domingo 26.01.2020
ciudades enlazadas

un rincón leonés en el corazón de Cuba

en el cementerio colón de la capital cubana, donde están enterradas tres millones de personas, existe una parcela dedicada a león con un panteón y muchas alusiones a la colonia leonesa que se instaló en la isla desde 1914
un rincón leonés en  el corazón de Cuba

Refiriéndose a la capital de Cuba, J. J. Armas Marcelo escribió en su novela Así en La Habana como en el cielo: «Era una ciudad enorme, aparentemente derrumbada y hundida en la soledad, que navegaba suavemente hacia ninguna parte entre sus propias ruinas; una ciudad deshabitada, turbia, abandonada al fin por todos los que dijeron que la amarían después de la muerte…».

Y, sin embargo, hay un rito de la muerte que permite amar también a las ciudades después, precisamente porque muchas arropan el corazón de la soledad personal o de la distancia. Ciudades, en fin, habitadas por sueños y nostalgias. Como La Habana, el reposo definitivo de muchos españoles que tenían el amor dividido por el mar. Como tantos leoneses.

En La Habana hay millones de historias enterradas en veintiún cementerios, aunque uno, del Cementerio Colón, acoja en sus siete kilómetros cuadrados el ochenta por ciento de los difuntos de la capital cubana. Unos tres millones de personas están enterrados aquí, algunas con una proyección histórica que el silencio definitivo no ha permitido olvidar: Carlos Manuel de Céspedes, Alejo Carpentier, Cirilo Villaverde, Juan Marinello, Cecilia Valdés, José Lezama Lima, José Raúl Capablanca, Amaira Goire de la Hoz, «La Milagrosa», la tumba más visitada…

Monumento Nacional desde 1987, la fundación de este cementerio data del 30 de octubre de 1871, fecha de la primera piedra y bendición de las obras, según el proyecto del arquitecto gallego Calixto de Loira Orellán y Cardoso, curiosamente el primer enterrado en el camposanto diseñado por él.

Hoy aún impresiona el tamaño —es la tercera necrópolis más grande del mundo— y la riqueza cosmopolita de sus componentes. Esculturas, panteones, materiales, arquitectura funeraria hacen de él el cementerio más rico de la América hispana, sin olvidar, por supuesto, la magnífica portada de la entrada principal.

Servicio de enterramiento para leoneses

La presencia leonesa en Cuba fue muy notable. Como curiosidad, dieciséis leoneses tuvieron protagonismo en la lucha independentista de la isla caribeña contra España.

En 1914 se funda la Colonia Leonesa, una sociedad que tenía como finalidad «aglutinar y estrechar las relaciones entre los leoneses y sus familiares residentes en Cuba». Dado, sobre todo, su carácter recreativo, benéfico y asistencial, desde el primer momento se encargará también de proporcionar a sus socios un servicio de enterramiento en el cementerio Colón. De tal manera que la Junta Directiva propone en 1918 la compra de una parcela «al objeto de construir un Panteón para los asociados y sus familiares». Se compra en mayo de ese mismo año y se nombra una comisión a fin de recaudar los fondos necesarios para cubrir su coste (1.200 pesos).

La verdad es que pronto se obtienen con holgura los fondos necesarios. Dos razones sustentan tal rapidez. La primera, sentimental: dadas las dificultades que la mayoría tenía, por múltiples razones, para el retorno, además de las raíces echadas en la isla, ser enterrado en este panteón significaba descansar eternamente en tierra propia. Para tener muy en cuenta. La segunda se asienta en el elevado número de leoneses que residían en la isla, muchos de los cuales habían conseguido una privilegiada situación económica. Generosos habitualmente con sus paisanos, asumían la mayor parte de los gastos que suponían las iniciativas, especialmente extraordinarias, iniciadas por la Colonia.

