sábado 24/7/21
vicente miguel garcía martín

Un tren en la sala de estar

Su padre empleó 7.000 horas y siete años en crear la réplica exacta de una locomotora que bien puede con una persona a cuestas. tino, heredero de unA larga tradición ferroviaria, la limpia y la custodia con orgullo
RAMIRO

León le debe mucho al tren: estamos en una tierra notablemente ferroviaria en la que centenares de familias pudieron comer, comprar casa y mandar a los hijos a estudiar fuera gracias a horas incontables espalando carbón, a madrugones diarios rumbo a Matallana y a esforzados pulsos con émbolos y pistones, todo un rosario hecho de billetes picados y de noches veladas por silbidos y campanadas, del frío de la nieve helada sobre los raíles al rojo infierno de la caldera.

Los caminos de hierro hilvanaron, unas con otras, Sahagún, León, Astorga, Ponferrada y Toral de los Vados, nudos de traviesas y parada de viajeros, viejas estaciones con toda su memoria a cuestas de maletones, cestos, cartas de recomendación, despedidas y abrazos, lágrimas y sonrisas grapadas al andén. Renfe y la titánica tarea de salvar los puertos de Pajares y Manzanal, el tren minero de Villablino, el añorado de la Ruta de la Plata... y como entrañable emblema ferroviario, el de La Robla, convoy rural y hullero, emigrante y labrantín, montañero y familiar, casi animal doméstico para los leoneses.

En este último trabajó el padre de nuestro paisano de hoy: Miguel García Sierra nació en 1904 en Guardo, al norte de Palencia, otra estación mítica para Feve, y en 1931 se trasladó a León. Fue fogonero, maquinista y jefe de maquinistas. Se estableció en una casa detrás de la estación capitalina ‘de Matallana’ y allí mismo nació Vicente Miguel, donde aún continúa residiendo. Pero García Sierra tenía una ilusión, una afición paciente y precisa: mañoso y curioso como era, construía maquetas de locomotoras. Se afanaba a ello en un tallerín que había debajo del tanque de agua, cerca de las vías. Cuenta con orgullo Vicente Miguel, Tino, como lo conocen todos, que la primera que hizo, en 1934, era de tipo americano y con la segunda, que fabricó en 1944, recibió el Premio Nacional de Artesanía. No obstante, el maquinista, gran conocedor de las tripas de aquellos hermosos gigantes, acariciaba un objetivo mucho mayor: crear una réplica exacta, de cada remache y de cada ballesta, que funcionara de verdad. Comenzó en 1950 y culminó su obra en 1957, después de, calculaba, unas 7.000 horas de trabajo entre tiempos muertos y ratos libres en los que reciclaba cuanto metal de desecho cayera en sus manos.

El resultado fue asombroso y hoy Vicente lo muestra en el salón de su casa como una preciada joya que cada poco limpia y pule. «Pesa 90 kilos con carga de agua y carbón, y mide 1,52 metros entre los topes», explica. Colocado en unas vías también a medida, se le echaba carbón con una palina y muy bien podía con una persona encima, de rodillas o asentado sobre una plataforma de madera. Por desgracia, su artífice la disfrutó más bien poco, ya que falleció en 1960.

La locomotora alcanzó gran popularidad en León: «Estuvo expuesta en Almacenes Lobato, en el Cine Azul; luego nos la pidieron desde la Feria Internacional de Muestras de Bilbao de 1958, donde la mostraron en el pabellón de la casa Wilco; y también la pidieron con motivo de la inauguración del Banco Vizcaya y la Diputación, en 1963, para el centenario de Renfe».

El propio Tino fue también factor en Feve durante 17 años, pero cambió de profesión y con gran pesar, ya que el mundo del tren le privaba y la tradición venía de atrás: su abuelo, encargado de vías y obras en el ferrocarril de La Robla; su hermano, jefe de talleres en Santander y un sobrino que también labora en ello. «Era una vida más sacrificada, se echaban muchas horas, ten en cuenta que antes eran los propios maquinistas los que limpiaban y mantenían las máquinas» dice Tino, cuyos recuerdos corren parejos a la recoleta estación leonesa («aquí aprendí hasta a andar en bici») y quien observa que antes los trabajadores de la casa «sentían los trenes como algo propio».

A la casa llegó hasta un grupo de amigos del ferrocarril alemanes, que se quedaron pasmados cuando vieron este tesoro al que no le falta detalle (hasta gatos tiene para elevar las ruedas). «Se ve que en esos países valoran más estas cosas».

Un tren en la sala de estar
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