Diario de León

Las enfermeras mártires de Somiedo

Concha Espina y las princesas del martirio

El caso de las jóvenes enfermeras fusiladas, o asesinadas, constituyó un hito en la historia de la guerra ya que era la primera vez que no se respetaba la inmunidad de la Cruz Roja, la ONG humanitaria internacional creada en 1863.

Portada del libro de Concha Espina. Foto dedicada a Emilia Rodriguez de Cela, tía de Pilín y Octavia y foto de las urnas con los restos de las mártires.

Portada del libro de Concha Espina. Foto dedicada a Emilia Rodriguez de Cela, tía de Pilín y Octavia y foto de las urnas con los restos de las mártires.

Publicado por
Mercedes Unzeta Gullón | Astorga
León

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Lógicamente el hecho inaudito tuvo mucha resonancia, y el bando sublevado, al que pertenecían las enfermeras, le dio una gran divulgación. Era algo insólito que acribillaran a tiros a unas chicas jóvenes cuya única labor era humanitaria. 

Concha Espina escribió en  1940 Las princesas del martirio un pequeño libro en donde cuenta la trágica muerte, las vejaciones y los sufrimientos de las jóvenes enfermeras. Estos hechos históricos fueron conocidos y divulgados por la descripción que hizo de ellos la escritora. Fueron los únicos conocidos en mucho tiempo y en los que se han basado los divulgadores. 

Cuenta Concha Espina que tuvieron una posibilidad de huir en el momento del ataque al hospitalillo, pero que ellas decidieron quedarse junto a los heridos, heridos que, dice, fueron rematados en sus las camillas por los atacantes.

«Oyen a las libertarias discutir con los milicianos a cuenta de las señoritas, y resolver que pese encima de ellas todo el espanto de una noche, antes del terminante sacrificio…»

«En el proceso judicial, largo y sinuoso, a que dio margen este crimen, figura como testigo indirecto una carreta de bueyes, que en plena oscuridad nocturna levantó en torno a las encarceladas su estridente chirrido para que no se percibiesen en la aldea otros lamentos de alguna voz humana y delatora».

«Entre gratuitas ofensas agotan las milicianas todo su vocabulario soez, y deciden matar por su propia mano a las cautivas. Antes de verlas supieron con rencores y envidia que eran mozas guapas y elegantes. Los tigres de la columna habían dicho perversamente: ¡Vaya chicas! Son de primera… y se habló con cinismo de un reparto…»

Cuenta cómo en el fusilamiento estaban atadas entre ellas las tres enfermeras y dos falangistas a ambos lados de las tres. «Si levantáis el puño y gritáis ¡Viva Rusia! Os perdonamos, por de pronto, la vida». Con los brazos erguidos y las manos abiertas, cinco voces juntas en los mismos acentos: ¡Arriba España!¡Viva Cristo Rey!». Matan primero a los falangistas para ver si ellas sucumben, se entregan, pero ellas vuelven a gritar ¡Viva Cristo Rey!¡Arriba España!

 

Concha Espina quiso asegurarse la supervivencia frente a la limpieza ideológica

Tres milicianas son las que se brindan a disparar. Tres metros de distancia. «Las mujeronas disparan» «Ya se acabaron las señoritas» dice un valiente, y de pronto se levanta Pilín «No, falto yo» El capitán Sánchez se acerca diciendo «A ver quién vive aquí», Pilín dice «¡Dios!» y Sanchez le da el tiro de gracia».

¿Cómo se documentó Concha Espina para escribir su libro? Concha Espina escribió este libro una vez acabada la guerra y, como es lógico, se informó de los hechos y, evidentemente, sus informaciones vinieron del lado del ganador. Se basó en las declaraciones de los interminables interrogatorios que se hicieron en la zona para encontrar a los culpables y los infinitos juicios sumarísimos que se realizaron a raíz de aquella matanza. Ella no se inventó la historia, la narró con nombres y apellidos, y la dio a conocer. Y siempre que se ha hablado de Las Mártires de Somiedo se ha nombrado a Concha Espina como su cronista y única referencia de aquellos hechos, y la escritora se consolidó como la historiadora de los hechos que sucedieron en Somiedo aquellos fatídicos 27 y 28 de octubre de 1936.

Ahora, con el paso del tiempo y la memoria histórica en revisión, salen nuevas versiones de los sucesos. ¿Las fusilaron? ¿Las asesinaron? Las mataron estando en acto de servicio humanitario. Estaban en el lugar y en el momento en el que cualquier vida estaba en juego, pero su vida se la jugaron por cuestiones piadosas.

