miércoles. 17.08.2022

Toribio Martínez Cabrera o la crónica de un olvido

El general maragato recupera sus honores tanto civiles como militares tras décadas de olvido

Corría el año 2004 cuando, en uno de tantos actos promovidos por la Asociación de Diabéticos de Astorga y Comarca, me encontré fortuitamente con Kichín. Aunque el apodo cariñoso puede inducirnos de inmediato al engaño la verdad es que Kichín -”Juan Ángel Carro Martínez-” es todo un caballero y no sólo por ser fiel a unos valores, que no deben perderse, sino por el porte abigarrado de su corpulenta figura y por su característica forma de deambular. Andaba yo por entonces puliendo los últimos flecos de un trabajo que, bajo el título Astorga y sus moradores, iba a publicarse de forma inminente sufragado por el Centro de Iniciativas Turísticas de Astorga y aquel providencial encuentro en la Biblioteca Municipal no sólo me llevaría a añadir un nuevo personaje a la publicación sino al conocimiento de uno de los militares más grandes que ha dado España, a la sazón abuelo de Kichín, el general Toribio Martínez Cabrera.

Transcurridos ya varios años desde que aquel apasionante episodio de la historia de España se cruzó en mi camino, no he dejado de comprobar con amargura cómo su personaje protagonista ha sido insistentemente obviado por deliberados intereses que han pretendido soterrar su historia bajo capas y capas de un injusto olvido, un soterrado que Kichín se ha encargado de ir desmontando contra viento y marea a pesar de todos los obstáculos que se le han ido colocando en su lento pero inexorable camino hacia la verdad. De este modo el trayecto vital de Martínez Cabrera ha salido, está saliendo, a la luz de forma imparable y su crucial repercusión en la historia de nuestro país ha sido, está siendo, reconocida poco a poco en los más diversos ámbitos tanto civiles como militares. De facto se han conseguido restituir, a finales de marzo del 2008 durante un emotivo acto celebrado en la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra, los honores militares del general y se han alcanzado asimismo otros logros significativos como una calle con su nombre en Astorga, siempre tan perezosa a la hora de dejar que la luz ilumine según qué cosas. Con todo, ahondando en las hazañas del que sin duda fue un gran héroe militar y en su más que activa participación en la Guerra Civil -”Comandante Militar de Cartagena, Jefe del Estado Mayor Central, Inspector del Ejército Norte, Gobernador Militar de Madrid-”, no deja de sorprenderme el que vengo a considerar como el más injusto de todos los olvidos a los que se le ha condenado y que se perpetúa en el tiempo a pesar de su ya mencionada restitución: la ausencia casi total del general en los libros de historia, especialmente en los libros de texto que se siguen en los centros de enseñanza. Ese olvido es el más relevante, a mi modo de ver, pero luego podemos discutir sobre lo que merecería la grandeza de este hombre en Astorga, un localismo siempre presente en lo más alto de sus preferencias; así, yo diría que la asignación de su nombre a una calle nada céntrica no le hace suficiente justicia, quizá se la haría un busto o una estatua que lo hiciera presente de alguna manera pero, como estas cosas son políticamente incorrectas y están en desuso para detrimento de nuestra memoria colectiva, sí que al menos reivindicaría una placa como aquellas que se colocaron en memoria de los combates con los franceses durante una de las innumerables fiestas carnavalescas a las que tan dados somos ahora.

Era el general hombre corpulento, de barba poblada, aspecto recio e imponente. Su fuerza física se puso de manifiesto en cierta ocasión cuando, ante el asombro generalizado de todos los asistentes a la anécdota, levantó en vilo a su madre y a un compañero de armas como si estuviera elevando un par de libros. Por las referencias quiero entender que don Toribio llenaba el espacio con su presencia a un nivel no tanto físico, que también, sino sobre todo a un nivel espiritual. No sé pero yo creo que algunos seres son tocados, en el mismo momento de su alumbramiento, por un dedo divino; alegoría metafórica con la que quiero significar que dichos seres son perfumados con un tipo de esencia espiritual que les envuelve para el resto de su vida. Supongo que García Lorca era uno de estos seres pues de él se decía: «cuando llega Federico, no hace frío ni calor, hace Federico». Esta definición entrecomillada y altisonante compendia de forma diametralmente exacta todo lo que yo quería decir con más palabras para definir a personas como Martínez Cabrera. La presencia junto a nosotros de este tipo de seres es causa bastante para que dejen impregnados con su recuerdo de forma inexorable y eterna los tempos, los lugares, los espacios...

