Diario de León

Un siglo de incógnitas

Las tres muertes de Buenaventura

Es uno de los misterios que con más celo ocultaron los actores de la Guerra Civil La aparición de la imagen censurada de su cuerpo en el féretro, que La Revista publica en exclusiva, puede arrojar pistas sobre la guerra dentro de la guerra que se libró en la contienda

La foto censurada por la CNT, que en exclusiva publica Diario de León.

La foto censurada por la CNT, que en exclusiva publica Diario de León.

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Relata J. Miravilles: «El funeral se llevó a cabo en Barcelona. Era un día nublado y gris. La ciudad cayó en una especie de histeria colectiva. La gente se arrodillaba en la calle, mientras pasaba el cortejo fúnebre con una guardia de honor de anarquistas en ropas de combate. Lloraban. Medio millón de personas se habían congregado en las calles. Todos tenían los ojos húmedos. Durruti era para Barcelona el símbolo del pensamiento anarquista, y parecía increíble que hubiese muerto»...

Era domingo, 22 de noviembre de 1936, el día que Barcelona se echó a la calle para asistir al entierro de Buenaventura Durruti. Una enorme multitud formó el cortejo fúnebre, al que asistieron las principales autoridades de Cataluña y el cónsul de la Unión Soviética.

Los discursos de homenaje se realizaron a pie del monumento a Cristóbal Colón. Apenas habían pasado cuatro meses del golpe de estado del ejército el 18 de julio, comandado por el general Francisco Franco Bahamonde, y del 19 de julio en el que los obreros, la guardia de asalto, los mozos de escuadra y la guardia civil de Barcelona apoyaron el orden constitucional de la Segunda República.

Ninguna información se publicó sobre el momento de la muerte de Durruti en Madrid el 19 de noviembre

En la ciudad se habían vivido grandes desfiles de despedida realizados a los milicianos que se alistaron para luchar en el frente de Aragón. El viernes 24 de julio, Durruti salió en la primera columna hacia el frente junto con el comandante Enrique Pérez Farrás. La columna recibió su nombre, «Columna Durruti» y partió desde el Paseo de Gracia, en Barcelona.

Uno de los testigos presenciales que fue a despedirlo, Juan García Oliver, explica: «Fui a presenciar la salida de la columna de Durruti. Era mi obligación como jefe del departamento de Guerra del Comité de Milicias. Encontré a Durruti sentado ya en su automóvil, junto al comandante Pérez Farrás. Estreché su mano y la de Pérez Farrás. También la del sargento Manzana. […] Aquella era la primera columna que salía a combatir a los fascistas. Y allí estaba Durruti, sin la presencia del Comité regional, sin ninguna personalidad del gobierno de la Generalidad que diera la apariencia de agradecimiento a quienes iban a defender las fronteras de Cataluña. Sin nadie más que yo del Comité de Milicias, sin la presencia obligada de Abad de Santillán, ya que tenía la responsabilidad de la organización de las milicias. Y algo más significativo, con la total ausencia de los demás miembros del grupo ‘Nosotros’.

Voluntario afroamericano de la columna Durruti en el desfile en honor del líder fallecido por fuego amigo en Madrid. BRANGULI

Cuatro meses después, el cadáver de Durruti volvería a Barcelona desde Madrid, pero en esta ocasión todos los grandes ausentes en su despedida, necesitaron asistir y ser protagonistas de su entierro. El obrero anarquista ignorado en su salida hacia Aragón se había convertido en un mito inmortal.

El presidente Companys dijo: «Al pie de este monumento a Colón, que descubrió un nuevo mundo, hay todo un pueblo que con su esfuerzo y su sangre quiere forjar otro, lleno de libertad y de justicia. ¡Durruti! Desde la inmensidad del espacio puedes contemplar cómo todo un pueblo honra tu gesta. He aquí la verdadera inmortalidad, o sea el rastro que un hombre deja en el recuerdo sucesivo de generaciones futuras».

