sábado. 26.11.2022
Las enfermeras mártires de Somiedo

El copo

El copo relata la batalla que se produce en el puerto de Somiedo cuando las tropas milicianas rodean a las sublevadas. El comandante Berrocal saca bandera blanca para parlamentar. El tiroteo que se oye cuando bajan los milicianos desencadena la tragedia.
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Olga y Octavia de enfermeras con soldados. FONDO UNZETA GULLÓN

En el avance militar de los salvadores de la patria de las hordas marxistas, es decir, de los militares sublevados, está como objetivo primordial controlar a los rebeldes asturianos. Todavía están frescos los recuerdos, para ambas partes, de los trágicos acontecimientos de la Revolución de octubre del 34. Movimiento que se produjo en toda España pero fue principalmente relevante y violento en Asturias donde los mineros estaban bien organizados  y además tenían mucha dinamita a mano, la que utilizaban para la actividad minera y a la que rápidamente podían darle otro uso.

Los mineros se apropiaron también de las fábricas de armas y se hicieron fuertes, proclamando en Gijón la `República Socialista Asturiana’. Dos años  habían pasado, tan sólo, de la durísima represión que los militares del bienio conservador (o bienio negro) de la ll República habían ejercido en aquella ocasión sobre el Principado, violencia que podría considerarse como el preludio de la sublevación del 36. Los rencores estaban muy frescos todavía. «La revolución auténtica y salvadora para España… ha empezado.» «De cruces y espadas está hecho nuestro pasado, y en la cruz y las espadas tiene que cimentarse nuestro porvenir», proclamaba en el 34 el político Honorio Maura.
El conflicto para los sublevados en ese momento (julio 1936) del inicio de la guerra en la provincia de León está, por ende, en las cuencas mineras y las líneas fronterizas con Asturias. Inmediatamente se ocupan los lugares estratégicos de las montañas limítrofes, los pasos de comunicación. Entre ellos está el Puerto de Somiedo, una braña vaqueira, situada a 1.485 metros de altitud, de la Cordillera Cantábrica, a cuyos pastos suben en verano el ganado desde los 200m. del Concejo de Belmonte. Es un lugar, en el límite de las dos provincias.

En agosto del 36 dos compañías de fusiles, una escuadra de morteros y media sección de ametralladoras con 480 soldados pertenecientes al Regimiento Burgos, del ejército nacional, ocupa El Puerto. El comandante Berrocal instala la Comandancia en la casona más grande del lugar. Allí se instalan los mandos,  el médico, el cura y más tarde las tres enfermeras.

El enclave es estratégico. El poblado está rodeado de altas colinas rocosas, por lo que el comandante sitúa en lo alto de esas peñas unas posiciones de defensa. Los milicianos asturianos se mueven dispersos, poco armados y poco organizados por la zona pero con un espíritu empeñoso y muy rebelde a la nueva autoridad que pretende imponerse en el país. La altitud de estas peñas permite al destacamento militar otear mejor los movimientos de ese enemigo ágil que conoce bien las montañas y se mueve con ligereza. 

No existe un frente abierto en la zona. El frente más importante hasta este momento en Asturias se encontraba en el cerco de la ciudad de Oviedo. El coronel Aranda, máximo representante militar en Oviedo, se ha unido a la sublevación y se ha hecho fuerte en la ciudad. Ante ese movimiento las fuerzas republicanas cercaron la capital asturiana. Se da una situación revertida a la vivida justamente dos años antes, en octubre del 34, cuando los mineros revolucionarios se habían hecho fuertes en Oviedo. 
Entonces, la respuesta gubernamental (bienio conservador), orquestada desde Madrid por los generales Franco y Goded, fue durísima, utilizando las tropas de la Legión y de Regulares traídas de Marruecos. Ahora, con el frente Popular en el poder, los mineros no están dispuestos a que se repita la masacre anterior y están envalentonados en su determinación de impedir que de nuevo los mismos generales, ahora sublevados, se impongan por la fuerza en el curso político del país. Han cercado a la capital, pero les está costando entrar. 

