lunes. 05.12.2022
                      José Luis Castaño del Riego, en la huerta de la casa rectoral de Fresno de la Vega, con los primeros pimientos morrones de la cosecha. GAITERO
José Luis Castaño del Riego, en la huerta de la casa rectoral de Fresno de la Vega, con los primeros pimientos morrones de la cosecha. GAITERO

La huerta del cura de Fresno de la Vega, en la casa parroquial, es un vergel. Las tomateras y las plantas de pimiento morrón son la estrella cuando el verano está a punto de finalizar y los surcos dan sus mejores frutos. «Este año con poca fruta —lamenta— porque nos la llevó la helada y la primavera me pilló operado y no he podido hacer toda la labor».

José Luis Castaño del Riego (Cela. Paradeseca. 1936) está tan orgulloso de la huerta como de su sacerdocio arraigado desde los comienzos en el medio rural. «Empecé en Valdespino Cerón hace 63 años, donde sucedí a un hermano cura, Fabián, que fue canónigo y falleció hace cuatro años. Me dejó esa prebenda. Era un pueblín solo y entonces tenía unos 400 habitantes y 60 niños en las escuelas», recuerda. Estuvo 14 años.

En 1973 fue trasladado a Fresno de la Vega por el obispo Luis Larrea. Desde entonces, ha vivido «sobre todo cambios demográficos porque ha muerto mucha gente. He enterrado ya a la mitad de los que encontré cuando llegué. Entonces pasaban de mil habitantes y ahora no llegan a 500. Ya les digo si acabaréis vosotros conmigo o yo con vosotros, porque a lo que más nos dedicamos en los pueblos es a enterrar».

Hacía siete años que no casaba a nadie en la parroquia y este verano, en el mismo día, se le juntaron cuatro ceremonias: «Una fiesta en Velilla, a las seis estaba programada la boda, acto seguido tenía que enterrar a una señora que trajeron de León y después la misa del sábado en Fresno». Agosto es un mes atareado para los curas. Los veraneantes reservan para estas fechas celebraciones como las bodas de plata u oro, se proclaman los quintos.

Don José Luis, como le llaman en el pueblo a la antigua usanza, está al cargo, a sus 86 años, de las parroquias de Fresno de la Vega, Velilla, Morilla de los Oteros, y Pobladura, de oficio, y también atiende Cubillas de los Oteros y la residencia de mayores de Fresno. También le tocó asistir a Cabañas en la fiesta de San Luis.

Sus primeros años de vida fueron movidos, debido a que su madre era maestra. Fue el tercero de cinco hermanos. «Cada uno nacimos en un sitio. A mi me tocó en Cela, un pueblo a 14 kilómetros por encima de Villafranca del Bierzo y me bautizaron en una parroquia de Lugo. Estaba ella sola con los tres hijos, porque mi padre estuvo dos años en la guerra», relata.

Se crió en Villar de Mazarife, «donde mi madre fue maestra durante 30 años». Su padre se dedicó a la labranza tras «trasladar el poco capital que tenía» de Villamarco de las Matas. Sabía del oficio de la tierra desde niño pero su dedicación a la huerta en Fresno de la Vega la relaciona con su vinculación al Movimiento Rural Cristiano. «Siempre fui hortelano, pero me ha gustado ser, más que nada, lo que son en cada pueblo. Un poco encarnarme», apostilla.

Primer destino
«Cuando estuve en Valdespino Cerón creamos una cooperativa y luego fui emigrante»

«Cuando estuve en Valdespino Cerón, un pueblo de secano, lo que hicimos fue crear una cooperativa. Luego se acabó pero benefició mucho al pueblo. Eran todos trabajadores por cuenta ajena y cuando se jubilaron tenían mil pesetas más de jubilación».

Con el tiempo, siguiendo los pasos del pueblo, «me hice emigrante». Mucha gente se fue a Suiza y durante un mes, con permiso del obispo, trabajó poniendo parqué en las viviendas y «visité toda Suiza». «Me hice emigrante con ellos y en Fresno me he hecho hortelano, me gustado el oficio; no es que presuma, porque a eso no les gana nadie en este pueblo», asegura.

La huerta, por la que juegan los gatos que siempre le acompañan, le sirve de distracción y de punto de encuentro, intercambio de saberes y confidencias. «Aquí pasa mucha gente», quizá más que por el confesionario.

Una dedicación que junto con las gallinas, conejos y colmenas surte su mesa de productos de casa. De la huerta sale la ensalada o combinado que le gusta preparar para varios días en verano. Desde que hace un año falleció Chon, la ama que vino con él desde Valdespino Cerón, otra mujer le ayuda con las tareas de casa dos veces a la semana. «En Valdespino Cerón estuve de patrona en casa de Chon y durante cincuenta años ella se ocupó de las comidas». «He estado asistido, que es una suerte que no tienen todos los curas», apostilla.

