martes. 16.08.2022
festival celta de ortigueira

Viento fresco, música y marisco

Como cada año, coincidiendo con el segundo fin de semana de julio -y desde hace ya varios- se celebra el Festival, que este 2011 comenzará el día 7 y se prolongará hasta el 10
Arriba, pandereteiras de Leilía, y debajo ambiente que se vive en Ortigueira durante el festival.

Una buena ocasión, sobre todo para quienes amamos la música y vivimos en la provincia interior (o el interior de la provincia), para salir en busca de estimulación y bellos paisajes. El mes de julio suele ser época de calores y sofoquinas, incluso en el Bierzo Alto, luego no hay nada mejor que viajar para reencontrarse con la brisa marina, el viento fresco, la música y el marisco. «Comunismo y marisco para todos», nos cantaba el gurú gallego Antón Reixa. Por lo demás, casi siempre llueve en Ortigueira, incluso en este mes veraniego.

Como si de una prolongación natural del Bierzo se tratara, que lo es, Galicia, esa tierra amorosada donde suenan las gaitas bajo un cielo casi siempre gris y la lluvia acaba siendo arte, se convierte en el sitio perfecto para darle al baile y a la farra. Habida cuenta de que ésta es época de fiestas, festivales y dances varios, aquí y allá, resulta harto placentero enrolarse en la aventura musical de Ortigueira, ese festival, ya legendario y familiar, que desde el año de 1978 nos ofrece la posibilidad de ver y escuchar, de un modo gratuito, a aquellos músicos y bandas musicales que nos han hecho soñar despiertos al amor de la radio y los discos. Conviene destacar, no obstante, que el Festival sufrió una interrupción desde el 1988 hasta el 1994. Después de este parón retomó el pulso, y en el 2003 se le otorgó el reconocimiento de Interés Turístico Nacional, logrando el de Interés Turístico Internacional en el 2005.

Recuerdo algún año especial, en el que tocaron, entre otros buenos músicos y bandas, los escoceses Phil Cunningham (un tipo cachondo y virtuoso del acordeón) y Aly Bain (un maestro del violín) que nos hicieron vibrar de emoción; los irlandeses Lúnasa y aun las espectaculares bandas, la escocesa Johnstone Pipe Band y la bretona Bagad Kemper, compuesta por cuarenta músicos divididos en tres grupos: gaitas, bombardas y percusiones,

Confieso mi devoción por el acordeón, un instrumento bien festivo, que da mucho juego en las romerías de los pueblos. En realidad, no hace falta más que un acordeonista para amenizar una verbena popular.

También guardo gratos recuerdos de bandas y músicos gallegos como Budiño, Carlos Núñez, Susana Seivane, Milladoiro o Leilía, los rumanos Taraf de Haïdouks, los estadounidenses Béla Fleck & The Flecktones, los canadienses La Bottine Souriante, los clásicos The Chieftains, los húngaros Marta Sebestyen y Muzikas (acompañados por el magistral Alexander Belenescu, músico asimismo de la Michael Nyman Band), los escoceses Capercaillie y Wolfstone, los suecos Hedningarna, los Gaiteros de Lisboa, el vasco Kepa Junquera, el francés Alan Stivell o los siempre geniales Kroke: grupo polaco cuyos conciertos suelen provocar espasmos corporales y espirituales, pues su música es una mezcla explosiva de jazz, ritmos turcos, música zíngara y klezmer como base de sus composiciones, lo que nos ayuda a levitar cual si fuéramos derviches girando en el espacio intergaláctico. Es probable, no obstante, que me haya olvidado de algunas bandas o grupos interesantes, que a lo peor tampoco llegué a ver. Recomiendo, para quien esté verdaderamente interesado en el tema, que visite la web del Festival: www.festivaldeortigueira.com

A tenor de los grupos y bandas de música que han participado, a lo largo de la historia de este Festival de música folk, no me atrevería a decir que se trata de un encuentro de música celta (término que resulta ambiguo, discutible) sino de músicas diversas, ritmos universales.

Durante la pasada edición tuvimos la ocasión de ver, de nuevo, a la espléndida gaitera Cristina Pato, a los Gaelic Storm, Shooglenifty y a los Oysterband, entre otros.

Y esta edición 2011 se espera la presencia de los gallegos Luar na Lubre, que en su día fueron teloneros del mítico Mike Old-field, los estadounidenses The Elders o los británicos The Urban Folk Quartet.

Ortigueira es un pueblo apacible, fresco y portuario que, llegado el llamado Festival Internacional de Música Celta, se transforma en un gran escenario al que se suben algunos de los mejores músicos del mundo, al menos en su estilo, y un lugar atestado de gente dispuesta a tragarse y beberse lo que se le ponga por bandera. Música, puestos callejeros de artesanías, tenderetes improvisados de comida y bebida, chicas ofreciendo cervezas frescas entre la muchedumbre, tipos, con la botella de calimocho a cuestas, dispuestos, en algún momento de la velada, a duchar a los asistentes, recuas cargadas de comida y sobre todo bebida hasta los topes, supermercados que casi no dan abasto ante la avalancha de gentío (se ha superado la cifra de las cien mil personas) y sobre todo ambiente festivo, con ganas de marcha hasta las tantas de la madrugada durante un largo y sustancioso fin de semana.

Es Galicia, por lo demás, tierra fermosa en la que uno se siente muy a gusto. En el fondo sabemos que sobre todo los bercianos, aunque también el resto de leoneses o astur-leoneses, somos algo galleguiños, y respiramos y sentimos -"sobre todo hablamos y entonamos-" como tales. Y prueba de ello es que a uno, cuando está en Galicia, nunca le preguntan si es de otro lugar, como ocurre cuando viajamos a Andalucía, Cataluña o el País Vasco, lugares en los que acostumbran a confundirnos con gallegos.

Al berciano, en Galicia, lo tratan como a gallego porque los gallegos saben o intuyen que con quien hablan es como ellos o de parecido sentir. Con esto no pretendo reivindicar un regionalismo absurdo. Pues no hay nada peor que creerse el ombligo del mundo. Todas las tierras suelen tener su encanto. Mas Galicia es como un sentimiento arraigado, una morriña que uno lleva en el alma, un latido de gaita.

A danzar a ritmo de dulzaina, zanfona o cornamusa romana en el cabo de Ortegal, en la playa de Morouzos y aun en otros rincones del universo. Nos vemos y sentimos en Ortigueira.

Viento fresco, música y marisco
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