Todo lo que se ha sabido y se ha contado y se ha asentado en el imaginario general, y ha llorado y dolido la familia, es lo que había contado Concha Espina en Las princesas del martirio. Imágenes heroicas y dramáticas que hacían sobrecoger el espíritu.

Lo que sorprende de Las princesas del martirio son las expresiones que emplea en su redacción y la terminología tan radical con la que cuenta el suceso la escritora. Por un lado habla de los milicianos como: «Los asaltantes eran ‘hijos de nada’, « producto del anarquismo y la disolución de Europa», «mortífero veneno de la sociedad», «un zarpazo del tigre comunista»  y llama «brujas» «arpías» «hienas» «tiorras» y otras ‘lindezas’ a las milicianas. Por otro habla de las enfermeras como: «tres cuerdas musicales que responden a un solo ritmo castellano y al más puro abolengo racial». De los jefes, médico y sacerdote: «… con esa hidalguía natural del que es «hijo de algo», miembro de las alcurnias del alma, brote de una creencia y de una virtud que decoran al soldado, lo mismo que al general dentro del ejército católico».

Ello sorprende sobre todo teniendo en cuenta que la misma escritora había escrito en 1920 el libro El metal de los muertos sobre los conflictos mineros y sus penosas condiciones de trabajo siendo una de las primeras obras de rasgo social, y habiendo sido en 1933 una de las fundadoras de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética  creada por un grupo de intelectuales españoles cuyo fin era conocer y divulgar los logros del socialismo.

¿Por qué esos términos? Dicen unos que Concha Espina escribió aquella historia inflamada de imparcialidad y con una irritación tan delirante  porque estaba presionada por las circunstancias ya que uno de sus hijos estaba preso y ella, con aquel relato, hacía méritos para que le soltaran.

 

Víctor de la Serna, su hijo, dirigía el diario Informaciones, afín al régimen, desde 1939

Nada más lejos de la realidad. Concha Espina escribió Las princesas del martirio en 1940, ya pasada la guerra. No tenían ningún hijo preso ni en vías de ser apresado. Su nieto Jesús de la Serna me aseguró que nunca se dio esa circunstancia. Su padre Víctor de la Serna, hijo de Concha Espina, era un miembro importante de la Falange de Santander, partidario de Manuel Hedilla, sucesor de José Antonio Primo de Ribera. Cuando Franco unificó la Falange en abril de 1937, se produjeron algunos incidentes entre los falangistas al respecto de esa unificación y Victor de la Serna estuvo preso un por un corto tiempo, pero no por ser republicano sino falangista. Manifestó públicamente su adhesión al General Franco y en 1939 pasó a dirigir el diario  Informaciones absolutamente del régimen y parece que a colaborar con la embajada de la Alemania nazi. Este es el único hijo de Concha Espina que estuvo privado de libertad durante un corto periodo y que no tienen nada que ver ni en las fechas ni en la ideología con el motivo de la cólera y arrebato verbal y emocional de su libro Las princesas del martirio. Ahí las mentes confunden churras con merinas.

¿Entonces por qué Concha Espina escribió lo que escribió en los términos en los que lo escribió? Mi versión es que  a pesar de haber pertenecido a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, después de la guerra, con los dramas vividos y el cambio de situación política, quiso asegurarse la supervivencia frente a la limpieza ideológica que siguió a la victoria franquista como hicieron otros muchos, muchos, intelectuales del grupo firmante de aquella Asociación.

Otra razón, que pienso puedo influir bastante en su furibunda ira a la hora de escribir el relato de los acontecimientos, fue su entrañable amistad que mantenía con Doña Emilia Rodriguez de Cela, tía de la asesinada enfermera Pilar Gullón, con la que  Concha Espina compartió muchas tardes cuando la escritora residió en Astorga, en casa de su hermana, para escribir su famosa novela La Esfinge Maragata. Pilín  (Pilar Gullón) era una persona muy querida para la familia y por supuesto para «la tía Emilia», así que el estallido de rabia de Concha Espina también  pudo surgir del cariño, la amistad y el dolor por el sufrimiento de su querida amiga.

Y a todo esto se suma la profunda religiosidad de Concha Espina, confirmada por su nieto Jesús de la Serna. Los acontecimientos que le contaron de aquel trágico suceso le debieron parecer una barbaridad de barbarie desde todos los puntos de vista y desde luego los religiosos, y así lo expresó con furia en un pequeño libro, seguramente sin pensar  que lo que contaba en sus páginas iba a ser lo único contado de aquel suceso histórico. La única historia conocida de la Historia durante mucho tiempo.

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