García Oliver representó al gobierno de la República, y en su homenaje recordó la fundación del grupo anarquista ‘Nosotros’ formado por Fernandez Ortiz, Pachili, Ascaso y Durruti. «Mientras dure esta lucha tendréis con vosotros el espíritu del gran jefe, del gran camarada».

La opción del accidente

Ninguna información se publicó sobre el momento de la muerte de Durruti en Madrid, el 20 de noviembre de 1936, pero se sobreentendía que falleció en combate en la defensa de Madrid. ¿A qué se debió la ausencia de noticias? Un artículo de Andreu Manresa, publicado en El País, 11 de julio de 1993 (Así murió Durruti), ahonda en esta cuestión. Manresa recoge información directa del chófer y mecánico de Durruti en el momento de su muerte, Clemente Cuyás.

Muestra cómo a la censura de la información se añadió la censura fotográfica. Durruti falleció durante una discusión con su centurión Bonilla, debida a los destrozos que estaba haciendo en la vía férrea, necesaria para el abastecimiento de Madrid. En la discusión, Durruti dio un culatazo con su fusil en el suelo de su vehículo y este se disparó, hiriéndolo de muerte. Según esta teoría, Durruti murió de un accidente, no en combate. «Cuyás afirma que los testigos que presenciaron el accidente, en contacto con el cuartel de la columna, acataron la recomendación de ser discretos para siempre. ‘Durruti murió en acto de guerra’, este fue el lema para mantener su aureola y no erosionar la moral de las tropas».

Cadaver de Durruti en el hospital de sangre de las milicias catalanas instalado en el Hotel Ritz de Madrid. DESCONOCIDO

Joaquín D. Gasca, foto editor e investigador, comisario de la exposición Centelles organizada en 2011 por la Dirección de Archivos y Librerías, comandada por Rogelio Blanco, ha encontrado entre las imágenes del entierro de Durruti en Barcelona, una fotografía que había permanecido en la oscuridad a causa de la censura. La imagen en sí no mantiene relación con el accidente: lugar, fusil, compañeros. Solo se aprecia a Durruti en su féretro, protegido por una ventana de cristal. Esta imagen la vieron todos los que pasaron por la capilla ardiente, pero alguien pensó que podría resultar desmoralizante o ser utilizada por el bando contrario en su propaganda. Literalmente se censuró, aunque «con buena caligrafía», tal como se aprecia en la foto. También muestra el tiempo que discurre entre una despedida ignorada y la creación de un mito: apenas cuatro meses.

Existen cientos de imágenes del entierro de Durruti, donde estuvieron todos los grandes fotógrafos de la guerra civil: Centelles, Puig Farrán, Pérez de Rozas, Brangulí, etc. Tanto Joaquín D. Gasca, como su hermano Antón Gasca, han estudiado las fotografías de Agustí Centelles. Al documentarlas, han encontrado casos similares al de la foto censurada de Durruti. Y es que, a veces, los estudiosos se han preocupado más en presentar su historia, que la historia. Durante la realización de la exposición dedicada a Centelles, realizada por el Ministerio de Cultura, New York University y King Juan Carlos I of Spain Center, Antón y Joaquín cotejaron imagen y documentación para llegar a la conclusión de que un 40% de las imágenes de las grandes exposiciones sobre Centelles no eran suyas, incluso la más icónica, en la que se aprecia el regreso de Lluís Companys, en marzo de 1936, a su llegada a la plaza de la Constitución (actualmente. Sant Jaume), de pie en el automóvil saludando a la multitud.

La muerte y la vida de Buenaventura Durruti son difíciles, cuando no imposibles, de contar sin la mediación de la propaganda y la censura

A pesar de que todos los fotógrafos de época estaban allí, en ese lugar y en ese momento, y que todos fotografiaron la escena desde diferentes ángulos (tal como demuestra la documentación), esta imagen en concreto no la hizo Centelles sino Puig Farrán. Estudios posteriores podrían cambiar la autoría, al seguir estudiando la trazabilidad de la imagen.