La soledad es una de las cosas que le preocupa ahora. No tanto la suya como la que ve a su alrededor. «Fresno era un pueblo de solteros, había casas en las que había hasta seis solteros. Con el tiempo se van quedando solos y eso se suman las viudas y viudos», explica.

«Hay que encarnarse en cada situación e incluso en la soledad de la gente.», reitera el cura, al explicar la filosofía del Movimiento Rural Cristiano. Encarnarse, explica, es «sentirlo, charlar con ellos y visitarlos. Hacer lo que se pueda hacer para que la gente se encuentre más asistida».

«El drama de nuestro siglo es la soledad, acaso más dura en la capital que en los pueblos, aquí nos pueden faltar medios pero en la ciudad viven en los pisos solos y no se ven», reflexiona el sacerdote.

En la parroquia, admite, son las mujeres las que más se implican. Sin embargo, no cree que el problema de las vocaciones se arregle con el reconocimiento del sacerdocio femenino ni ordenando a casados.

Cambios en la iglesia
«Más que ordenar mujeres o a casados, hay que despertar al gigante, que son los seglares»

En su opinión, «lo que hay que despertar al gigante, que son los seglares». La experiencia que ha tenido este año, mientras estuvo hospitalizado, en plena Semana Santa, le sirve como argumento. «Las mujeres hicieron la procesión de Viernes Santo y el Encuentro. Me dio una gran satisfacción que se hicieran las procesiones sin cura. Es una experiencia grata», que sorprendió al Grupo de Vida Ascendente que hizo su reunión anual en Fresno de la Vega.

Para el Corpus se presentó otra ocasión similar. Todavía no se encontraba con fuerzas para portar la custodia y fueron los niños y niñas de primera comunión del pueblo los que se ocuparon de llevarla. «Un abuelo preparó un artilugio y lo portaron ellos», comenta.

Esta experiencia le reafirma en su idea de que «hay que dar posibilidades a la gente, que los seglares intervengan más porque iglesia somos todos y el cura debe quedar para confesar y decir misa». Como derecho y como deber, dice recordando el espíritu del Sinodo Caminando Juntos que está en proceso tras la fase a pie de parroquias.

Castaño no ha notado que la pandemia haya aumentado la religiosidad. «Nos ha separado de la reunión de los hermanos y ahora algunas personas se encuentran a gusto en casa viendo la misa por televisión y si no nos vemos en misa, no nos vemos en todo el día».

Tan orgulloso como de la huerta, está este cura a octogenario de las obras en la iglesia de San Miguel, desde el tejado a la restauración de imágenes. «Te ocupa y te preocupa», dice porque son cuatro iglesias las que tiene a cargo. «La jubilación la tengo pedida, pero en el mundo rural y dentro del movimiento de Vida Ascendente tenemos un lema: Nosotros a luchar y trabajar como los rayos del sol. Alumbrar hasta que los rayos del sol alcancen».

Para conservarse
«Cultivo la huerta, no sulfato, duermo poco, como sano, no tuiteo y no discuto ni me enfado»

En el pueblo se siente a gusto.Le gusta compartir su lema para la longevidad activa: «Cultivo la huerta, no sulfato, duermo poco y como sano; leo prensa, escucho radio, no tuiteo y no discuto y no me enfado y si alguno me dice: A lo mejor no es por eso; le contesto: Pues tienes razón». Así no hay quien discuta.

José Luis Castaño se reivindica como «cura de pueblo» por encima de «el cura del pueblo» y es de los que antepone la calidad a la cantidad, en la huerta y en la iglesia. «Más misa y menos misas», es otro de sus dichos preferidos.

Del carácter del pueblo destaca que son más aficionados a cultivar y mercadear que a la cultura. «Ya me lo dijeron», dice. «La característica son las hortalizas y el mercado y tienen que preparar. Pero nos hemos llevado siempre bien», detecta.

En lo económico, «se defienden bien» y en el aspecto urbanístico y de avances las mejoras son evidentes: «Cuando vine estaba sin asfaltar y ahora tenemos fibra óptica». Lo que echa en falta es más apego a la tierra de las nuevas generaciones. «No quieren seguir, los hijos del pueblo no quieren quedarse. Trabajan en lo que sea porque la horticultura es muy esclava y quedan pocos hortelanos».

El cura hortelano, que este fin de semana está de fiesta con la Feria del Pimiento Morrón de Fresno de la Vega, echa en falta un poco más de unión entre la gente. «Cuando vine había una cooperativa, pero viven bien y eso les hace sentirse independientes». No es lo mismo el rural secano que el rural de hortalizas, dice don José Luis.

El cura hortelano de Fresno de la Vega
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