El coronel Aranda, atrincherado en Oviedo, resiste el cerco aunque la situación está al límite, está esperando refuerzos de las tropas que vienen por la costa desde Galicia que ya está en poder de los llamados nacionales. Los republicanos lo saben y lo temen. Si llegan los refuerzos no tienen nada que hacer. El 17 de octubre la columna de Galicia logra enlazar con los sitiados, sumarse a las fuerzas de Aranda  y levantar el cerco de la ciudad. Los republicanos, agotadas sus municiones, tuvieron que retirarse. 
Este fracaso de las fuerzas republicanas les impulsa a realizar una ofensiva rápida y eficaz que garantice una victoria significativa y levante los ánimos de los milicianos. Así que deciden atacar otro frente organizando un golpe sorpresivo a los militares insurrectos.

Eligen las montañas de Somiedo. Saben y conocen que en la braña de El Puerto hay un destacamento militar instalado desde agosto. Se trata de algunas compañías de los batallones del Regimiento de Burgos, comandadas por el comandante Berrocal. Deciden que ese será  su blanco. Organizan un Batallón con todos los milicianos voluntarios de la zona, la mayoría mineros, que conocen bien esas montañas. 

Una vez elegido el objetivo, estudian la estrategia. Disponen atacar al unísono —para restar en lo posible la oportunidad de defensa—, y de madrugada, las posiciones de las peñas que defienden el pueblo y, por supuesto, la Comandancia. Protegidos por la oscuridad de la noche, el 27 de octubre (del 36),  ascienden por los riscos y llegan a la cumbre sin ser vistos. Asaltan las trincheras cuando todos dormían y el efecto sorpresa, favorecido por la nocturnidad, hace del ataque un éxito. 

Desactivada la defensa de las alturas los vencedores milicianos bajan al pueblo y lo rodean. En la Comandancia se encuentran, además del comandante Berrocal, un capitán,  dos alféreces,  tres sargentos, el capellán,  el médico y las tres enfermeras. Todos se han despertado estremecidos con los sonidos de las armas que retumban entre las paredes rocosas de las montañas protectoras. Berrocal, rápidamente avisa a León de la situación «han atacado sus posiciones y están rodeados». León contesta que les manda refuerzos de inmediato. También desde Villablino, que está mucho más cerca, sale rápidamente una caravana.

Los milicianos están en una posición ventajosa e instan al comandante a la rendición. Este lo tiene feo, está rodeado, no tiene escapatoria, pero Berrocal se resiste a claudicar. Su estrategia consiste en ganar tiempo para dar oportunidad a que le lleguen los refuerzos prometidos. La distancia desde León es larga y los que vienen de Villablino han sido interceptados por los mineros. Los refuerzos no acaban de llegar. Los milicianos se impacientan. El comandante saca entonces bandera blanca y pide interlocutores para parlamentar. 

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Pilín con dos soldados. FONDO UNZETA GULLÓN

Entre los milicianos nadie quiere acercarse a la Comandancia para ese  parlamento. No se fían. El capitán del Batallón les dice «no vayáis que el fascismo es traidor». Finalmente se envalentonan dos buenos mozos, uno de ellos es un apreciado y valiente miliciano, uno de sus dirigentes, Ignacio Menazas Santos, «pues vamos, coño, que no digan que tenemos miedo»(relato de un miliciano).

Llegan a la Comandancia para parlamentar pero parece que  dos falangistas, muy exaltados, no pueden reprimir su odio y disparan contra los milicianos parlamentarios aniquilándolos.

Los milicianos que rodean el pueblo oyen las descargas y entienden que sus emisarios han sido tiroteados. Ese es el detonante que faltaba para iniciar el ataque al pueblo. Furiosos ante la traición rompen la tregua y atacan. Se establece, entonces, un duro enfrentamiento sostenido por la dinamita de los mineros hasta que, agotadas las municiones y ya sin esperanzas de que lleguen los refuerzos, se rinden los militares del Regimiento de Burgos. Se acercan los milicianos de sus posiciones en los prados cercanos, entran en el pueblo y en la Comandancia y cogen prisioneros a todos los que se encontraban en ella. Naturalmente las tres enfermeras de la Cruz Roja, Pilín, Octavia y Olga estaban allí.

Éxito rotundo de los republicanos sobre el ejército sublevado que consideran como un soplo de desagravio y de esperanza, lo que les llena de satisfacción. El descrédito por la pérdida de Oviedo está en algo reparado. A partir de aquí existen infinidad de versiones sobre lo que pasó a las prisioneras enfermeras. 

El copo
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