Y es que la necesidad de crear «héroes y mitos» para la ciudadanía ha ocultado o censurado imágenes importantes. Gracias a una cuidada e intensa investigación, a la digitalización y acceso a la información, tanto de imágenes como de la prensa de época, este velo se ha podido descorrer en episodios nucleares de la Guerra.

Siempre se dijo que, cuando se realizó el consejo de guerra al general Godet, en agosto de 1936, sólo había un fotógrafo en el comedor del buque Uruguay.

Sin embargo, la documentación demuestra que hubo hasta diez cámaras diferentes que se movieron con total libertad en la sala por la zona asignada. Estuvieron Centelles, Pérez de Rozas, Marco, Brangulí, Puig Farrán, Torrents, Sagarra, Badosa, Merletti, pero no debemos pasar por alto a otro periodista y fotógrafo, el escritor y aviador llamado Antoine de Saint-Exupéry.

A veces, la forma de ver nuestro mundo puede hacer que creemos el relato de lo que queremos ser y comunicar, aunque tengamos que pasar, o nos hagan pasar, por la censura, como en el caso del entierro de Durruti. En este caso «inmortalidad» se escribe con «censura».

Y es que la muerte y la vida de Buenaventura Durruti son difíciles de contar, cuando no imposibles, sin la mediación de la propaganda y la censura. A la defensa de que su final fue el fruto de un absurdo accidente se enfrenta la que sostiene que no fue tal y que el anarquista más conocido de España cayó por una calculada bala que partió de la pistola de Manzana, su lugarteniente, al que acusan de haber apretado el gatillo por orden de Stalin. La verdad está en algún cajón de los archivos de la KGB, pero hay datos que podrían inclinar la balanza del lado de la conspiración.

La opción del asesinato

Los enfrentamientos entre el líder de la FAI y Largo Caballero se han clarificado a la vuelta de la historia. El ministro de Defensa ya había denegado armamento a la columna del anarquista leonés, un hecho que incluso George Orwell dejó por escrito. El leonés ya sabía que no se libraba una guerra sino muchas. De hecho, cuando Horacio Prieto acude al frente de Aragón para exigir a Durruti trasladar su Columna a Madrid, la contestación de este no puede ser más clara: «Yo no conozco otra disciplina que la revolución.

En cuanto a los demás, aprendeos esto de una vez: Yo me cago en vuestra responsabilidad de burócratas». Era la revolución dentro de la revolución, que terminaría con las Jornadas de Mayo en Barcelona.

El entierro ha finalizado, guardia de honor de miembros de la columna Durruti en el cementerio de Montjuich, tarde del 22 de noviembre de 1936. AUTOR DESCONOCIDO//COLECCIÓN GASC

La entrada en escena de Abad de Santillán y Federica Montseny logra vencer la resistencia de Durruti, que en noviembre abandona Aragón para defender el frente de Madrid. Llega a la capital con 1.800 hombres de los que sobrevivirán apenas 700. El día 19, los milicianos se preparan para asaltar el Hospital Clínico, uno de los puntos en los que las tropas de Franco se habían hecho fuertes.

La operación no cuaja y muchos de los ‘columneros’ comienzan a abandonar el lugar. O eso dijeron. Hay una escena en El Padrino que recuerda a este momento. El plano enfoca a Santino, que acude a casa de su hermana —en plena guerra— para vengar la paliza que su cuñado acaba de propinarle. El héroe va solo y, como ocurre con los héroes, muere acribillado por un grupo de pistoleros.

El jefe miliciano se dirige hacia el Clínico para convencer a sus milicianos de que regresen a defender el ‘fuerte’ y una bala perdida termina con su vida. La propaganda de Stalin comenzó a preparar una historia lo suficientemente creíble como para que el asesinato se convirtiera en una idea romántica con la que explotar los ánimos.

