martes 15.10.2019
Sociedad

La emigración en verso

Felisa Fuertes Brusca emigró a Francia en 1963 para ganar unos francos y comprar una máquina de segar y atar. Se quedó 33 años, siete meses y dos días como sirvienta. Al separarse de su hija a los 13 años empezó a escribir en una vieja agenda sus ‘Vivencias de una emigrante’..
Felisa Fuertes es la autora del libro ‘Vivencias de una emigrante’, que se vende en las librerías Artemis y Valderas. MARCIANO PÉREZ
Felisa Fuertes es la autora del libro ‘Vivencias de una emigrante’, que se vende en las librerías Artemis y Valderas. MARCIANO PÉREZ

«Eran años muy malos para el campo y estuve durante un año machacando a mi padre para que me dejase ir a Francia», explica Felisa Fuertes Brusca en casa de su hija en el barrio de Pinilla. Durante el curso la ayuda con las niñas y cuando puede vuelve a Gavilanes de Órbigo, donde vive con su compañero.

Tenía 21 años cuando salió de casa en Rillo, un pueblo minero de Teruel, y emprendió desde Zaragoza el viaje a la emigración con otra muchacha. Era el 10 de marzo de 1963. «Fui sin trabajo, sin papeles y sin dinero para poder volver», recuerda. Ahora esta frase es fácil escucharla en España de gentes de otros países. La idea era ganar los francos necesarios para destinarlos a una mínima mecanización de las labores del campo. «Quería comprar una máquina de segar y atar», explica.

Al llegar a Niza, su punto de destino, se vieron solas en la estación pues la persona de contacto no llegó a tiempo a buscar a las muchachas. Sin dinero con qué pagarlo, cogieron un taxi hasta la dirección que llevaban apuntada. El primer trabajo fue el que rechazó su amiga en una casa para sustituir a otra empleada.

A los 40 días se fue a París, donde tenía familia y aún tiene una hermana, Piedad. La historia de Felisa Fuertes es la miles de españolas que emigraron en los años 60 y limpiaron las casas y criaron a los hijos e hijas de las familias francesas en las que recalaban. Cuenta que cuando se hablaba de la capital de España decían que «no es Madrid, sino Nuyi».

Era un barrio donde vivían y trabajaban miles de españoles. De la familia de Felisa fueron otras dos hermanas y de quien luego se convirtió en compañero y padre de su hija, un leonés de Gavilanes de Órbigo, emigraron tres hermanas más y un hermano.

Aún quedan en Francia 6.527 leoneses y leonesas censados, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Es el país con mayor número de residentes de León en el extranjero, que suman 52.845 en el último padrón.

Felisa Fuertes hizo lo que muchas españolas en Francia, con la particularidad de que sin apenas saber leer y escribir ha plasmado en cientos de versos su experiencia en la emigración. Un libro publicado recientemente con el apoyo del Ágora de la Poesía, Vivencias de una emigrante, saca a la luz una selección de estos poemas que empezó a escribir en un viejo dietario de 1943 —corrían ya los años 80— en los momentos más tristes de su vida, cuando tuvo que separarse de su hija, Marilú, al cumplir esta los 13 años.

«Su padre la trajo para León a un internado porque pensaba que si se hacía moza allí ya echaría raíces y no querría volver a España», explica. La idea de escribir no había pasado por su cabeza hasta que un día oyó a una señora mayor de su pueblo, analfabeta, recitar versos. Y probó. Uno de sus primeros poemas es una carta llena de consejos y cariño a la hija, que estaba en las Pastorinas.

«Mis cartas ya no son cartas / son una fotografía / que todas dicen lo mismo y son una monotonía / A ser buena y obediente / no te portes nunca mal / Estudia bien cada día / es por tu bien, ya verás/ Y come bien la comida para crecer hija mía/ Tápate a la salida / No te acatarres mi vida / No te olvides de tus papás / Esperan siempre tus cartas / con una gran ansiedad/ y ¿sabes tú vida mía? /Te quiero más cada día / No lo olvides hija mía / Y firmo yo, tú mama/

A los tres años, su compañero regresó a España y Felisa se vio ante la disyuntiva de retornar «sin trabajo y sin tener dónde ganarme la vida» o quedarse sola en Francia.

Eligió lo segundo y veía a su hija en vacaciones. Trabajaba desde las siete de la mañana hasta la noche. Y en los descansos muchas veces buscaba otro empleo para ahorrar un poco más. Escribía de noche, en su cuarto cuando el insomnio le acechaba y la tristeza se apoderaba de su ánimo. «Los más buenos son de cuando me cogía más triste», confiesa.

También dedica muchos versos a los sentimientos que afloran cuando se vive y se trabaja duro en la diáspora. «Se prohibe uno de todo / de todo en general / Si uno quiere ahorrar dinero / y una casa o un piso poder comprar / algunos no tendremos suerte / a algunos nos va muy mal / trabajamos como burros y nos lo pagan muy mal», dice en otro poema.

«Tú tuviste suerte que estuviste en buenas casas», le suele decir a menudo su hermana. «Yo le contesto que no es mi vida solamente, sino la de otras personas también» y comenta el caso de una amiga que no veía desde hace 30 años y le recordaba que en la casa donde trabajaba «a veces le daban para cenar una alcachofa». Y también se acuerda de los últimos tres años que pasó en Francia, ganándose la vida con trabajos por horas en diez casas a la semana.

Felisa dice que vio «lágrimas caer» en Niza en una fiesta de españoles porque recitó uno de los poemas dedicados a su hija. Fueron muchas las mujeres que vivieron separadas de sus hijos e hijas para ganar el dinero con que darles estudios y comprar una casa para el retiro en España.

«Por haber trabajado tanto / tengo los huesos molidos/ y el corazón hecho pedazos / pero todos los doctores olvidan de suprimirme el trabajo», apunta en otros versos. El racismo y el amor a la patria que dejaron por emigrar son otros de los temas que aborda en sus versos testimoniales.

«Me siento más española al estar lejos de ti», dice en otro de los poemas. Y también subraya el coraje que hay que tener para emprender el viaje con lo puesto y sin saber a dónde iban. En aquellas épocas apenas había información ni medios para enterarse. La red social era el boca a boca.

Felisa Fuertes acude semanalmente al bar Varsovia a una lectura poética y los últimos viernes de cada mes participa en el Ágora de la Poesía en el anfiteatro de San Marcos. «A mí me admiten sin ser poeta, les choca que yo lo digo siempre todo de memoria», comenta. Esta emigrante, que quiere morir como poeta, como dice uno de sus versos, regresó a España el 12 de octubre de 1996. Llegó en tren a Zaragoza en medio de los Pilares, allí la esperaban su hija y compañero. «Fuimos unos días a mi pueblo y luego ya a Gavilanes de Órbigo», apunta.

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