sábado. 02.07.2022

Viaje a la felicidad de tres tribus olvidadas

Los poblados de Dande, Angels e Iwol, en el senegalés País Bassari, a tiro de piedra de Guinea Conacri, pelean contra el avance de la globalización
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Aldea de Iwol, donde hoy viven 618 indígenas en unas 800 chozas. MANUEL FÉLIX

Las mariposas vuelan contigo y el chorreo de sudor, por los 38 grados de humedad pegajosa, hace más llevadero el camino a pie por esta selva endiablada. Voy en busca de la felicidad de tres tribus olvidadas. En París, Rafa Nadal acaba de ganar su histórico 14 Roland Garros y en la aldea senegalesa de Dindifelo a nadie le excita su logro.

Las chicharras te taladran los oídos, pero todo lo compensa un viento suave, cargado del aroma dulce, fresco y potente del hibisco. Camino por senderos que ahuyentan a turistas de resort hacia Dande, Angels e Iwol, tres tribus del País Bassari muy alejadas, donde la globalización no mató aún su herencia ancestral.

Dejo atrás Kédougou. Aquí se queda Frederic Thiam, el chófer y guía que me ha llevado desde Dakar al oriente de Senegal, no muy lejos del triángulo fronterizo con Mali y Guinea Conacri. Su coche es demasiado nuevo para castigarlo por las largas pistas de tierra y charcos como piscinas, de barrizal arcilloso de la sabana que atravieso. Por eso, para llegar a la tribu de Dande subo a un turismo destartalado, con ruedas más grandes que eviten que las piedras le rasquen los bajos de la barriga. Me muevo ahora con Aruona (Aruna) y Woury (Wury), uno de ellos de la etnia Peul, contacto clave para entender a los de Dande.

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Joven de la etnia bedick en el poblado de Ángels. MANUEL FÉLIX

Después de bailar dentro del desvencijado Peugeot con motor eterno, como un bacalao al pilpil en una cacerola, comienza la verdadero reto de alcanzar a pie Dande. La aldea está situada en una planicie de lo alto de la montaña, que se alza sobre la sabana. Se accede por una senda empinada, con inclinaciones del 75% o más.

Recién comido y sin siesta, el corazón me sale por la boca y hubo un momento en el que a punto estuve de tirar la toalla. Pero, entonces, me acordé de Nadal. «Chaval, tienes que tirar p’adelante», me dije y el peul que me acompañaba debió apreciar mi cara desencajada, porque se ofreció a llevarme la mochila. Se lo agradecí, pero a los pocos metros la recuperé. Ya de morir, mejor con las botas puestas. La montaña engancha y tras el esfuerzo, la recompensa física y psicológica puede ser comparable con el mejor orgasmo que recuerdes.

Alcanzada la cima y tras recorrer un par de kilómetros en llano, sembrados de termiteros setas y frondosos árboles, de entre el ramaje se vislumbran los tejados cónicos del poblado. La felicidad vive aquí, en Dande, y todo podría resumirse en la sonrisa limpia de un niño sentado en paz sobre un pedestal, mirando como un par de niñas dan patadas a una pelota de fútbol.

A pocos metros del lugar, una mujer, con su niño atado a las espaldas, machaca mijo en un recipiente de piedra con un palo de belinga, una madera muy dura con la que se construyen puentes sobre agua salada, como el que lleva a la isla Joal Fadiú. A medida que avanzo, el viento mueve en ocasiones esencias de un bosque y aldea de misterio.

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Bicicletas aparcadas en la cima e Dande, con pendientes del 75%. MANUEL FÉLIX

Buba nos sale al camino. Tiene 23 años y es el que lleva la choza en la que dormiré esta noche. Podría decirse que es el emprendedor que se reinventa. Me enseña la palloza de base redonda de barro con techo cónico de paja. En el pueblo no hay electricidad. Sin enchufe, sin cobertura total de teléfono móvil, es el paraíso perdido para los que quieran olvidarse del resto del mundo y sus telediarios. Aquí nadie conoce las desgracias de los ucranianos, masacrados por las órdenes bélicas de Putin. Aquí sólo saben que cada día tienen que moverse con el campo y la ganadería para poder subsistir. Son una tribu nómada, que está creciendo ya como sedentaria. En 2014 contaba con 500 habitantes. Hoy, aquí, viven unos 700.

