jueves. 02.02.2023

El espantadiablo contra el deseo sexual femenino

Una figura ‘espantosa’ del siglo XVII. El espantadiablo que el coleccionista leonés de lo insólito Pepe Muñiz ha donado a la Catedral es una pequeña figura articulada, que se data en el s. XVII, y que se viste con tres trajes. La pieza, que se exhibirá en el Museo Catedralicio, ha sido objeto de una leve restauración.
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El espantadiablo o espantademonio forma parte del repertorio de figuras y amuletos que por su fealdad representaban al maligno. Se usaban en los ritos de exorcismo, el catecismo de la iglesia católica o las instrucciones que promulgó en el año 2000 el ex Santo Oficio.

El espantadiablo que Pepe Muñiz, coleccionista de objetos insólito, ha donado a la Catedral de León se cree que procede de un convento femenino y que era usado como un ‘arma’ para espantar o exorcizar los deseos carnales de las novicias y monjas.

Se trata de una figura articulada que a juicio de la restauradora que la ha tenido en sus manos para ponerla a punto para su exhibición «es una pieza de una delicadeza extraordinaria». Raquel López Santos fue encargada por el Museo Catedralicio su restauración, aunque asegura que «ha sido una intervención mínima» para que la figura conserve al máximo su originalidad. Los ojos, uno de los cuales tiene una veladura similar a una catarata, se han mantenido para no restar impacto visual a la figura. La boca abierta y desdentada hace aún más repelente al espantadiablo.

La pieza de madera, cuyo origen se fecha en el siglo XVII, apenas mide 40 centímetros de altura. Este tamaño, casi diminuto, la hace manejable con una mano para realizar los movimientos propios del exorcista. «Por medio de esta figura en la mano, el exorcista, contoneándose, al propio tiempo que esparcía con el hisopo agua bendita y recitando oraciones rituales, trataba de espantar al maligno», apunta Muñiz.

La singularidad de la pieza donada a la Catedral es que dispone de tres ropajes, incluidas unas calzas blancas, una túnica morada y el vestido propiamente dicho que guarda parecido con el hábito de un monje. Es de color pardo y con un estampado vegetal y lo rematan en mangas y capa unas cenefas plateadas. Como cinturón lleva una cuerda.

Se usaba en los contextos en los que intervenían los exorcistas, cuya primordial misión era identificar primeramente la existencia de la posesión diabólica en el individuo, ya fuera hombre, mujer o niño o niña. «Pero era normal que en los conventos de monjas hubiera una figura —como es la donada a la Catedral— para advertir sobre el pecado carnal que, por medio de mentiras, seducciones y artimañas proponía el demonio», explica el donante.

Muñiz relata el caso de Juana Pothieri que, según confesión propia, a los 45 años se enamoró de su capellán, y tomando su figura «el diablo gozó de ella hasta 435 veces». «La figura del espantadiablos era como una advertencia para evitar todos estos desmanes, contra la carne». El ambiente que se vivía en los conventos de monjas, añade, «era propenso a anular toda voluntad a lo que se unía un sistema de sobreexcitación continua como era la fustigación o la flagelación», algunas de las causas tras las que se asienta el erótico-misticismo.

El control social sobre el cuerpo de las mujeres a través de la religión adquiría su máxima expresión en estos conventos de clausura, de ahí que fuera frecuente que contaran con este personaje cuya fealdad era capaz de espantar al mismo diablo.

«En España y en Portugal han existido creencias, amparadas por la iglesia, que han dado pie a romerías y procesiones para echar al maligno, sobre todo de las mujeres que proferían blasfemias y procacidades», añade el coleccionista.

Estas imágenes de espantadiablos también hay que verlas en el contexto de la terrible persecución que hubo en diversos países europeos, entre los siglos XV y XVIII, con las mujeres acusadas de brujas como principal objetivo. La investigadora Silvia Federecci asegura en su libro Calibán y la bruja que «la caza de brujas contribuyó a destruir el poder social de la mujer, a desvalorizarla como sujeto».

Pepe Muñiz reivindica la vigencia del espantadiablos en la época actual. Ciertamente no hay que olvidar que a las mujeres, en algunas zonas del mundo, todavía se las considera brujas como ocurre en los países donde el fundamentalismo islámico las recluye en ropajes que son auténticas cárceles. Hay autoras que consideran que los feminicidios son la caza de brujas del siglo XXI. En el siglo XVI, época álgida de esta persecución, coincidió con un periodo de glaciación que causó graves estragos económicos y sociales.

Los espantadiablos no son exclusivos de la religión católica. En el Museo Oriental de Valladolid cuenta con una pieza excepcional en su colección de Japón. Es Shoki enfrentándose a dos demonios, uno de ellos ya maltrecho y atemorizado en el suelo, y el otro está también a punto de correr la misma suerte. «La leyenda china del domador de demonios o espantadiablos, era también muy popular en Japón, donde fue adoptado como Shoki», explica el Museo Oriental de Valladolid en su web.

El Museo de la Catedral de León se convierte con esta donación excepcional de Pepe Muñiz en uno de los pocos que contarán con una figura de espantadiablo con verdadero valor histórico y artístico. Próximamente realizará una presentación oficial para anunciar su exhibición, que enriquece los reclamos turísticos con que cuenta el templo para atraer a visitantes.

El espantadiablo contra el deseo sexual femenino
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