Gran amante de su tierra natal -”Andiñuela de Somoza-” y de la Maragatería en general, Martínez Cabrera siente verdadera devoción por Astorga, considerándose astorgano de adopción, como así él mismo manifiesta en la magistral conferencia sobre Astorga en la guerra contra Napoleón que pronuncia, invitado por la junta organizadora de las fiestas conmemorativas de los sitios de Astorga en 1910, siendo aún capitán pero gozando ya de reconocido prestigio. La adoración por nuestra tierra hace que no deje de estar maquinando toda su vida para intentar mejorar sus condiciones de vida. Así promueve la ejecución de un salto de agua en Andiñuela; la construcción de caminos por toda la zona; intenta que la carretera Madrid-Coruña pase por Maragatería; sugiere la construcción de un hospital para tuberculosos en Andiñuela por ser adecuada la zona para este tipo de enfermos gracias a la altura y a la pureza del aire aportando inicialmente 30.000 pesetas de la época de su propio pecunio. Ese gran apego al terruño maragato se manifiesta también en 1934 cuando Martínez Cabrera consigue unas maniobras militares generales que reúnen a la cúpula militar en estas tierras y que constituirían la antesala de lo que fue, de lo que es, el campo de tiro militar El Teleno que siempre ha reportado pingues beneficios a la hostelería y demás negocios colaterales de Astorga y comarca por mucho que ahora se quiera hacer pensar lo contrario.

Han sido muchos años de intentar tapar con basura el buen nombre del general con el fin de desprestigiarlo en vida y de condenarlo al ostracismo en muerte; así, entre otros subterfugios, se ha insistido de manera malintencionada en la idea obsesiva e injustificada de que Martínez Cabrera era masón cuando resulta claro que tal extremo no es cierto. El mismo general difunde un manifiesto en 1936 donde afirma tajantemente que no es masón y lo hace precisamente en una época en la que pertenecer a alguna logia estaba bien visto entre la cúpula militar. Y si existiera alguna duda, queda despejada por el tesón del teniente-coronel don Miguel García Bañales empeñado en restituir el buen nombre de Martínez Cabrera y de rescatar del olvido sus méritos militares comprobando personalmente en la Oficina General de la Masonería la no afiliación del general entre otras arduas investigaciones que ha llevado a cabo.

Podemos afirmar por el contrario, que las creencias religiosas de Martínez Cabrera están fuera de toda duda; gran amigo del obispo de Astorga Senso Lázaro se mantiene siempre cercano a la Fe Católica. A mayor abundamiento hay que resaltar que, instantes antes de ser fusilado, le pide a sus descendientes que cumplan la promesa que hizo en su día de mandar hacer unos reclinatorios para la iglesia de Andiñuela, como efectivamente así se hacen.

Si tuviera que significar dos características muy marcadas en la personalidad del general diría, sin duda alguna, honestidad y lealtad. La primera demostrada una tarde de otoño en Galicia, cuando hizo ver claro a su nieto, con un hecho aparentemente irrelevante, que el sentido del deber y la incorruptibilidad estaban por encima de todo. El pequeño Juan Ángel se había subido a un banco del jardín y, viendo que podía alcanzar una rama, no dudó en saltar para encaramarse a ella. Pero la rama cedió resquebrajándose por el peso del muchacho. El general cogió al niño y, tras comprobar que el único lesionado había sido el árbol, lo puso en presencia del guarda instándole a que le impusiera un correctivo. Tembloroso, ante semejante figura militar, el guarda sólo pudo balbucear: «Pero-¦ mi general». «Ni mi general ni nada, a los niños hay que enseñarles disciplina desde pequeños para que sepan discernir lo que está bien de lo que está mal».

La misma rectitud, la misma incorruptibilidad mantenida con su nieto vino a mostrar el general, durante su etapa como Gobernador Civil y Militar de Bilbao, en un episodio no tan irrelevante porque seguramente, de no haber mediado el mismo, Martínez Cabrera quizá hubiera dispuesto de mayores posibilidades para salvar su vida más adelante. No hay duda que fue un momento determinante en el destino de Martínez Cabrera aquel en el que Varela le pidió su ayuda al verse implicado en un procedimiento judicial abierto contra él y la influyente familia vizcaína de su esposa. El general estudió el caso con la minuciosidad característica que imprimía a todos los asuntos de relevancia y, viendo que no hubiera sido de justicia interceder por Varela, quiso dejar el asunto en manos de los jueces y que éstos trabajaran sin interferencias ni presiones. Con este encontronazo, firmó su sentencia de muerte pues Varela presidiría más adelante el consejo de guerra que le llevó al paredón donde, entre otras lindezas, se le acusa de traidor a la patria por parte de quienes realmente eran los verdaderos traidores al haberse sublevado contra un gobierno que estaba legítimamente constituido con todos sus fallos, limitaciones e incluso desmanes cometidos pero pleno de la legitimidad ganada en las urnas. Se cuenta que la obcecación y los afanes de revancha de Varela le mantuvieron asentado en una tremenda animadversión contra Martínez Cabrera hasta el extremo de llegar a decir en público que trataría por todos los medios de conseguir su fusilamiento o que le quitaría el fajín si fracasaba.