«La bala que mató a Durruti salió supuestamente del naranjero que portaba Manzana. Pudo ser casual o intencionado»

Primero se dijo que fue asesinado por los fascistas, pero el disparo fue a quemarropa, como así lo detalló su viuda, Emilienne Morin: «El disparo tuvo que ser hecho a unos veinte centímetros. En su cazadora, que me dio el doctor Santamaría y que guardé hasta la ocupación alemana, se apreciaba claramente el halo del fogonazo y las señales de pólvora». Morin realizaba estas declaraciones en el 1977 al periodista Pedro Costa Muste. La madre de la única hija de Buenaventura, Colette, niega también la posibilidad de que fuera la pistola del anarquista la que se disparara por accidente: «Había otra arma, la que llevaba el sargento Manzana».

Y el periodista apostilla: «Antonio Bonilla, miembro de la columna, que iba en el coche que estaba parado frente al de Durruti declaró en una entrevista que le hice en julio pasado: «No cabe duda de que la bala que mató a Durruti salió del naranjero que portaba Manzana. Pudo ser casual o intencionadamente. Hoy, a la vista de lo que ocurrió después, opto por creer que fue intencionado el disparo».

En la mencionada entrevista, en la que Emilienne, de vuelta ya de casi todo, deja en evidencia el machismo de los líderes anarquistas —«tenia la mentalidad de la época. Todos los anarquistas españoles no hacían más que hablar de amor libre y el anarquismo y eran incapaces de cocinar o de bañar a sus hijos»— deja claro que nunca creyó la historia del accidente. Y, de hecho, merece la pena destacar que Manzana desapareció sin dejar rastro. Son muchos los que dicen que huyó a México, donde se mantuvo ilocalizable hasta su muerte.

Las mentiras de la guerra

¿La verdad? Puede que la verdad esté envuelta en los millones de panfletos con los que aún hoy se escribe la historia de la guerra, pero los derroteros por los que discurrió la batalla entre las distintas facciones de la República puede alumbrar el camino hacia una respuesta.

Hay algunos hechos ciertos. Uno de ellos fue el intento de la URSS por impedir que la faz del gobierno liberal burgués defendido por Azaña o Besteiro se cayera y dejara ver la revolución que se libraba en su interior. El papel de Largo Caballero como agente de Moscú aún no ha sido aclarado del todo, pero lo ocurrido con el POUM en Barcelona un año después pone luz sobre qué ocurrió aquel día en el Frente de Madrid.

El 24 de noviembre, cuatro días después de su muerte, se celebra el funeral en Barcelona. Solidaridad Obrera publica en su portada una ilustración con el cadáver de Durruti en su féretro, imagen censurada por la República que hoy La Revista muestra por primera. En el texto de la portada, se exige la unidad de las fuerzas republicanas en un mando único, dando a entender la atomización de esfuerzos y advierte de que no seguirían (sujeto ausente mejor que elíptico) permitiéndolo.

La madre y compañero de Durruti ante su féretro. BRANGULI

El artículo coincide con las palabras que durante el funeral recitó el cónsul de la URSS en Barcelona: «El nombre de Durruti va unido a la creación de un frente único antifascista y a una disciplina consciente en el frente y en la retaguardia». ¿Coincidencia? ¿Quién escribió realmente las palabras de Solidaridad Obrera? ¿La misma mano que dictó las de Vladimir Antónov-Ovséienko?

Stalin ha enviado a Cataluña a este ‘héroe’ del Palacio de Invierno con una misión clara: ayudar a la retaguardia republicana, aplacar a los anarquistas de la CNT y perseguir a los trotskistas del POUM. Sin embargo, el cónsul se acerca de manera peligrosa a los mencheviques de Trostky y puede que esas palabras sean precisamente el punto de inflexión en el que da la espalda a Stalin y comienza a pensar, como los anarquistas, que la guerra y la revolución han de hacerse al mismo tiempo.

Los que lo sabían murieron o desaparecieron, como Manzana, y si alguien se atrevió a dejarlo por escrito lo enterró en un lugar tan profundo como el ataúd del mito, que nadie sabe a ciencia cierta dónde está.

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