viernes 3/12/21
Ascensión Rodríguez Moreno muestra la codecoración de su tío y la pulsera que llevaba en el campo de Mauthausen.

Día 5 de mayo de 1945 de la liberación de los campos de Matahussen y Gusen. A las cinco de la tarde se pasa el ¿papel? como de costumbre, el personal del campo estamos esperando de un momento a otro la llegada de las fuerzas de los americanos. En este momento, las cinco de la tarde llega una tanqueta acompañada (de) otras dos y pequeño coche blanco de la Cruz Roja Internacional. Hacen presos a los soldados que nos guardaban que no heran los mismos que hasta esta fecha lo venían haciendo por haber sido relebados hace dos días; los malos se habían ido».

Alipio Rodríguez Omaña, leonés de Tapia de la Ribera que se había enrolado con 18 años en las tropas republicanas en Villamanín durante la Guerra Civil y acabó en 1940 en el campo de concentración de Mauthausen, dejó testimonio de la liberación del ‘campo de los españoles’ en un diario a lo largo de veinte cuartillas escritas a lápiz y a pluma, como si hablara en voz alta, una síntesis de su mes de peregrinaje y peripecias hasta ser acogido por el Gobierno francés. Sin saber nada de las familias, «noticias no tenemos ninguna», ni de su país salió de Mauthausen con destino a San George, la pequeña ciudad cercana al campo de Gusen, pasó por Linz, Salzburgo, Munich, Ausburgo y atravesó Suiza antes de llegar a Francia, un mes después de la liberación de la que el 5 de mayo se cumplen 70 años. Andando, en bicicleta, en un coche de bomberos que otros españoles cogieron en el campo de concentración y que les confiscan en Alemania y, finalmente, en un transporte oficial Alipio retornó a Francia. Alipio rehizo su vida en Le Havre, se convirtió en panadero, se caso y tuvo un hijo, Floreal Rodríguez. Murió en 1981 sin haber recibido ningún reconocimiento en España. «Vivió amargado por este olvido», comenta su sobrina Ascensión Rodríguez Moreno, quien entregó su legado en la Biblioteca Pública de León con el deseo expreso de que su memoria «esté en León».

Tan sólo nueve leoneses sobrevivieron a los campos nazis, de un total de 37 identificados hasta la fecha. El 5 de mayo de 1945 fueron liberados por las tropas aliadas otros leoneses con los que Alipio pudo cruzarse en su camino: José Alonso Alonso, de San Andrés de las Puentes, Víctor Alonso Alonso, de Odollo, Rufino Baños Lozano, de El Burgo Ranero, Enrique Rodríguez Aja, de Cármenes. Pocos días antes, el día 29 de abril, dejaba el campo de concentración otro leonés superviviente y maltrecho, Prisciliano García Gaitero. No existe constancia de la fecha de liberación de Vicente Soto Muñiz, de La Seca.

Alipio salió del campo solo el día 5: «Los soldados alemanes se los llevaban presos y nosotros quedemos (sic) hombres libres. A las seis de la tarde no queda en el campo nada más que el personal que no puede marcharse por no poder andar, cada uno se va para donde quiere. Yo en este momento me salgo del campo y me voy dirección de San George pero al llegar aquí me doy la vuelta y me llego otra vez al campo pero ya no encontré ningún español».

Es un día ajetreado y de confusión. Eran libres pero no tenían a dónde ir. Al cabo del tiempo se enteró de que muchos regresaron al campo. Él se encontró allí con su camarada ruso Nicolai, «para mí era un hermano», escribe Alipio, y salen juntos del campo. Hacen noche en San George, al lado de Gusen. Al día siguiente en compañía de otros dos españoles y cuatro bicicletas salen en dirección Linz.

«Día 6. En Links (Linz) nos encontramos con unos doce españoles más, los cuales traen un coche, el de los bomberos del campo, montamos todos en el coche y salimos en dirección Uells. Pero antes de llegar aquí nos paran los americanos y nos dicen que no se puede pasar todavía. Pues nos damos la vuelta y nos vamos a dormir a casa de un campesino. Aquí Nicolai se vuelve dirección Links y nosotros al día siguiente continuamos el viaje en dirección Francia».

