martes. 31.01.2023

Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Entre Navidad y Cuaresma tenemos unos domingos que sirven para ahondar en la persona y el mensaje de Cristo. Hemos de esmerarnos en la celebración del domingo, el Día del Señor, que es como un símbolo de la vida cristiana, pues en él recordamos a Cristo muerto y resucitado que se hace presente en la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Habremos de tener el valor de preguntarnos con total seriedad quién es realmente Jesús de Nazaret, qué es el cristianismo, qué es la Iglesia. Hemos de echarnos a la búsqueda intensa de Jesús. Y debemos también saber dejarnos preguntar por Él: ¿Qué buscáis? Aunque la respuesta pueda sonar de primeras bastante imprecisa y vaga: «Maestro ¿dónde vives?». Jesús no responde a la pregunta con una dirección concreta ni con un formulario teológico ni con un catálogo de normas, sino que apela a la experiencia personal: «¡Venid y lo veréis!». Comprobadlo vosotros mismos.

«¿Qué buscáis?» es la primera frase que el evangelista pone en boca de Jesús. Una pregunta que se dirige al corazón del hombre. Tal vez se trate de hacer manifiestos los deseos humanos más profundos, abriendo precisamente aquello que se encierra en lo más recóndito del corazón. Ahora bien, sólo el que sabe lo que todavía le falta puede disponerse a la búsqueda. El satisfecho está cerrado a cualquier cosa que pueda sobrevenir. La respuesta que San Juan atribuye a ambos discípulos pone de relieve el tratamiento de «Maestro», que supone el reconocimiento de Jesús por parte de los primeros discípulos (es decir, de los primeros cristianos) como quien es el auténtico y definitivo intérprete de la ley, el guía por excelencia. «Venid y ved». El Evangelio no dice más sobre el sitio donde habita Jesús ni sobre las conversaciones posteriores. Lo importante es el resultado: «Hemos encontrado al Mesías». Este era su anhelo y su deseo. Así resultará que la inquietud de búsqueda es recompensada y el deseo, satisfecho, hasta tal punto que a la vida de aquellos hombres llega una novedad decisiva. La hora de la llamada coincide con la hora del destino de su vida. Todo aquel que ha escuchado interiormente la llamada de Jesús, por muy externos que hayan sido los medios que la han producido, todo aquel que le ha seguido y ha entregado la vida por su causa, ha podido experimentar que su existencia ha alcanzado un sentido pleno. Esa llamada, en adelante, se convierte en lo inolvidable, lo incomparable y lo decisivo. Nosotros tenemos fe. Pero ¿de qué experiencia ha nacido? ¿Dónde están las razones que nos mantienen en ella? ¿De ahí pasamos a invitar a aquellos que más queremos para que compartan nuestra alegría?

«¿Qué buscáis?»
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