sábado. 28.01.2023
PEPE MUÑIZ DONA A LA CATEDRAL UN 'ESPANTA DIABLOS' ÚNICO EN ESPAÑA

El nuevo diablo de la Catedral

Una figura articulada, de aspecto siniestro, que sobrecoge al mirarla, aparece de repente en la Catedral de León. Hasta ahora se guardaba el más absoluto silencio
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Imagen de uno de los demonios de la Catedral. RAMIRO

Aquella inquietante marioneta estaba amontonada en un viejo anticuario pero, por algún extraño motivo, tenía vida propia. Como venida del mundo de las tinieblas. Tan próxima a Satán. Al mundo tenebroso de quien gobierna en la sombras todos los reinos de la tierra.

Llegó desde un monasterio del siglo XVI. Con ese espantajo, las monjas exorcizaban los demonios del sexo. Un objeto erótico-místico para ahuyentar al mismísimo Diablo. A él se encomendaban monjas y novicias para no caer en la perdición.

Apilado entre cientos de objetos, miró a los ojos de aquel coleccionista que acababa de abrir la puerta. Lo supo de inmediato. Era un ‘espanta diablos’. Había escuchado hablar de ellos pero nunca había visto uno. Apenas 50 centímetros de madera. Una especie de marioneta articulada que habría pasado de mano en mano de religiosas tentadas en los tiempos siniestros de la Inquisición. Sexo. Lujuria. El macho cabrío.

El terror de aquellas mujeres. De la abadesa a las primerizas. Un muñeco para conjurar al gran Lucifer, a Belcebú, al Maligno con su sexo erecto y ardiente.

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Imagen de un espanta diablos similar al que Pepe Muñiz ha donado a la Catedral. DL

En aquel viejo anticuario, el ‘espanta diablos’ estaba esperando desde hacía tiempo a Pepe Muñiz. El coleccionista, escritor y abogado leonés no lo dudó. Pagó y se lo llevó. Y durante años, lo mantuvo entre sus posesiones, un objeto de deseo.

Hasta que puso sus ojos sobre él un canónigo. Y así fue como el ‘atrapa demonios’ va a acabar en la Catedral de León. Una donación de Pepe Muñiz. Una pequeña joya única que puede cambiar la historia mágica del templo. No existe nada parecido en ninguna catedral europea salvo en la de Milán. Un diablo para espantar al demonio. El rostro de esa figura permanece oculto. Sólo será desvelado en un acto público en la Sala Capitular de la Catedral de León. Ningún lugar mejor para confinar al Diablo por los siglos de los siglos.

Sexo, demonios e inquisición

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Versos en que el lector dirige preguntas al Código:
—Pregunta: ¿Quién eres, dime, oh código, que ocupas esa terrible y elevada silla?
 —Respuesta: Soy el orden vital, a quien los justos, la regla de los cielos apellidan.
 —P: ¿Y quiénes tus mandatos obedecen?
 —R: Las naciones del orbe en que domina el derecho imperial de polo a polo.
 —P: ¿ Y del diablo?
 —R: Los que dicen que el diablo procede de sí mismo o del caos, y que tiene naturaleza propia, sean condenados.

 Así comienza el primero de los cinco tomos, que componen la obra Las Colecciones de Cánones y Concilios de la Iglesia Española, de Juan Tejada y Ramiro, obra publicada en Madrid en el año 1849. Entre los suscriptores de la obra de la provincia aparece el obispo de León don Joaquín Barbajero, el presbítero fiscal del tribunal eclesiástico de Astorga don Benito San Román, el cura párroco de Castrillo de los Polvazares don Ángel Fernández, el mayordomo del obispo, don José María Calvo y el secretario de cámara don Plácido Marcos.

En muchas partes del mundo han existido creencias y hechos, amparados indirectamente por la Iglesia, para pedir a los santos y santas que el demonio saliera de sus cuerpos. Y  la figura del espanta-demonios se encuentra entre los ritos del exorcismo. 

El catecismo de la Iglesia católica tiene instrucciones sobre oraciones para obtener la curación por parte de Dios. El exorcista es un hombre de oración, que actúa en nombre de la Iglesia con la fuerza del Espíritu Santo. Se trata de un ministerio que es don de Dios, conferido por el obispo exclusivamente a sacerdotes dentro de las diócesis. Se le exige piedad, ciencia, integridad de vida, equilibrio, discernimiento, preparación teológica y experiencia espiritual, porque lleva un enfrentamiento directo con el Demonio. Se le exige prudencia y consuelo si se sospechan influjos diabólicos. 

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 Detalle del altar de la ermita de Paraxis ( Balboa ) con la imagen del diablo, RAQUEL F. CRUZ

El primer paso para que intervenga el exorcista es reconocer una posesión diabólica. Algunos de los síntomas que indican si efectivamente se encuentran bajo el poder del diablo son: hablar con muchas palabras de idiomas desconocidos, aversión vehemente hacia Dios, la Virgen, los santos, la cruz y las imágenes sagradas mientras el poseído o la poseída echan espuma por la boca y los ojos, arañan, muerden, se revuelcan por el suelo, se tiran por el pavimento y escupen mientras gimen entre gritos alternando con una sarta de obscenidades. Quien se encuentra bajo el poder del Maligno es, para la Iglesia, el más pobre de los pobres, el más necesitado de ayuda, de comprensión y de consuelo.

En 1484. Inocencio VIII extendió a toda la cristiandad la purificación por el fuego. En su decreto papal la bula Summis desiderantes affectibus, Inocencio reconoció la existencia de las brujas, derogando así el Canon Episcopi de 906, donde la Iglesia sostenía que creer en brujas era una herejía.