Entro en mi choza para pasar la noche y todo se me hace extraño. La ducha tiene por techo un impagable cielo estrellado africano. La pared que cubre mis intimidades al asearme me da por debajo del cuello y el agua de la que dispongo se encuentra en un cubo, en el que aparece una botella de plástico cortada por la mitad con el tapón azul enroscado. Con ese artilugio, lo introduzco en el cubo y con el agua, a poquitos, me voy duchando.

Ya en la cama, me invaden los miedos por lo desconocido. Es así como puedo llegar a cuotas elevadas de ridículo, como intentar dormir vestido en una cama con mosquitera a unos 27 grados de temperatura. Temía a los mosquitos y a que hubiera culebras que se metieran en mis botas. Por eso, hasta dormí con el goretex calado en mis pies.

Las horas no pasaban. De vez en cuando, a eso de las cuatro de la madrugada, le daba por rebuznar a un asno que tenía casi pared con pared. Y así, con mis miedos, escuchando ladrar a los perros a no se quién, a eso de las seis de la mañana se desató una sinfonía de cánticos de gallos. Fue un amanecer de cine. Los grillos cantaban entre las paredes de paja trenzada.

El cansancio y los miedos de la noche se evaporaron y todo dio paso a una luz tamizada. Única africana, entre el verdor y la frescura que soltaban los árboles.

A las ocho de la mañana ya estoy en la puerta de la escuela de Dande. No quiero perderme la entrada de los niños. Hablo con el maestro y se ve claramente que imparte orden y armonía entre sus alumnos, que se ponen en fila y se miden como cuando se hacía el servicio militar. Un grupo de niños sale de la fila y saca de debajo de un tendejón unas tablas y hierros, con los que arman el pupitre en el que recibirán las enseñanzas del día. En Dande son musulmanes y el sentido de comunidad está muy arraigado.

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Entrada a la escuela en Dande. Los niños arman su propio pupitre. MANUEL FÉLIX

Salgo de regreso a Dindifelo para ver una mina de la que se sacaba mineral para obtener pólvora y también para bañarme en una poza de agua esmeralda sobre la que cae una cascada desde más de 150 metros de altura, cuando me encuentro con una pareja de españoles. Son dos gallegos de Monforte de Lemos, profesora y fisioterapeuta, también perdidos por esta aldea de la felicidad.

Látigo y piedras en Angels

Al día siguiente, tras dormir en otra palloza, ya cerca del pueblo de Bandafassi, sobre la que se desató por la noche el diluvio universal, que hacía que el agua entrase por la ventana sin cristal directamente a la cama, el plan es llegar a la aldea de Angels. Me despido de Aruna y Wury, y retomo el viaje con Fred.

Desde el camino de tierra de la sabana, la cuesta suave se hace dura, al transitar a 37 grados entre enormes rocas graníticas. No hay otra forma de llegar que a pie. O puede que sí: en el campo base, un grupo de hombres bebe un brebaje de color lechoso. Es un fermento del fruto del baobac, que puede llegar a los 40 grados alcohólicos. Me ofrecen bebida, pero con respeto y echando la mano a la parte de mi pecho donde está el corazón, les digo que prefiero no meter mis labios en su barreño de plástico.

Un gran baobac, a modo de hechicero, da la bienvenida a la entrada de Angels. Para poder penetrar en el poblado fue necesario caminar con un habitante de la tribu, de etnia bedick. Es un pueblo pequeñito. Viven los Ketta, los Kámara y los Kanté, muy bien organizados. Cada apellido de familia desempeña un papel importante en su sociedad. Los Ketta son los jefes de pueblo (los políticos nuestros). Los Kámara los trovadores (músicos y gente de la farándula nuestra), y su función es mantener las costumbres y organizan festejos. Y los Kanté son los herederos (no sabría qué ejemplo dar de nuestra sociedad, pero podrían pasar por el pueblo llano que paga impuestos).

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MANUEL FÉLIX

Hoy están de fiesta y para que me dejen pasar, primero tengo que recibir el permiso del jefe de la tribu. El guía berick que nos conduce negocia con los jefes del lugar, mientras me ordena que espere de pie varios metros atrás, debajo del tejado de paja de una choza. Con la autorización, previo pago de 2000 cefas (menos de 2 euros) obtengo el salvoconducto para moverme por el poblado y hacer fotos. Eso sí, tengo la orden expresa de que no puedo acercarme a las mujeres para retratarlas.