Lo cierto es que el primer enterramiento en esta parcela leonesa tuvo ya lugar al año siguiente, en 1919. Ángel Alonso Posada. Después, ya se sabe: esta es la historia que nunca se detiene. Al Panteón ha ido sometiéndose a sucesivas reformas y ampliaciones. A la entrada, dos placas explican al interesado estas circunstancias históricas. Una, pequeña y en la parte baja, constata que «Esta obra ha sido construida por los señores: Luis Carvajal Valle y Manuel Suárez Álvarez». La segunda, más cerca de la puerta, de mayor tamaño y con el escudo de León en bronce, alusión muy repetida, sintetiza la historia de la evolución de la obra y pone de relieve los nombres de las personas que la hicieron posible en sus distintas fases.

Muy cuidado y atendido, se encarga de su mantenimiento una persona que, pagada por la Colonia Leonesa, lo abre al público interesado los fines de semana. Los domingos suelen ser los días en que hay mayor número de visitantes.

Arco románico

y escudo

Aunque los referentes funerarios de distintas regiones españolas están presentes en el cementerio Colón, el panteón de la Colonia Leonesa se identifica con cierta facilidad por su envergadura volumétrica, por la prestancia arquitectónica y por las frecuentes alusiones a la tierra de origen.

Con forma rectangular el espacio, el remata de su portada se cierra, en su parte central, con el escudo de León en granito, y debajo esta alusión identificadora: «1920 Colonia Leonesa 1957». La puerta, a la que se accede mediante la subida de cinco peldaños, es de hierro, igual que la verja de protección, y está rematada en cristal y el escudo dorado de León, igual que la alusión a «C. Leonesa». La entrada tiene un arco de imitación románica, fácilmente identificable por su intencionalidad». El interior es sorprendente. Sólo la experiencia de acceder a él permite calibrar en su auténtico sentido la afirmación. Por la disposición de todos los elementos y por los tres niveles o pisos que lo conforman: el del nivel de la entrada y dos inferiores, subterráneos, a los que se accede mediante una escalera que parte desde el lateral derecho de la estancia principal.

Preside la Virgen del Camino

Apenas entramos en el panteón, lo hacemos directamente a la capilla propiamente dicha, con bancos para las ceremonias religiosas y nichos en los laterales, desde el piso hasta prácticamente el techo, con cuatro hileras.

La capilla está presidida, en urna de cristal, por una imagen de la Virgen del Camino, advocación que, por otra parte, y gracias a diversas acciones de emigrantes leoneses en diversos momentos de la historia, ha arraigado entre los habitantes de La Habana. La imagen forma parte de un sencillo retablo cuya base está en el altar. Sobre ella, y como remate, una cruz que, realizada sobre vidrieras, reproduce los colores de las de la catedral de León.

A ambos lados del conjunto del que forma parte la figura de la Virgen, dos vidrieras. A su derecha, una reproduce la imagen de san Froilán, obispo de León, cuyo escudo la remata. La segunda, al lado opuesto, ha sido sustituida por un cristal simple, puesto que la original se rompió y los medios económicos no permiten, al menos de momento, su restitución.

Si bien es cierto que en esta planta se enterraron en el año 2012 media docena de asociados o familiares, lo cierto es que la capacidad total del panteón es de 752 nichos, en buena parte ocupados. De ellos otro bloque se encuentra en la primera planta baja, que en este caso está presidida por un altar muy sencillo y un Cristo en la cruz, de granito.

Mentiría si no añadiese que llegar a este último espacio no produce, al menos no me produce una cierta sensación de entrar en una catacumba, sensación que se acentúa en el último piso, en perfecta disposición para su cometido pero aún totalmente desocupado.

Detrás de esta descripción late una apoyatura sociológica que, detectada fácilmente a la hora de escribirla y más sólida en la época en que fue construido el Panteón de la Colonia Leonesa, va más allá de lo estrictamente físico. Es el amor a la tierra, la añoranza de su pérdida y el deseo de ser enterrado en ella. Es el derecho que aún hoy mantienen los asociados y sus cónyuges y los hijos menores de catorce años, que siguen mimando el espacio que los identifique dentro del monumental cementerio Colón de La Habana.

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