viernes 10.04.2020

El Zeppelin del Esla

para cruzar el río Esla entre Villapadierna y Santíbañez, el ingenio popular sorteó el obstáculo con un un curioso paso volador que ni era globo, ni era dirigible, pero al que bautizaron con el nombre de Zeppelin. Pedro Díez Corral, que ‘zeppelineó’ bastante, relata
Pedro Díez Corral conserva los recuerdos de su pueblo, Santibáñez de Rueda, desde su retiro en Madrid.
Pedro Díez Corral conserva los recuerdos de su pueblo, Santibáñez de Rueda, desde su retiro en Madrid.

Pedro Díez Corral nació en Santibáñez de Rueda en 1939. Tres años después haría su primer viaje sobre el curso del Esla el Zeppelín que dio salida a su pueblo natal hacia Villapadierna, en la margen izquierda del río. «No había carretera y por lo tanto no existía medio de transporte, sobre todo en situaciones de emergencia», explica. «Por el otro lado del río, o sea, por Villapadierna sí había carretera y pasaba un coche de línea por la mañana y otro por la tarde» para ir a León que «era la civilización».

Como hacer un puente sobre el Esla no es cosa fácil —casi una década esperan ya más de cuarenta pueblos entre San Miguel de Escalada y La Aldea del Puente en pleno siglo XXI— los pueblos inventaron todo tipo de ingenios. Las barcas de maroma fueron una solución aguas abajo entre Villalobar y Cabreros del Río, entre Fresno y Villamañán, entre Villaornate y Villarrabines...

Las barcas se desplazaban de orilla a orilla mediante un sistema de cableado que permitía luchar contra la corriente de este río bravo, el más caudaloso de la cuenca del Duero. La solución aérea del pueblo de Santibáñez de Rueda es una de las más originales, sin desmerecer aquel puente colgante de Ramiro sobre el río Cabrera entre Quereño y Puente Domingo Flórez.

El invento se bautizó como El Zeppelin. Un guiño al primer artefacto volador que pudo ser controlado en un viaje de larga duración allá por 1900. Treinta años después dejó de usarse, pero una versión muy singular circuló durante de dos décadas sobre las aguas del Esla. Hasta que en 1962 se inauguró el puente colgante, que duró hasta 1978.

Pedro Díez Corral no sabe a quién se le ocurrió la idea. «Corría el año 1942, siendo alcalde de Santibáñez, don Ángel Corral, el de la señora Sabina, padre de Froilana y de Juanín». A quien se le ocurriera conocía bien las minas de Sabero porque su construcción se basó en las vagonetas que usaba la compañía Hulleras de Sabero, empresa que al parecer donó los cables para poder atravesar el río. Si era por interés en facilitar el trasiego de obreros a los pozos de carbón, Pedro lo desconoce.

El Zeppelin se hizo con un cajón de madera de unos 80 centímetros de alto, 1,50 de largo y entre 60 y 70 centímetros de profundidad. «En los laterales de la parte delantera y la parte trasera tenía acopladas unas poleas de hierro amarradas con unos buenos tornillos». Con esta precisión describe Díez Corral El Zeppelin. El cajón iba montado sobre dos cables de hierro gruesos. Por ellos se deslizaban las poleas protegidas con unas abrazaderas de hierro «para evitar el descarrilamiento», precisa.

Con unos robles sin escuadrar se fabricaron «unos pilares pistonudos», añade este hombre que, desde Madrid, recuerda la proeza del artefacto aéreo y se ha molestado en dejarla por escrito para compartirla con los asiduos de la página web de su pueblo.

Los pilares fueron anclados en un agujero de cierta profundidad y «bien recibidos» por hormigón y les adosaron unos husillos para poder tensar los cables, cosa que no era fácil dada la longitud de la travesía, el cauce tiene una anchura entre 60 y 80 metros.

El Zeppelin se convirtió en una especie de concesión administrativa que explotaban diferentes vecinos por rigurosa adjudicación a la baja cada cuatro años. El zeppelinero cobraba 50 centímos de peseta por cada viaje, «lo mismo en invierno que en verano». Al igual que los barqueros (y barqueras) en otros puntos del Esla, se resguardaba de las inclemencias en una choza construida a tal fin y rematada con tapines para mayor confortabilidad.

El zeppelinero debía adquirir una pericia para manejar el artefacto aéreo y algunos hicieron de la conducción un arte. «La salida era fácil, casi iba solo el cajón, andaba con su propio peso al estar un poco cuesta abajo. Lo difícil era llegar a la otra orilla ya que los cables hacían una especie de comba», aclara Pedro Díez Corral.

Para llegar a la otra orilla «se agarraba con las dos manos a los laterales del cajón y colocaba los pies sobre uno de los cables presionando fuertemente y moviendo uno detrás de otro como si estuviera caminando. Con esta maniobra, el Zepelin cogía velocidad y llegaba al final «casi por inercia».

Entre los zeppelineros que se recuerdan Pedro Díez menciona que el primero fue el señor Emiliano, aunque lo atendía su hijo Rosendo. El segundo fue el señor Abilio y lo atendía él mismo. Y el tercero fue el señor Aurelio, que también era caminero. Lo atendía su hijo Honorino, un «gran narrador de trolas» que entretenía bien al personal.

La jornada laboral duraba desde primeras horas de la mañana hasta las ocho de la tarde. Pero por las razones que fuera el zepelinero a veces no estaba al otro lado del río para pasar a buscar a los viajeros que querían cruzar desde Villapadierna. O no oía que le reclamaban. Y los más aguerridos se atrevían a cruzar al otro lado arrastrándose en horizontal sobre los cables del ingenio. «En este menester creo que mi tío Pedro batió todos los récords. Se le ocurrió buscar novia en Villapadierna, con lo cual se casa después de algunos años de zeppelinear». También ocurrieron algunos percances por el atrevimiento. Como una ocasión en que varios que venían de la verbena se aventuraron a pasar al otro lado zeppelineado sobre los cables. Eran «Manolo, el de Gaspar, Ángel el de mi tío Pepe, Antonio el de Pinito y Pablo el de mi tío José», recuerda.

Iban a distancia unos de otros y «cuando los dos primeros llegaron a los cascajales, se dejaron caer al suelo provocando con el impulso que los cables se abrieran «y dieran con sus huesos en el agua del río los dos que venían un poco retrasados».

De aquellos años de voladores entre Santibáñez y Villapadierna se recuerdan anécdotas como el viaje de Amparo, la de Carbajal, cuando fue a comprar la ropa para casarse con Pablo, el novio, y su hermana Carola, y Anuncia, la hermana de Amparo. Son quedan los recuerdos. Ya no hay Zeppelin ni puente colgante. Queda el río.

El Zeppelin del Esla