viernes 22/10/21
Tres generaciones en el oficio

Los anticuarios de Boñar son ángeles

‘Los del Ángel’ son la última saga de anticuarios en la provincia de León. Primero con el carro y después con la furgoneta, fueron protagonistas de una época en que se compraban iglesias enteras, santos al peso y los escaños de Cabrera y ruecas de Val de San Lorenzo que el desarrollismo despreciaba.
Ángel Sastre posa con su hijo Ángel Carlos, que actualmente está al frente del negocio de Antigüedades Ángel en Boñar. RAMIRO

«De la chatarra me pasé a la artesanía y de la artesanía al arte», comenta Ángel Sastre, afamado anticuario de Boñar que presume de haber hecho «de la clientela una gran familia». Ángel empezó en el negocio con su padre: «Desde los 14 años hasta ahora no he parado, son 80 muy vividos. No he perdido una hora en un partido de fútbol ni he ido a los toros», apostilla.

Para cuando se enganchó al oficio su padre, Juan Sastre, ya había cambiado el carro por una furgoneta. Corrían los años 50. «Era una época muy triste económicamente. En los pueblos andaban muy pobres de dinero, las querían reparar y no podían», explica. Empezaron a vender los santos «más feos, que eran los mejores» y los retablos. «Había una pega, que algunos se pasaron de listos y vendieron a escondidas. En mi caso, siempre se arreglaba con la junta o la cofradía. Reuníamos al pueblo y comprábamos», explica.

En otras ocasiones las ventas se hacían por subasta, a sobre cerrado. Esta situación la vivieron sobre todo en la Diócesis de Astorga: «Se vendieron iglesias enteras. Yo compré dos». Una fue en Los Barrios de Nistoso, pueblo que ni siquiera tenía carretera, se llegaba por un camino», recuerda. Con las 550.000 pesetas (menos de 3.500 euros) que les pagaron «hicieron la iglesia nueva y metieron la traída del agua». «Me querían dar a vender hasta la virgen, la patrona. Y les dije: Esta no la deben vender porque le da valor al pueblo. Para nosotros era un chollo, pero nos conformábamos con vivir», comenta Ángel. La otra iglesia que compraron entera fue en Turcia, pueblo de la ribera del Órbigo. «Yo mismo desmonté todos los retablos. Tenían polvo de tres siglos. No podía respirar, tenía que asomar la cabeza por una lucera y coger aire», relata.

Tiempo pasado

«Lo bonito era andar por los pueblos. ¡Cómo era la gente! La antigüedad ya está muy floja»

En los pueblos les conocían como ‘los del Ángel’, nombre que enseguida adoptaron como oficial en la propaganda que repartían y grabaron en la furgoneta.

El negocio de las antigüedades fue en aumento en aquellos años en que el desarrollismo empezó a confundir el progreso con el cemento y se tiraban por las ventanas los muebles de antaño para meter formica en las cocinas.

‘Los del Ángel’ cargaban escaños en La Cabrera, ruecas en Val de San Lorenzo... trabajos hechos a mano «que eran buscadísimos». La fiebre de las antigüedades se cotizaba en el mundo de la decoración para la creciente clase media alta que mudaba de casa. Las casas señoriales y blasonadas venidas a menos vendían sus legados. «En los pueblos se encontraron cosas preciosas y nadie sabía que lo eran, ni los curas...», apunta como resumen de aquellas décadas.

Su campo de operaciones eran los 200 kilómetros a la redonda de Boñar, donde se había instalado su padre procedente de Remellán. Ángel fue a la escuela hasta los 14 años, pero nunca ha dejado de estudiar por su cuenta. La mecánica es su pasión. Desde niño sentía curiosidad por el funcionamiento de cualquier artilugio o vehículo. Le pidió a su padre que le dejara ir de aprendiz a un taller del pueblo.

Después empezó con los relojes. Una afición que mantiene ya jubilado. «No pierdas el tiempo con los relojes», le decía su padre. No podía por menos que descomponerlos y arreglarlos para que volvieran a andar. Su padre le fue aceptando la afición «porque mis relojes iban arreglados». «Esto es lo que se va a llevar, va a ser el boom dentro de unos años», le decía Ángel a su padre animado por la afición. El furor de los relojes sumado a las antigüedades llegó cuando restauró el primer reloj de sobremesa.

«Empezaron a llevarse, aproveché y compré libros de relojería. Desde Galileo para acá iba cambiando y había que estudiarlo- Los otros anticuarios no estudiaban, compraban y vendían», apunta. El resultado era que «los relojes de Ángel andaban y los de los demás, no».

El éxito fue su perdición. «La clientela fue la que me echó a perder porque decían, vamos a donde Ángel» y los domingos se formaban colas de coches a la puerta de su taller en Boñar. Entonces vivió un calvario. «Se juntó el gremio y me denunciaron, buscaron una abogada y vinieron dos inspectores de Hacienda y me llevaron todo a decomisos de Oviedo. Decían que traficaba con relojes», cuenta aún afectado.

«Me entró una parálisis y una cosa que pasé dos años con depresión. Me qusieron destruir pero de ellos no queda ninguno y Ángel sigue aquí», añade con orgullo. Pero no se paró. Le operaron y «al año siguiente ya andaba yo por los pueblos con dos cachas». Lo que estaba parado era su caso en los juzgados. «Ángel, no puede ser, te están engañando», cuenta que le decían sus amigos Agustín Suárez y Juan Morano. «Fuimos al juzgado y estaba en un montón de papeles, el último». Su caso estaba sobreseído y nadie se lo había comunicado. «No lo perdono, eso no lo perdono», lamenta Ángel.

Ángel levantó cabeza gracias a esa familia de clientes que nunca le han abandonado. «Me venía la clientela y no me dejaban parar. Seguí y seguí y a mi hijo le pasó lo que a mí, terminó la carrera ».

Ángel Carlos Sastre, el sucesor, estudió Trabajo Social pero ha elegido quedarse con el negocio de las antigüedades. Ya no es lo que era y en la tienda ha tenido que diversificar la actividad con la venta de recuerdos y hasta de mascarillas. Ha aprendido de su padre el oficio y lo vive con pasión.

De casta le viene al galgo, dice el refrán. Y Ángel Carlos no solo tiene a su padre y a su abuelo como referente. También sus tíos abuelos se dedicaron a este negocio. Ángel Sastre recuerda que su hermano Antonio fue el precursor del Rastro en León capital poniendo quincalla en la esquina del Racimo de Oro, entonces ubicado en la plaza de San Martín o de las Tiendas. Su tío Pedro se instaló en Palanquinos.

Ahora se sale menos y el ambiente ya no es lo que era. Ni tampoco el negocio. ¡Lo bonito era andar por los pueblos! ¡Cómo era la gente y cómo es ahora! La antigüedad ya está muy floja», asegura el veterano anticuario leonés, que también sobrevivió a un grave accidente de tráfico que sufrió en aquellos en días en que no había tiempo ni para dormir. ¡Qué tiempos!

Los anticuarios de Boñar son ángeles