La falta de papeles interrumpe su marcha continuamente, aunque los americanos «se portan bien con toda clase de presos y prisioneros, que no son pocos», anota el día 7 de mayo. «Hoy otra vez a dormir y aguardar haber (sic) si hay salida; efectivamente hoy la encontramos, por carreteras de tercera salimos a Salzburg».

En estos primeros días se muestra comprensivo con el «impedimento» de las fuerzas americanas. «Necesitan las carreteras para el transporte de fuerzas y material. En los controles nos paran y nosotros decimos «españoles» y nos dicen que pasemos».



Imagen de prisioneros de campos del fondo Alipio Rodríguez Omaña de la Biblioteca Pública de León.
DL

Cincuenta kilómetros antes de llegar a Munich, el 8 de mayo, les quitan el coche pues sin papeles, les dicen, no puede caminar. Después de conseguir unas bicicletas y comestibles salen de rumbo a la ciudad alemana, «pero la suerte nos acompaña y a los tres kilómetros de andar nos recoge conducido por un ruso y nos lleva hasta Munich». A las seis de la tarde hay toque de queda.

El grupo de «gallegos» anda por el centro de la ciudad «pero se empeñan en que no debemos andar y un coche americano nos traslada a un cuartel donde están personal de toda Europa, aquí nos toman el nombre y nos dan de comer y dormir y aquí es donde escribo estas líneas de mi diario de liberación».En el cuartel permanecen desde el día 10 hasta el 30 de mayo, según las anotaciones manuscritas.

«Día 11 hasta el 30: La moral es baja por lo siguiente: los países de Europa todos han quedado liberados, todos los presos y prisioneros de guerra tienen representantes que los orienten sobre su marcha hacia el país, pero nosotros no encontramos a nadie que nos atienda ¿nuestros dirigentes no saben que en este país nos encontramos la mayoría del ejército republicano español? ¿No saben aquí han muerto en manos de nuestros inimigos más de diez mil camaradas? Es que tovía no es hora que os recordéis de sacarnos de nuestros sufrimientos? Pensad que un día no lejano llegará y entonces podremos hablar todos pequeños y grandes. A nosotros no nos reconoce nadie, en Francia hemos sido enrolados en el ejército francés pero los franceses no quieren saber nada y nosotros seguimos aquí con un régimen casi como el de los campos de concentración, el alimento es poco y malo, así es que nosotros seguimos presos ¿para qué cambiar? Nuestra vida es así».

Pasa el mes de mayo y no ven salidas. Alipio comenta que pese a llevar tanto tiempo en prisión ahora «queremos que las cosas vayan más aprisa». En el cuartel de Munich hacen «vida de sanatorio, reponiéndonos de nuestra larga enfermedad». Comen, duermen y pasean. Piensan en sus familias y en su «país de miserias». Ven llegar a otros dos españoles pero creen que «éstos no son de los ‘rojos’, son voluntarios de trabajo en Alemania». «Que también los hay de los blancos, pero para estos luego tendrán solución, estos que trabajaron y lucharon por la Alemania y en contra de las democracias y del volchiviquismo (sic)», lamenta. «Yo viendo esto digo en voz alta: ¡El fascismo no ha muerto!».

Alipio toma la decisión de irse pues «veía que nunca sería repatriado». En las siguientes líneas del Diario de la liberación comenta que anduvo 60 kilómetros esquivando controles para poder llegar a Ausburg donde había oído que existía un centro de repatriación de franceses. «En fin, después de mucho andar y con mucho peligro de que me tomasen por un alemán pude llegar a este punto». Se presenta en el Gobierno Militar pero no le dan paso. No tiene para comer. «La Alemania está tomada pero (en) los centros oficiales siguen los fascistas», escribe. Anda otros cinco kilómetros que se le hacen «imposibles» hasta llegar al centro de repatriamiento francés: «Me recibieron de mala manera y me recogieron por lástima». Le advirtieron que sólo recogían a españoles que llevaran en Francia antes del 39.

