jueves. 02.02.2023
«EN EL PRINCIPIO moraba / el Verbo y en Dios vivía / en quien su felicidad / infinita poseía. / El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía. / Él moraba en el principio / y principio no tenía. / Él era el mismo principio; / por eso de él carecía». Muchas veces hemos leído estos versos con los que San Juan de la Cruz empieza esa larga narración en romance que culmina con el nacimiento de Jesús. En estas estrofas primeras, el Santo nos introduce en el ámbito del misterio trinitario de Dios. A poca sensibilidad que tenga el lector, podrá percibir que estas estrofas son más que un puro ejercicio literario: son la meditación de un creyente cristiano que se asoma al misterio de la autorrevelación de Dios. En unos tiempos en los que, tanto los regímenes dictatoriales como los países más democráticos, prohíben los signos externos de la fe, tal vez haya que confiar a la memoria estas preciosas señas de identidad. Humilde y glorioso Porque, efectivamente, estos versos de Juan de la Cruz nos remiten al prólogo del cuarto evangelio. En estos días del ciclo de Navidad ese prólogo admirable es proclamado varias veces. Nuestra imaginación se ve atraída por el relato del evangelio de Lucas, que nos habla de pastores y rebaños. Y se siente fascinada por el texto del evangelio de Mateo que nos recuerda la comitiva de los Magos llegados del oriente para adorar al Rey de los judíos. Pero la Liturgia se empeña en recordarnos el principio de todos los principios. El niño que nace en un portal es la encarnación de la Palabra eterna de Dios. El que nace en la tierra es el que nunca ha nacido en los cielos. El humilde ha sido glorioso desde siempre. El que se muestra en el tiempo sabe a eternidad. En Él se nos revela lo que Dios es. Y en Él se nos descubre lo que el hombre puede llegar a ser. El pueblo dice que las apariencias engañan. Al escuchar el poema con que comienza el evangelio de Juan sabemos que las apariencias nos llevan a descubrir la Verdad. 1397124194 Oír y ver Hay una frase en este prólogo evangélico que resuena de forma nueva en estos días: «La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria». Hay que volver a meditar ese mensaje. ¿ «La Palabra se hizo carne». El proyecto de Dios no es una idea abstracta: es ahora uno de los nuestros. La carne ofrece una nota de fragilidad humana a la fuerza soberana de la gloria divina. Aquella Palabra depende ahora de nuestra capacidad de escucha. ¿ «Acampó entre nosotros». La peripecia humana es como una peregrinación por el desierto. Pero en medio de las tiendas en las que nos guarecemos, se ha plantado una tienda nueva. En ella se aloja el que es Palabra de Dios para acompañar nuestros silencios. ¿ «Hemos contemplado su gloria». Si desconfiamos de nuestros oídos habremos de confiar en nuestros ojos. Porque la Palabra de Dios no sólo se deja oír. Gracias a su Encarnación, se deja también ver. Al escuchar la Palabra de Dios vemos su gloria y la nuestra. - Señor Jesús, Palabra e Imagen de Dios, que has entrado en nuestra historia para orientarnos en el camino, hoy te agradecemos los dones de gracia y de verdad que por ti nos han venido. Amén.

El mismo Verbo Dios era
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