viernes 28.02.2020

«¿Qué importan mis genitales?»

Las familias de menores transexuales denuncian la campaña de los fundamentalistas Hazte Oír y aseguran que estudian querellarse contra ellos. Destacan que el autobús que han puesto a circular con mensajes contra la transexualidad genera sufrimiento a los menores y les provoca disforia de género. Acudirán a la Fiscalía
«¿Qué importan mis genitales?»

cristina fanjul | león

«Tenemos muchos conceptos en un mismo envase y lo único que intentamos es ponernos en la situación que nos corresponde». Jana Quintanilla es la primera transgénero que obtuvo el DNI que la identificaba como lo que es, indistintamente de que aún entonces tuviera pene. Asegura que entre los 3 y los 5 años ya se es consciente de la identidad sexual, y sostiene que en su caso la disyuntiva entre el sexo psicológico, el que el cerebro siente como bueno, y el biológico, que es el que te asigna tu genitalidad, no se dio. «Lo único que queremos es ponernos en la situación que nos corresponde». Jana tiene 54 años, con lo que cuando comenzó a descubrir que algo no encajaba, Franco aún presidía el Consejo de Ministros. «Sí, las cosas han cambiado mucho, pero este tema aún no ha salido de la oscuridad», lamenta. Se refiere al autobús con el que Hazte Oír trata de sembrar el enfrentamiento y por el que la Fiscalía ha abierto una investigación por odio. «No entraré en su juego. Quieren publicidad y yo no se la daré».

Sin embargo, muestra su temor ante la posibilidad de que esta campaña aumente el sufrimiento al que cada día se enfrentan los niños transgénero. «Los hay que han tratado de cortarse el pene con tijeras después de que en el colegio les dijeran que no pueden ser niñas por sus genitales», revela con tristeza, la tristeza de una vida apoyada sobre la mentira, «sobre la invisibilidad». Jana tiene la percepción de que su madre lo sabía. «Lo intuía. Además, tú te encargas de dejar pequeñas pistas, piedras con las que esperas alguien te encontrará», dice con tristeza. Ella se vestía con ropa de sus hermanas, jugaba con juguetes ‘impropios de su sexo’… «una vez tuve una muñeca. Me tocó en un sorteo. No me duró más de tres días porque al cuarto, mis padres se la dieron a mis hermanas. No me dejaron disfrutarla», recuerda. Sin embargo, Jana nunca se planteó el suicidio, «al revés que otros muchos niños». «No podía pensar. Tenía cinco hermanos por detrás de mí. La dureza de la vida que tuve no me dejó pensar. Desde los 13 años ya trabajaba en el campo», explica. La dureza de su vida no terminó ahí. «Tenía un maestro que era un sádico. Vomitaba el desayuno todos los días por miedo», rememora al regresar a sus tiempos escolares, unos días en los que Jana ya buscaba los corros de niñas para jugar. «Yo sabía que había algo dentro de mí que no encajaba. Pensaba que llegaría un día en que todo se me pasaría. Tenía la esperanza de que todo fuera un mal sueño». Así que Jana aceptó su rol de hombre, un rol que provocó que se hiciera invisible para la sociedad. «Yo me perdí mi infancia como niña y mi adolescencia como mujer. Además, hay niños que se sienten a gusto con sus genitales porque a una mujer no le hace más mujer tener vulva», sostiene Jana, que denuncia la situación en la que la sociedad pone a los menores cuando limita la identidad a la genitalidad. No obstante, confía en que la gente se sensibilice para que los niños de ahora no tengan que pasar lo que ellos tuvieron que padecer. En este sentido, denuncia que una de las peores lacras que sufren los transexuales es el paro. «Tenemos una tasa de paro del 80%, por eso el 99% de las mujeres transexuales están abocadas a la prostitución», deplora.

