camisa. De ahí a un poco vino un cirujano, que se llamaba Juan Antonio, le curó. Y después llegó don Juan de Valbuena, alcalde mayor de esta ciudad, acompañado de algunos ministros, al poco vino don Felipe de Valencia. El testigo oyó a los criados que venían a buscar al vizconde, pero no vio que ninguno trajese más armas que la espada».

EL HERIDO SE REPONE

Repetidas e infructuosas visitas del regimiento municipal, obtuvieron siempre la misma respuesta de frustración en el ejercicio de su oficio por falta de jurisdicción, mientras el vizconde mejoraba de día en día. Caldeados los ánimos de la justicia civil por esta circunstancia y, sin duda, por otros designios de intricada complejidad, el jueves 22 de julio el aire caliente de la ciudad de León se aceleró en un reverberar de campanas tañidas desde todos los campanarios. Por las calles se cruzaban tambores y pregones a voz en grito pidiendo a la población que acudiera armada al Real Convento y Abadía de San Isidoro, mientras, en sentido contrario, una riada de religiosos se exclaustraba, hábito remangado para apurar sus sandalias, asadores y palos en ristre, desde los conventos de San Francisco y Santo Domingo, e incluso canónigos de San Marcos, en dirección a la Real Abadía. Una vez allí, dispuestos a defender la inmunidad jurisdiccional del templo, a la pírrica, a golpe de asadores, cerraron las puertas que acceden el pasadizo entre el templo y el palacio abacial.

ROMPEN DOS CUARTERONES

Del otro lado, un desordenado tumulto de ciudadanos armados, encabezados por el alcalde mayor y teniente de corregidor, don Juan de Valbuena así como varios ministros, golpeaban esa puerta con machetes y hachas hasta quebrar dos de los cuarterones.

La orden había sido dada por el corregidor, don Felipe de Valencia, caballero del hábito de Calatrava que ya se encontraba en el aposento prioral acompañado de otros muchos ministros y del notario apostólico, Antonio de la Rocha, quien bajo pena de 500 ducados de multa había sido despachado de su casa a las 12 de la mañana para dar testimonio de los hechos.

Cuando el abad perpetuo, doctor don Pedro Muñiz y Suesa, decidió intervenir para aquietar el griterío había gente en las partes altas del claustro y en el patio. En sus propias palabras, la ciudad parecía cercada por enemigos.

Peligraba, no ya la inmunidad jurisdiccional de la Real Abadía, sino la propia seguridad de uno de los grandes santuarios de España, panteón de 48 personas reales, custodio de las reliquias de san Isidoro, santo Martino y san Vicente Mártir. Abriéndose paso entre los religiosos apostados en el pasadizo, descerrajó con sus propias manos las quebradas puertas de acceso y ante el silencio y quietud que impone la autoridad, fulminó advertencias y censuras a los religiosos de otros conventos para que se recluyeran, a sus canónigos para que se retiraran a los aposentos abaciales, al gentío para que se dispersara. Al corregidor invitó a inspeccionar y ejercer las tareas de su oficio mandando excusase las diligencias extraordinarias y escandalosas contra la inmunidad eclesiástica y no sacase del dicho convento al vizconde, con apercibimiento de que se procedería a lo que hubiera lugar en derecho.

Aquel día no encontraron al vizconde. El documento custodiado en San Isidoro, revelador en cuanto a las prerrogativas de Patronazgo Real de la Abadía y de su inmunidad jurisdiccional, nada desvela sobre el devenir de los acontecimientos.

Por fuentes del Archivo Diocesano, sabemos que el vizconde Francisco Antonio Flórez Ossorio nunca se casó con la dama por la que se batió. Su matrimonio se arregló con doña Josefa Maricondas y Vargas, con la que en 1664 tuvo a su primogénito y único hijo, Francisco Nicolás. Malogrado éste, la herencia recayó en un sobrino.

La gran asonada
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