De repente, como salido de la nada, veo a un tipo semidesnudo vestido con una máscara que infunde miedo. Lleva adornos en piernas brazos y cintura. En la mano porta una especie de fusta o látigo, con el que zurra a todo el que pilla, incluido yo. Todo el mundo echa a correr. En eso consiste la fiesta. Pero, me advierten: además del que suelta latigazos, aparecerá otro que lanza piedras. Y así fue. Me obligaron a meterme de forma atropellada dentro de una cabaña. Y allí estaban un grupo de mujeres bedick con sus adornos de colores en la cabeza. Hubo un momento que el calor era irrespirable y decidí salir de la choza por la otra puerta, que me condujo a una especie de corral de animales. Pero, al momento me obligaron a volver a entrar, porque se acercaba el que lanzaba piedras a los hombres, no a las mujeres. De nuevo dentro, el tipo de las piedras aporreó la puerta de la palloza y no dejaba de gritar. Las mujeres le respondieron que allí sólo estaban ellas y no podía entrar. Y así, con fiestas como estas, pasó la tarde.

Si me había desconcertado aquel lugar, con mujeres tribales muy celosas de su intimidad, aún faltaba un descoloque mayúsculo. Al dar la vuelta a la esquina de una palloza me encuentro de frente a un blanco. Era como un gorila de grande y enseñaba al aire todo su cuerpo tatuado de cintura para arriba. Hablaba español y dijo que era catalán. «¿Qué haces por aquí?», le pregunté. Y respondió que viajaba sin plan y sin rumbo.

La tarde empieza a decaer y es necesario salir de allí porque la noche se echa rápido encima y hay que volver al coche, a Bandafassi. Allí quedó el catalán, hablando a través de su guía con los berick.

De Ibel a Iwol

Iwol es la capital de los pueblos bedick. No hay forma de llegar a ella si no es a pie. Ni los caballos acceden por las dificultades del sendero. Así que, desde Ibel, a sus 618 indígenas no les queda otra que subir y bajar varias veces al día si necesitan algo. Viven en 800 chozas. Impresiona verlas en estampa panorámica, pegadas unas a otras. Ni Campo del Agua en los Ancares bercianos y leoneses.

En esta región de Kedougou, los de Iwol son los más celosos de su intimidad. No les gustan los turistas, ni los periodistas, pero admiten que los tiempos están cambiando y se empiezan a abrir a la civilización.

Su carácter es entendible, porque fue un pueblo perseguido desde el siglo XII. Procedentes de Mali, huyeron de guerras tribales y como les dominaron, escaparon pasando por Guinea. Quisieron asentarse allí, pero no pudo ser porque el rey Alfayaia les persiguió. Los quería convertir al islam, pero los bedick no quisieron y siguieron como animistas, hoy también cristianos animistas. Fue así como huyendo, acabaron en el alto de estas montañas de Senegal.

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MANUEL FÉLIX

Los soldados del rey Alfayaia les persiguieron hasta Iwol y se vieron obligados incluso a salir por la noche para alimentarse y machacar los cereales sin los morteros, con piedras, para evitar ser detectados. Finalmente, según dice la tradición, la paz llegó debido a que los bedick tenían de su parte a un diablo que envió abejas contra los soldados de Alfayaia, quien también murió retirándose del lugar por las picaduras.

Hoy, los bedick de Iwol viven en armonía y sus caras delatan felicidad, como las de Angels y Dande. Están bien organizados y empieza a verse cerca del poblado cultivos con riegos por goteo y placas solares pagadas por la cooperación internacional.

Los niños corretean descalzos por las calles de tierra y pasean con algún mono tití antes de ir a la escuela, situada en la cima de la aldea. Los bosques de baobac son sus vigilantes y aliados.

Aquí debió inventarse la paz. Nadie hoy sabe de guerras ajenas y cuando alguien cae enfermo sus conocimientos heredados son la cura. Las mujeres llevan la carga del hogar y los hombres parlamentan en una especie de plaza pública, donde se resuelven los problemas de la comunidad. Una mujer, con la nariz atravesada por un fino hueso blanco, levanta la mano para despedirnos. Nos vamos, allí se quedaron con su paz.

Viaje a la felicidad de tres tribus olvidadas
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