«Yo, con lo poco que hablaba el francés, les decía: Yo soy prisionero de guerra y llevo en Francia desde el treinta y nueve pues soy republicano español y he luchado por la Francia». Eran hombres libres pero no tenían patria a la que acudir ni Gobierno que les reclamase. Y los controles pedían papeles una y otra vez. «Yo como no tenía ni la fotografía de mi vieja la cual quiero con toda mi vida pues los alemanes me lo habían quitado todo, hasta el pelo de mi cuerpo el cual me dejaron como el día que nací».

Al fin, un comandante accedió a su petición y «me metieron con otros dos españoles en el primer transporte de repatriados para ir para Francia», aclara. Tienen por delante otros 80 kilómetros hasta la frontera con Francia y más encuentros con los de repatriación que le piden «papeles de francés». «Yo, haciendo un esfuerzo más, me dirigí al jefe del centro y le expuse mis hechos y tratándolo poco menos que de fascista, por fin me dijo que yo iría a Francia». Pero en Suiza le rechazan de nuevo rotundamente por falta de papeles.



Primera página del Diario de la Liberación de Alipio Rodríguez Omaña con su foto al lado. BRUNO MORENO

«Ellos sabían bien que los deportados políticos no teníamos nada, pero de alguna manera había que seguir haciendo la vida imposible a los que habían luchado por la verdadera «liberté»». Con las mismas, se marcha en dirección Osch, en la frontera suiza donde se encuentra con sus camaradas de Mauthausen. «Me recogieron con mucho cariño y se interesaron por mi marcha a través de la Alemania».

A los pocos días es repatriado con 130 camaradas de Mauthausen atravesando Suiza. Al llegar al país galo, del que Alipio solo conocía los campos de refugiados «gracias un capitán que conocía el trabajo hecho por los españoles en Francia y salvando él los inconvenientes, logramos lo que el Gobierno francés había previsto para los prisioneros y deportados».

El relato de la liberación termina aquí aunque el cuaderno tiene escritas unas cuartillas más con la transcripción del poema Un duro al año, de Eusebio Blasco, y unos versos titulados Somos españoles en los cuales se resume la peripecia de los españoles que perdieron la guerra y la patria, y otros escritos sueltos como el titulado Antifranquismo. «Pasemos (sic) al extranjero, gran desdicha fue la nuestra, pues los negros nos trataban con puntas de bayonetas. Nos metieron en un campo construido en una playa, solamente construido por el cerco de alambradas».

El Gobierno francés reconoció a Alipio Rodríguez Omaña su paso por los campos franceses de Bacares, Adge y Saint Ciprien del 9 de febrero al 24 de diciembre de 1939. Luego fue enrolado en la compañía 114 del batallón de trabajadores extranjeros para luchar por Francia. El 19 de julio de 1940 fue hecho prisionero por los alemanes y conducido al Stalag (prisión) 8 C de Krinica (Croacia), más tarde al Trier /D en la frontera con Luxemburgo y el 25 de enero de 1941 entra en Mauthausen, Se convirtió en el número 4.462, aunque el 35.080 sería el definitivo. «Lo llevaba grabado en la piel», comenta su sobrina Choni. Se lo pusieron en Gusen, a donde fue trasladado después de ingresar. Luego estuvo en Gusen II y en 1943 vuelve a Mauthausen. El 5 de mayo de 1945 el fin de la pesadilla era esperado ansiosamente por los 85.000 prisioneros que albergaba este complejo de exterminio del que dependían 50 subcampos localizados por toda Austria y el sur de Alemania.

Entre los 7.532 republicanos españoles deportados en Mauthausen y sus filiales de Gusen, muy cercanas, este leonés superviviente a cinco años de cautiverio y enfermedades, fue testigo de excepción. Sin duda le gustaría saber que su hijo, panadero como él, también es español.

La larga travesía tras Mauthausen
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