 El bautismo era impotente, según la Iglesia, para hacer al hombre refractario al Diablo. Se puede decir que a instancia de la Santa Sede, Jacobo Sprenger y Enrique Institutor redactaron su famoso Malleus malleficarum o ‘martillo de las brujas’. Es un libro manual de confesores y directorios de inquisidores, durante más de 200 años faro de la sabiduría de los Tribunales del Santo Oficio. Las barbaridades que en él se consigan son de un aplomo que aturde y aplasta. 

El Malleus asevera y nada más. La menor duda es una herejía. No se debe dudar, sino concluir siempre. El delito lo presenta tan patente, que el juez se ve forzado a condenar de una manera ineludible, sin que le quede ni siquiera un respiradero de humanidad para el acusado.
En esta ‘maravilla’ de libro se explica todo: el nombre del Diablo, la naturaleza de este, las formas que toma o hace tomar a sus afiliados, cómo se junta con los hombre y cómo con las mujeres, cómo procrean, cómo los demonios entran en el cuerpo humano, la manera de evitarlo, cómo se les ahuyenta, oraciones que hay que rezar, el poder de los santos, el de las reliquias y un sinfín de cosas que imposible parece que nunca hayan sido creídas por alguien.

Es tan completo el libro en cuestión que con él, el juez no necesita ya de ningún otro código. La confesión del culpable será exigida por la tortura. El juez podrá prometer la vida al acusado, con tal de que confiese completamente, sin que venga obligado a cumplir la promesa luego y sea al final entregado al brazo secular para que lo queme sin remisión. Los bienes serán repartidos entre los individuos del tribunal. 

Este es el código que rigió la Europa para el enjuiciamiento de los supuestos adeptos al Diablo. Con él nadie tenía seguridad alguna. A fuerza de ver acusaciones, muchos se creían realmente brujos o brujas, sobre todo brujas. 

El sombrío bosque, sobre todo al caer la tarde, tiene para ellas un no sé qué de mágico atractivo. ¡Si pudiera volverse ave de rapiña o tan sólo gata o loba! En Francia era general la creencia de que las damas se transformaban en lobas, en Italia en gatas, en España en aves de rapiña. Y se decía que bajo estas formas atacaba al viandante y le chupaban la sangre, o que se juntaban con animales de igual especie para satisfacer su lujuria desenfrenada.

A veces el Diablo se disfraza de teólogo, pero de teólogo más celoso del cristianismo que la misma Iglesia. A Lutero, antes de intentar su reforma, se le presenta Satanás por la noche a discutir con él sobre la misa. Milton, en su Paraíso perdido, pinta al Diablo bajo el capuchón de un fraile mendicante. El Diablo toma a veces el aspecto de un confesor amable para prostituir a las monjas. Se habla de un cura español que, habiendo entrado en Roma en un convento de monjas, se creyó con derecho a todas ellas, pues siendo esposas de Dios debían ser las de sus ministros ya que Dios no podía poseerlas directamente. Ese sacerdote hacía decir misa para que Dios le concediera las fuerzas necesarias para cumplir con todas.

Las meditaciones del ser humano ante lo que inevitablemente es su destino final, la muerte, y el sentimiento de caducidad de la vida y de los placeres mundanos ha estado presente en el pensamiento religioso y filosófico a lo largo de toda la historia, convirtiéndose además en motivo constante de inspiración en la literatura y en el arte. 

Los lúgubres relatos sobre la danza macabra han impresionado desde siempre a los artistas. No se sabe cuál fue la primera que se pintó y a quién fue debida. Se sabe de una ejecutada en 1398 por Antonio de la Salle, aunque algunos arqueólogos citan otra pintada por Nicasio de Cambray, por encargo de Felipe el Bueno, duque de Borgoña. La danza macabra es hija del cúmulo de circunstancias negativas de la vida que se concentraron en la Edad Media, fue una manifestación espontánea de los artistas. 

Mas en el Dies irae sucede todo lo contrario, es una especie de poema oficial del cristianismo. El Fin del Mundo, la Resurrección de la carne, el Juicio final, la Divina Gracia, las penas terribles del infierno y la beatitud de los justos. Su idea consiste en presentar al mortal indigno delante de la inmensa majestad de Dios. El hombre es reo, en virtud del pecado original, por lo tanto debe temblar al levantarse de sus cenizas para ser juzgado. En la estrofa 18, viene a condenar en cuatro versos este lúgubre poema:
 «Lacrimose dies illa
 Qua resuget ex favilla
 Judicandus Homo reus
 Huic ergo parce Deus»

[Día de llanto será aquél en que el hombre reo resucite de sus cenizas para presentarse a juicio: Así, perdóname señor]
En fin: «Todo se marchita». En este apretado relato, entre Teología, Dogma, Inquisición, Santo Oficio, Danza Macabra, Dies Irae y demás creencias y extractos, así andamos, lo demás lo hace la imaginación de las gentes sencillas que borda los cuentos, las tradiciones y las leyendas, que tomados como hechos reales, hacen estremecer a los que los oyen.

Y para finalizar nos preguntamos: ¿Cómo se rige la lucha con el Maligno?. Pues creemos que con la etiqueta del espanta-demonios que se encuentra repartida entre el Rito de Exorcismos, el Catecismo de la Iglesia católica y otras instrucciones promulgadas por el ex Santo Oficio.

El nuevo diablo de la Catedral
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