Los padres responden

Raquel Ruiz Miranda, madre de un niño transgénero y responsable de la asociación de familias de menores transexuales Chrysallis de Castilla y León, asegura que no quieren entrar «al trapo» de la provocación de este grupo fundamentalista católico. «En un principio, habíamos pensado no darles voz con nuestra respuesta, pero estamos elaborando una denuncia a través de la Fiscalía», asegura Raquel, que subraya que en la asociación sólo hay 17 familias cuando en toda España hay alrededor de 450. «La comparativa con el resto de España es triste», destaca. Denuncia además que ésta es una comunidad sin ley de igualdad de género, lo que a su entender implica un «agravio comparativo» en relación al resto de España. La ausencia de normativa oficial es la razón de que que no exista, por ejemplo, un protocolo de actuación para los colegios. «Por lo general, no tenemos problemas, pero en Valladolid hay un caso sangrante», asegura. Raquel Ruiz Miranda denuncia la campaña de los fundamentalistas de Hazte Oír por la el grave daño moral que ocasiona a los menores. «Cuando a un niño le niegan la identidad con el argumento de sus genitales, lo que estamos provocando es un rechazo a su genitalidad, una disforia de género, un problema que no sufren cuando se les respeta desde pequeños», sostiene Ruiz Miranda.

La representante de Chrysallis afirma con ironía que el problema que manifiestan los miembros de Hazte Oir es que niegan la existencia de estos niños. «Estos niños no van a desaparecer. Mi hijo me preguntaba hoy mismo que qué le importa a nadie sus genitales. Nosotros no vamos buscando debajo de la ropa de la gente», subraya. Y es que una de las reivindicaciones que realizan las familias con niños transexuales es que se respeten los tránsitos sociales de estos menores. Y pone como ejemplo la dificultad en el cambio del DNI —gestión administrativa que no puede hacerse hasta los 18 años y tras dos de hormonación—, un proceso que implica que «el Estado te exige cambiar tu cuerpo para cambiar de nombre», destaca.

Asimismo, destaca que uno de los factores fundamentales para que el niño no sufra es que se sientan escuchados y asegura que comienzan a identificarse con uno u otro género al poco de comenzar a hablar, si bien la pubertad suele ser el punto de inflexión. «El problema es que si mamá te mira raro, se rendirán», lamenta Raquel, que añade que la gran mayoría de niños tienen un ambiente de normalidad en los colegios y viven perfectamente integrados. «Estos niños no tienen por qué estar abocados a la marginalidad porque haya un grupo que quiera defender sus intereses», defiende.

Conscientes, a los dos años

La psicóloga de Awen, Carmen Villaverde, afirma que, a pesar de que la asociación tan sólo lleva en marcha un año y dos meses, ya ha prestado ayuda a varias familias. Carmen destaca que los niños comienzan a ser conscientes desde los dos año y subraya que una de las cosas que más les hace sufrir es el nombre. «Su nombre les persigue porque les gustaría que se refirieran a ellos con uno con el que se identificaran», destaca.

Uno de los problemas a los que se enfrentan los menores es la participación en la vida deportiva. «Los colegios les permiten entrenar con los equipos con los que quieren estar, pero el problema surge cuando durante las competiciones no se les deja jugar con sus compañeros porque en el DNI su identidad no ha cambiado todavía », asegura.

Carmen Villaverde sostiene que el grado de sufrimiento de estos menores es «altísimo» porque se desarrollan en un cuerpo con el que no se identifican y, además, suelen sufrir en sus relaciones afectivas. «Cuando aún no tienen seguridad, se aíslan para no verse obligados a enfrentarse a la negación o al rechazo», manifiesta. Además, la especialista recuerda que una de las barreras a las que se enfrentan los niños es al ciberacoso, que multiplica el dolor. «Nuestro mayor desafío es lograr que las mayorías se den cuenta de que existen las minorías y hay que respetarlas», defiende.

Para lograrlo, Awen ha presentado un documento para impulsar una ley de igualdad social. Asimismo, y conscientes de la importancia de la pedagogía, realizarán charlas en los centros de educación secundaria que, bajo el nombre de Diferentes, no desiguales, tratarán de concienciar a los jóvenes a la necesidad de respetar los derechos de todos. «Queremos explicarle qué hacer si eres un espectador, qué supone ser agresor y qué medidas tomar en el caso de que te sientas agredido»...

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