Ahora, gracias al precitado nieto y al, también precitado, teniente coronel don Miguel García Bañales, la memoria y los merecimientos de tan singular personaje están siendo recuperados y, sin duda, ha de ser reconocido y colocado en el pedestal histórico que siempre debió ocupar. Así lo hace el Excmo. Ayuntamiento de Astorga cuando, con fecha 29 de noviembre de 2005 acuerda, por unanimidad y con absoluta conformidad de todos los grupos políticos que componen la corporación, la restitución del título de Hijo Adoptivo de Astorga y su nombramiento como Ciudadano de Honor así como se adquiere el compromiso de dar su nombre a una calle. Asimismo tengo que mencionar, que la Mancomunidad de la Maragatería procede el día 21 de junio del 2005 a la confirmación del título de Hijo Predilecto de la Región de Maragatería. Con todo ello se empezó a restituir la memoria del general a nivel civil quedando pendiente la recuperación de los honores militares hasta el acto mencionado de finales de marzo del 2008. Estamos hablando posiblemente del militar que más cargos de alto nivel ha acumulado en una sola persona; tengamos en cuenta que llega a ocupar diversos y elevados cometidos simultáneamente, una persona que se hace a sí mismo, sin deber nada a nadie, que asciende desde soldado raso a los cargos más relevantes y significativos del estamento militar. Es tremendo el listado de condecoraciones con las que fue distinguido dentro y fuera de España, pues dispone de medallas tan relevantes como la medalla al Mérito Militar con distintivo rojo -”por sus victorias en varias batallas durante la Guerra de Cuba-” o la Legión de Honor francesa. Y con todo esto a sus espaldas Martínez Cabrera se mantiene incorruptible, alejado siempre de cualquier tipo de prebenda o comisión que se le quisiera dar como premio a los grandes servicios que prestó a España.

Como adelanté anteriormente Cabrera es la lealtad personificada, un valor que le conducirá a su trágica muerte ante un pelotón de fusilamiento. Esa virtud le mantiene leal al legítimo Gobierno Republicano y eso a pesar de que sus inclinaciones eran monárquicas. De hecho siempre mantiene cercanía con la Familia Real, se le ve frecuentemente acudir a almorzar y a departir con Alfonso XIII, una cercanía que, salvando las distancias, podemos calificar como de gran amistad con algunos miembros de la Familia, hasta tal punto que les llega a visitar en Lausanne con el Rey ya fallecido.

Su cordura inusual hace que sea perseguido y odiado por los radicales de los dos bandos. Ya en 1936 se salva de una muerte cierta, gracias a la pericia de su conductor, cuando su coche es atacado en Veguellina de Órbigo por los extremistas de derecha tras haber visitado Astorga con motivo del óbito de su madre. No era la primera vez que lo intentaban pues ya en Madrid había sufrido varios atentados. Anticomunista convencido trata de evitar los desmanes auspiciados por algunas facciones del Frente Popular; tanto es así que sería encerrado en varias prisiones de Valencia y de Barcelona hasta que el doctor Negrín llega al poder y se da cuenta de la injusticia cometida, decidiendo liberar de inmediato al general y nombrarlo Gobernador Militar de Madrid. Pero no sólo se ceban en Martínez Cabrera los intentos de quitárselo de en medio, que también en su familia. Los falangistas de Astorga y de Santa Colomba vieron frustradas sus pretensiones asesinas porque la familia ya había sido prendida en Lugo, sin respetar la corta edad de los niños. Esta casualidad trágico-afortunada les salvó la vida de unos asaltantes que iban dispuestos a todo. ¿Pero qué pretendían represaliar? Puede que la integridad de un hombre justo, un hombre que partió de cero en un cuartel el día que decidió servir a España alistándose en su Ejército; un valiente que demostró su heroicidad en Cuba siendo herido; un hombre que no sólo se dedicó a la milicia sino a cultivarse en todos los órdenes, experto en la historia de los maragatos, gran matemático y estudioso de todo tipo de materias.

Cuando concluye la Guerra Civil, con el general en Valencia listo para ser evacuado, en lo que fue su último alarde quijotesco decide no abandonar España. Sería determinante el manifiesto de Franco afirmando que no habrían de ser represaliados aquellos que no tuvieran las manos manchadas de sangre. Convencido que su actuación, no sólo durante el conflicto bélico sino durante toda su carrera militar, había sido tendente a evitar la muerte de gente inocente y a cumplir en todo momento con su deber opta por plantar cara a su destino teniendo, como tenía, medios para huir de España a su entera disposición. Nuestro general se queda y el resto ya lo sabemos: un consejo de guerra totalmente injusto presidido donde no se le deja defender adecuadamente y se le acusa de masón, de traidor a la patria, de comunista y demás imprecisiones que entran en clara contradicción, que persiguen el único objetivo de su fusilamiento a cualquier precio y que se unifican en la acusación de rebelión militar. Muere así como vivió, fiel, digno, obediente a la legalidad establecida y a sus superiores legítimos. Ante un pelotón de fusilamiento que, sabedor de la terrible injusticia que se estaba cometiendo, contó con miembros que se echaron a llorar y con otros que ni siquiera apretaron el gatillo, concluye sus días el general dando un paso al frente y afirmando: «Ojalá sirva mi sangre para que sea la última que se derrame».

Toribio Martínez Cabrera o la crónica de un olvido
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