sábado. 24.09.2022
PATRIMONIO LEONÉS

La lánguida decadencia de la marquesina

No tiene ni un tornillo. Sólo acero roblonado y cristal. Sólo remaches para unir tanta belleza

Fue el orgullo de la Compañía del Noroeste, el emblema de una obra en la que se exhibió toda la potencia tecnológica de la época y la pujanza del capitalismo

En ella puso su sabiduría un gran ingeniero arabista

La inspiró Eiffel y dio a la ciudad un aire parisino

La comida, servida por el más afamado restaurador del momento, empezó tarde. A las tres, el tren aún entraba por la estación. Hacía frío en León pero apenas se notaba porque una muchedumbre se había congregado bajo la impresionante marquesina.

El ruido de la locomotora apagó los aplausos y los ilustres viajeros comenzaron a bajar al andén. Allí les esperaban las autoridades y las bendiciones de los obispos de Astorga y Palencia, que derramaron agua bendita sobre la máquina de vapor, un prodigio de la tecnología.

El obispo de León, Calixto Castrillo y Ornedo, hombre piadoso que nunca escatimó ayuda a los pobres y alimentaba a cuanto mendigo pedía en la puerta de su palacio episcopal, excusó su ausencia de tan magno evento alegando cuestiones de salud pero cuentan las malas lenguas que aborrecía de aquel adelanto tecnológico al que habían sucumbido todos los vecinos de la ciudad. Sus pobres también. Pero ellos, claro está, no tuvieron sitio bajo el baldaquino de acero roblonado que inspiró el mismísimo Eiffel, aunque la obra no sea suya.

En aquella época, los ciudadanos tenían categoría. Eran de primera, segunda o tercera. Y aguardaban por separado en las salas de espera de la estación, la más moderna del momento, con telégrafo, despacho de billetes, oficina y vivienda para el jefe de estación, facturación de equipajes y restaurant, si la ‘e’ final, todo muy del refinado gusto francés.

Un prodigio pagado por la Compañía del Noroeste, que había elegido León como buque insignia para la conquista del Oeste y del Norte, la avanzadilla de los grandes puertos de montaña, de la impresionante obra de ingeniería que aguardaba más allá de Busdongo, Pajares, el reto técnico que desafiaba todos los conocimientos de la época.

Por eso León y su estación del Norte, el orgullo de la compañía, una exhibición de poderío y riqueza, una muestra de la pujanza del capitalismo y una prueba de lo que era capaz la modernísima tecnología, en la locomotora de vapor que arrastraba la hilera de vagones, en los carriles y vías férreas, en el edificio y en la marquesina. Ni ahí se escatimó esfuerzo, ingenio e inversión.

Fue día grande en la ciudad aquel 8 de noviembre de 1863. Maravilló la obra. Para asombro de los leoneses, el futuro había llegado a la ciudad. La obra, además, se estrenó terminada. Completamente. Algo inusual. Entonces, también. Y era monumental. Arquitectónicamente impresionante.

Había comprendido bien el ingeniero jefe de la Compañía del Noroeste lo que se le pedía. Un emblema. Y eso fue lo que hizo en León Eduardo Saavedra y Moragas, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, arquitecto, arqueólogo y arabista español.

Hasta a él le asombró el boato de la inauguración, pese a que no asistió nadie de la Casa Real.

El convoy que entró en «la mejor estación del país» había partido la víspera de Madrid, de la Estación del Norte, rumbo a Valladolid, donde los pasajeros bajaron a tomar un chocolate. El 8 de noviembre, el tren hizo parada en Palencia y después de descansar, la comitiva inició viaje a León. Eran las 10 de la mañana. Entonces, León y Palencia estaban a cinco horas de distancia, hoy apenas a una.

El vapor de la locomotora anunció a las 3 de la tarde que un tiempo nuevo comenzaba para la ciudad.

Tras los discursos de los políticos se sirvió un ágape en los talleres de la estación. Del menú diseñado por Lhardy, un cátering de lujo, dieron cuenta cuatrocientas personas. No había ninguna mujer.

Lo cuenta el propio ingeniero Saavedra en su libro ‘La mujer leonesa’. Quizá le sorprendió porque por la noche, en el baile de gala en el Teatro Principal, sí estaban invitadas. Acudieron con sus mejores trajes y joyas. Luego, leoneses de todas las categorías miraron al cielo, iluminado con un gran castillo de fuegos artificiales.

Bajo esa luz siguió brillando la marquesina de la estación, levantada en piezas en los talleres de la compañía ferroviaria, hecha de acero roblonado, unidas todas sus piezas con remaches, sin un sólo tornillo, tal como había mostrado con maestría Eiffel en su torre de París.

De ese mismo estilo, metálico, francés, industrial, moderno y extremadamente bello, diseñó Saavedra los puentes con los que tuvo que salvar los ríos que jalonan la línea Palencia-León, con capital y tecnología extranjera para paliar el atraso tecnológico español, su evidente retraso en la revolución industrial, todo traído de fuera para mayor gloria de la expansión de las incipientes y poderosas compañías extranjeras. Hasta el reloj de la estación era francés.

Durante 117 años, la marquesina se mantuvo intacta. Nada se movió en ella desde que el primer tren con servicio comercial arrancó el 9 de noviembre de 1863, un día después de la fastuosa inauguración de la estación. En 1980, los 60 metros de longitud hechos arte y belleza se ampliaron a 90 para cubrir la ampliación del edificio de ladrillo industrial que conserva apenas difuminada alguna traza de su diseño original pero que respira otra época.

De nada ha servido que la estación fuera protegida con la declaración del Bien Material y que la marquesina lo hiciera con el de Bien Inmaterial. A punto estuvieron de acabar en el suelo, bajo la acción de la piqueta, de no ser por las 16.000 firmas salvadoras que se recogieron en la ciudad y que la Asociación Leonesa de Amigos del Ferrocarril guarda como un tesoro, decenas de folios con el empeño estampado en la rúbrica, nombre, apellidos y DNI, algunos de otras partes del mundo, exigiendo la conservación del edificio y la cubierta alzada sobre las vías.

Y quizá de nada valga el esfuerzo de Pro Monumenta o de Alaf para que no se repita la historia ahora que llegan otra vez los nuevos tiempos a la ciudad en forma de tren, un ferrocarril rápido como un Ave que asombraría a aquellos leoneses de finales del XIX, que jamás imaginaron que el viaje de día y pico se hará en una hora cuarenta y cinco minutos, apenas un suspiro.

Pasarán los trenes por debajo de los pilares de la marquesina y no habrá viajero que la contemple. Salvo que los nuevos ingenieros, los sucesores de Saavedra, se hagan como él humanistas y accedan a estudiar la propuesta de prolongar sus columnas para dejar que cubra de nuevo el paso de los trenes, en el mismo lugar donde siempre ha estado, sin traslado ni inversiones millonarias. Un poco de lucidez para la luz hecha metal que imaginaron ingenieros que hicieron arte del progreso.

No hay de momento nobleza para la marquesina de León. Hoy languidece. Vaciada. Apartada. Con humedades y cristales rotos. Decadencia de la belleza que inspiró Eiffel condenada al olvido. La ciudad, sus políticos y hasta una ministra le han dado la espalda.

La lánguida decadencia de la marquesina
Comentarios