Diario de León

Salud

Chorizo y cecina contra el coronavirus en Wuhan

Dos leonesas se encuentran atrapadas en el epicentro del coronavirus en Wuhan. Una de ellas debe decidir, además, si huye sola de la pandemia o permanece junto a su marido chino

León

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La vida te pone al límite en muchas ocasiones. Y a sus 26 años, la leonesa Dácil Sánchez se encuentra en una doble encrucijada: subir al avión que la sacará de la Zona Cero de un virus mortífero o permanecer en la ciudad de Wuhan, mundialmente famosa por la pandemia que ha sesgado la vida a 132 personas e infectado a otras 6.000.

En su decisión para irse pesa la tranquilidad que les aportaría a sus padres, ansiosos por verla ya en León. En la de quedarse, el inmenso amor que profesa a su marido Sun Naitian, de 31 años, al que las autoridades chinas impiden abandonar el país, a pesar de disponer del visado.

La pareja vive al otro lado del río Yangtsé, en el distrito de Wuchang, lejos del foco original de la infección y se han refugiado hasta cuatro días seguidos en casa por las continuas alertas del país asiático. Por eso, la joven, que permanece en continúa comunicación con sus familiares, agradece el «buen surtido de chorizo casero y cecina» que se llevó del pueblo en su visita del pasado mes de septiembre.

Curiosamente, el matrimonio había adquirido una vivienda que están reformando en esa localidad leonesa (cuyo nombre prefieren mantener en el anonimato), para trasladarse a vivir en ella dentro de un par de meses. Sin embargo, el destino se cruzó en sus planes con un coronavirus desconocido hasta la fecha que les obliga a replantearse el futuro. Dácil nació en Canarias, pero se trasladó siendo niña a León, donde estableció fuertes vínculos. La profesión de su padre trajo a la familia primero hasta la provincia y después a Pekín. Su familia regresó de Asia a los tres años, pero ella, que había conocido en el gimnasio al que hoy es su marido, optó por quedarse. Juntos se mudaron a Wuhan hace un par de años en busca de oportunidades.

Naitian es graduado en ingeniería química, pero se ha visto obligado a realizar todo tipo de trabajos para salir adelante en su país, desde camarero a fotógrafo, locutor de radio y entrenador personal. Hasta que su normalidad se quebró hace unas semanas por el coronavirus se encargaba de un restaurante de hot pot o caldero mongol, una comida tradicional china, donde acudía 12 horas al día.

Ella empezó regentando el único restaurante español de la ciudad, Alioli, hasta que una normativa municipal tiró abajo la calle en la que se encontraba el local hace un año. Desde entonces, se dedicaba a dar clases de castellano.

Cuando estalló todo, Dácil se enteró de que el Consulado buscaba a los residentes españoles en la ciudad, así que se puse enseguida en contacto y explicó su situación al estar casada con un nativo. Sin embargo, la negativa de las autoridades chinas a que sean evacuadas todas las personas que consideran nacionales de su país ha sido rotunda desde el primer momento, lo que afecta tanto a los cónyuges chinos como a los hijos con doble nacionalidad. A Dácil le gustaría no ser protagonista de esa cruel paradoja y recuerda que en esa situación también se encuentran otras cinco familias españolas. Es más, sabe que en el grupo de unas veinte personas de España también está otra leonesa, que intentó contactar con ella.

Su idea es intentar hasta el final que su marido pueda abandonar China junto a ella, de la mano, y reconoce a su madre desde la distancia y la impotencia que, a pesar de la enorme frustración que genera el muro de las autoridades chinas, «todavía tiene esperanza». Es más, le pide por teléfono que se conozcan los casos de esas familias que no se quieren separar y que se influya para que España pueda doblegar los cerrojos chinos.

El Gobierno ha puesto ya en marcha el operativo de repatriación a los españoles en cuarentena desde el pasado jueves 23. El avión partirá entre este fin de semana y el siguiente, pero la joven no sabe qué hará. Si no consiguen los permisos para viajar los dos, puede que Dácil regrese a León sola con una sensación muy agridulce por dejarle atrás, algo que repite a su familia que es muy duro.

También sabe que si despega y a él le pasa algo no podría ayudarle. Naitian, en cambio, anima a su mujer a salir, a ponerse a salvo. El dilema posee otra dimensión: una vez que se despidan, no sabrán con certeza cuándo podrán volver a verse, porque estabilizar el brote puede llevar siete meses. El Gobierno español ya ha advertido, además, que los repatriados estarán en cuarentena al llegar. Quizás, la capacidad de supervivencia que le ha enseñado su padre, la pueda ayudar en estas horas críticas.

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